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Observatorio taurino

De la sangre y sus ritos

La espantosa cornada de Román ha ensombrecido una feria de San Isidro cargada de hitos que podría alumbrar un nuevo mapa de posiciones en la contienda del toreo

10 jun 2019 / 12:32 h - Actualizado: 10 jun 2019 / 12:35 h.
  • Román es trasladado tras la cornada. / Efe
    Román es trasladado tras la cornada. / Efe

Un percance brutal

Los móviles del toreo echaban humo. El torazo de Baltasar Ibán –duro, áspero y la defensiva- había alcanzado al diestro valenciano Román cuando entró a matar sin importarle demasiado las consecuencias. Antes le había plantado cara con hombría, sinceridad y desparpajo. El bicho dobló mientras se llevaban a puñados a su matador, que dejó un evidente rastro de sangre camino de la enfermería. Era la misma que empapaba el pitón derecho del animal. La impresión era de un percance gravísimo. Curro Díaz, que abría cartel, se vino arriba y cortó una oreja al mejor toro del envío. Se lo había brindado a su compañero herido. A Pepe Moral le pesó la tarde. También le está pesando ya el año. Había caído la noche cuando sacaron a Román del quirófano, camino de un hospital. El pronóstico no podía ser otro que muy grave. Pero con el estreno de la madrugada del Lunes de Pentecostés –la Virgen del Rocío estaba a punto de asomarse a la Madre de la Marisma- se supo que el torero había tenido que volver a la mesa de operaciones para ligar la arteria femoral y solucionar una preocupante trombosis. Hay que recordar que el matador caído había entrado en el cartel sustituyendo a Emilio de Justo después de su reveladora y valerosa actuación anterior. En Sevilla, hace poco más de un año ya quedó frenado por una cornada a destiempo. Esta también le ha sacado del tablero de juego cuando empezaba a despejarse su futuro...

Algunas casualidades

El gran aficionado cordobés Antonio Fuentes recordaba este mismo domingo –vía Twitter- algunas coincidencias que parecen enhebradas al destino. No deja de resultar asombroso que Curro Díaz, Pepe Moral y el propio Román ya habían compartido cartel el pasado año en Sevilla. Fue, precisamente, la misma tarde que el joven matador valenciano resultó herido. Como antes había hecho Escribano con Fortes el día que fue cogido, Román brindó a Emilio de Justo, al que había sustituido. Ahora están los cuatro en el dique seco. Esperemos que por muy poco tiempo.

Marín y ‘Poeta’

El repaso a la semana taurina que se fue ha seguido pendiente del inmenso embudo venteño. Se habló largo y tendido de la puerta grande que Ginés Marín dejó por abrir. La cerrazón del palco obvió el deseo de la mayoría, es verdad. Pero el tema de las orejas, las puertas grandes y toda esa tramoya debería resbalar al verdadero aficionado. Lo que importa es la memoria, la competencia, la auténtica trascendencia y estar a la altura de las circunstancias... La conversión de las puertas grandes en una mera cuestión de aritmética es un fenómeno relativamente reciente que ha contado con la alianza de las sucesivas reglamentaciones del espectáculo. En otros tiempos, y por encima de orejas, rabos y puertas, había otros medios de valoración. Pero las cosas, odierno, están así. Marín podía haberse anotado ese violentísimo paseo a hombros bajo la Puerta de Madrid y hasta la portada de algún gran medio. Pero debería preguntarse si se dejó algo dentro con ‘Poeta’, el grandioso ejemplar de Garcigrande que le debería haber elevado a los cielos de la torería. Él mismo los rozó hace un par de temporadas en el ruedo del Foro. Entonces se habló más de su gran faena que de la puerta que abrió. Camarón que se duerme, la corriente se lo lleva...

Recapitulando en la ‘isidrada’

Pero hay más que contar de la semana que se fue, como el quintaesenciado manierismo de Ferrera, la estupenda faena de Urdiales a un toro de Alcurrucén o la tristeza evidente del propio Marín en su tercer compromiso. Mientras tanto, la sabatina se saldó con un absurdo mano a mano ecuestre entre Pablo Hermoso de Mendoza y su telonera habitual. Hablamos de la amazona francesa Lea Vicens, que se ha dado dos vueltas a España promocionando al hijo del maestro. Era un enfrentamiento tan desigual como inoportuno. El navarro firmó una de sus mejores faenas en Las Ventas y, de alguna manera, regaló esa salida a hombros a su ‘partenaire’. Pero no tenía punto de comparación con la de Pablo. Una cosa no quita la otra: el nombre que más se invocaba durante la carga de caballería estaba ausente. Era el de su único rival posible y natural: Diego Ventura. En los viejos juramentos ya se decía: “que Dios os lo premie... u os lo demande”. Pues eso. Y el domingo, ya se lo hemos contado, llegó la tragedia... Nos marchamos ya, recordando la figura de Pepe Núñez Moreno de Guerra, que nos dejó días atrás. Era hijo de Carlos Núñez Manso, ese alquimista de la bravura que marcó con el hierro de su casa –la mítica R- toda una época del toreo. Con la muerte del ganadero se marchita también la memoria de Los Derramaderos, un paraíso perdido en el que se fraguó la sangre que sumó las mejores reatas de Rincón y Villamarta –con permiso del semental ‘Amistoso’ de los Mora Figueroa- para alumbrar una ganadería única. Descanse en paz.


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