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Agua de borrajas

El esperado debut de Juan Ortega se quedó en el brillante fogonazo de su maravilloso capote, la luz más nítida de una tarde en la que puntuó Manzanares con una desigual corrida de Jandilla

19 sep 2021 / 22:15 h - Actualizado: 19 sep 2021 / 22:18 h.
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El argumento de la tarde –metido con calzador en un cartel sin química ni redondez- giraba en torno a la presentación como matador de toros de Juan Ortega en la plaza de su tierra. El debut se ha hecho esperar entre unas cosas, otras y ese maldito virus que se resiste a devolvernos a la auténtica normalidad. La débil argamasa de la terna –que obedecía a fontanerías taurinas- había provocado la desbandada del grueso del público que sí había agotado las localidades disponibles en la tarde anterior. El caso es que, si en la corrida del sábado la plaza aparecía casi maciza con el 60% del aforo vendido... ¿Cuánta gente había en realidad este domingo? Apuesten a que no más de un cuarto. Cosas que nos ha enseñado el bichito y que tendrán sus consecuencias...

A partir de ahí... ¿Qué les podemos contar? La corrida vivió un momento de fulgurante intensidad que sacudió la plaza con aires de gran suceso. Fue en la salida del tercero, al que Juan Ortega cuajó un esplendoroso y arrebatado ramillete de verónicas –plenas de expresión y desgarro- que hizo rugir al público sevillano. Aquello fue un lío de los gordos, abrochado con una media del palo de Belmonte que cambió por un feo pitonazo en la barriga. No importó: las palmas echaban humo y la banda –ay, la banda- subrayó el momento con un pasodoble.

Se mascaban aires de acontecimiento pero los bríos del toro, también las estrategias del matador, impedirían redondear el asunto por más que Ortega volviera a deleitar en la larga con la que puso al bicho en suerte para que recibiera un excelente puyazo recetado por Juan Pablo Molina o se deslizara como un arcángel en el galleo alado. Juan brindó a ese público que le esperaba y gustó y se gustó en los muletazos cambiados con los que sacó el toro a los medios. Ojo: el animal avisó en un frenazo de lo que podía pasar. Y el diestro sevillano, olvidado de la necesaria técnica, quiso buscar la belleza desde el primer muletazo sin preocuparse de controlar primero la embestida. Se había acabado el poema, mientras el ejemplar de Jandilla acortaba sus viajes y se quebraban las esperanzas.

Habrá que seguir esperando ese toreo rabiosamente clásico que tampoco pudo materializarse con un sexto, seguramente el peor del envío de Jandilla que sólo le dejó estirarse en un par de lapas y en otra media verónica marca de la casa. Eso sí: el culto a la belleza volvió a materializarse en el quite por delantales pero el bicho, agarrado al piso, advirtió que no quería coles. Juan Ortega tuvo un detalle de buen gusto: brindó a Rafaelito Chicuelo, hijo del gran Manuel Jiménez ‘Chicuelo’ y actual patriarca de la saga de toreros de la Alameda de Hércules. El toro, qué se le va a hacer, no fue apto para el homenaje. Lo mejor que hizo fue matarlo.

La única oreja del festejo, un punto justita, la cortó Manzanares del segundo de la tarde que fue, con mucho, el mejor del envío de los Domecq Noguera. A pesar del fuerte puyazo recibido y el feo volantín que le quebró los riñones acabó embistiendo con franca alegría y prontitud en la muleta del alicantino que encontró toro desde el primer muletazo. Fue una faena correcta en el planteamiento pero un punto fría en la expresión que sufrió también los vaivenes de criterio del director de la banda de Tejera que cortó el pasodoble ‘Cielo andaluz’ cuando el Manzana se gustaba por naturales. Ya lo había hecho el día anterior con Morante, que no ocultó su enfado. A pesar de todo, Josemari supo levantar el hilo de su labor, basada en la ligazón de los muletazos. Lo mató más pronto que bien y aunque la petición no era demasiado nutrida, el palco anduvo bizcochón y concedió ese trofeo que nadie protestó.

Manzanares tuvo que esforzarse mucho más con el quinto de la tarde, un toro de fea planta que se movió siempre pero no siempre bien. Protestón y rebrincado, obligó al diestro alicantino a esforzarse en un trasteo en la que se mezclaron las voces del torero y los berridos de protesta del animal. Fue una faena larga, trabajada y trabajosa en las que no faltaron fogonazos de calidad. El bicho no limó nunca sus asperezas y Josemari, una vez más, mostró su contundencia estoqueadora con un severo espadazo algo contrario.

Dejamos para el final al más antiguo de la terna, un Fandi que tuvo que remontar el ambiente glacial con el que se inició el festejo. Su primer toro había resultado noble y manejable, también un punto soso y flojo y le costó seguir los engaños. Variado y templado con el capote, correcto en banderillas... la faena no trascendió nunca y no se escapó de la frialdad ambiental. Tampoco iba a lograr triunfar con un cuarto con muchos registros de los que tirar. El granadino brilló esta vez más y mejor con los palos y se empleó en un amplio trasteo de escaso eco pero con cierto argumento sordo que sirvió para contrastar su profesionalidad. La espada cayó feo y mal. Este lunes hay descanso. El martes, más...

FICHA DEL FESTEJO

Ganado: Se lidiaron seis toros de Jandilla-Vegahermosa, bien presentados. Destacó por su clase y alegría el lidiado el segundo lugar. También sirvió, a pesar de su sosería, el primero. El tercero, de más a menos, echó el freno en el último tercio. El cuarto tuvo teclas que tocar; también se movió con muchos defectos el quinto y el sexto fue, con mucho, el más deslucido.

Matadores: David Fandila ‘El Fandi’, de corinto y oro, silencio en ambos.

José María Manzanares, de tabaco y oro, oreja y ovación

Juan Ortega, de plomo y oro, ovación tras aviso y ovación

Incidencias: la plaza registró –o aparentó- media entrada en tarde espléndida. Dentro de las cuadrillas destacaron el picador Juan Pablo Molina y los banderilleros Andrés Revuelta –que saludó- además de la brega de Antonio Chacón y Daniel Duarte.


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