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El Cid: Madrid, Bayona, Sevilla y Bilbao

La carrera del diestro de Salteras, que concluye este sábado su vida profesional en ruedos españoles, ha estado marcada por cuatro ruedos fundamentales. Aún le queda una gira americana de despedida antes de colgar definitivamente el traje de luces

10 oct 2019 / 12:04 h - Actualizado: 10 oct 2019 / 12:46 h.
  • El Cid en la Maestranza. / Toromedia
    El Cid en la Maestranza. / Toromedia

Su última cita con el toro en la gran temporada española es este mismo sábado en la plaza de Zaragoza, anunciado con El Fandi y López Simón para despachar una corrida de Matilla. El día de El Pilar pone el candado simbólico a la larga campaña. No será la última corrida del año; tampoco es el último contrato del diestro de Salteras que aún afrontará una gira de despedida por el circuito americano antes de entonar el adiós definitivo. Pero esa sabatina a orillas del Ebro, con o sin corte de coleta, es el verdadero cerrojo de una trayectoria que comenzó en el sótano del toreo y alcanzó las mayores mieles del éxito en el período que va desde 2002 hasta 2007.

Es importante recalcar el dato. El Cid cimentó su condición de figura en torno a dos cumbres que pusieron lindes a un lustro prodigioso en el que nadie le regaló nada: los postes que limitaron aquellos cinco años que le mantuvieron en la primera línea de la guerra del toreo fueron el rabo cortado en Bayona en 2002 a un toro de Victorino Martín y la encerrona bilbaína de 2007, antología definitiva de la recia y clásica tauromaquia del matador sevillano. Antes, mucho antes, fue la dura forja por los pueblos de la Meseta junto a tantos y tantos chicos que dejaron los mejores años de su vida en el empeño sin lograr salir de aquel valle de terrores. Manuel lo logró. A pesar de ser un muchacho curtido al que algunos hacían demasiado talludo, pasado de edad para poder abrirse paso en una profesión que se aprende mejor sin espolones.

La forja

Su hermano mayor, El Paye, había intentado antes la aventura del toreo sin alcanzar el éxito. Pero la determinación de Manuel era tan firme como duro el camino que se abría delante de ese trozo del Aljarafe que había servido de pasto a las vacas de la lechería familiar. Él mismo había destripado con su tractor aquella tierra hermosa, cuna de tantos toreros, sabiendo –ésa fue la primera lección que aprendió en la vida- que no hay que esperar que nadie te regale nada. El aspirante a torero creía en sí mismo y muy pronto supo que los talentos había que ir a buscarlos lejos de Salteras, más allá de Despeñaperros. Manuel dejó a los suyos y lió el petate camino de Madrid para vivir en torero. Sabía que sólo encontraría el rumbo definitivo curtiéndose de oficio y miedo en los ruedos del cinturón de la capital; entrenando en la Casa de Campo; espiando la gloria desde los tendidos de granito de la plaza de Las Ventas, un ruedo que también se iba a revelar fundamental en su carrera a lomos de un mazo de excelentes faenas que no siempre estuvieron rubricadas con la espada. Para eso aún quedaban algunos recodos en el camino. Estaba empezando a ser yunque para aprender a ser martillo.

Doctorado en el Foro

La alternativa, en Las Ventas, fue el colofón a ese largo tramo de forja que le sirvió para no alejarse de la cara del toro. Podía haber cambiado de escalafón algún tiempo antes pero la dura escuela de los pueblos castellanos le sirvió más: en la lidia de las reses y en la propia vida. Aún había que escalar muchas cumbres pero estaba preparado para ello. Pechó con todo lo que le echaron y los profesionales pronto supieron que había torero. En Bayona, al estrenarse el mes de septiembre del año 2002, le esperaba un encuentro que cambiaría todo y le colocaría en el disparadero al cortar un rabo a un excelente ejemplar de la ganadería de su vida. Los toros de Victorino Martín se iban a convertir en sus mejores compañeros de baile y en la plataforma de sus triunfos más resonantes. Consolidado en la primera fila, El Cid consigue cuajar definitivamente en figura en 2005, una temporada que gravita en torno a las Puertas del Príncipe conseguidas el Domingo de Resurrección y una segunda tarde, como no, con los toros de Victorino Martín, las mismas reses que le iban permitir subirse a la cima en la temporada siguiente en una encerrona en solitario –que no había podido ser el año anterior por una inoportuna lesión en el codo- que culminó abriendo por tercera vez esa puerta que se mira en el Guadalquivir. Entre medias se anota dos puertas grandes en Madrid pero en 2007 llega la definitiva reválida, vis a vis con un fiero ‘victorino’ llamado ‘Borgoñés’ que se llevó todos los premios de la Feria y enseñó la quintaesencia de El Cid, el torero que mejor ha toreado a los antiguos ‘albaserradas’.

Antología personal

Aún había que escalar una última cumbre y viajar de Salteras a Bilbao. Era la tarde de su vida y el torero sevillano afrontaba la prueba definitiva, una encerrona trascendental con la ganadería que le había dado casi todo. El Cid marcó un techo alto, muy alto, que posiblemente no volvió alcanzar. ¿Qué pasó con el torero después de aquella antología vasca? ¿Se convirtió también en su elegía? El honesto diestro de Salteras mantuvo el tipo aunque costó recuperar el tono. Aquel desfondamiento artístico –vaciado por completo de toreo y esfuerzos- fue seguido de la dura enfermedad y el fallecimiento de su padre. El torero se adentraba en su propia tiniebla y sorteaba, toro tras toro, una suerte esquiva que en otro tiempo habría trocado en triunfos grandes. El último día que lo vio su viejo –con los pulmones horadados de nicotina y trabajo duro- se batió el cobre con un gran toro de Ventana de San Lorenzo que su mismo padre había escogido por la mañana al sacar la bolita del lote en el sorteo. El matador se fajó con él sin lograr domeñar por completo sus demonios interiores y aquel día dio la vuelta al ruedo llorando.

A pesar de esas cimas y simas, Manuel ha logrado mantenerse en la línea de batalla a pesar de los vaivenes del último tramo de su carrera. La vida, y la ilusión recobrada, le han regalado una felicísima temporada de despedida. Todo cambió en Huelva, perfectamente enhebrado a la calidad de un toro de Cuadri y refrescando su proverbial mano izquierda. Cortó otra oreja –cargada de significado- a un toro de Victorino en Bilbao. Pero aún le quedaban dos capítulos emocionantes vividos con una semana de diferencia entre las plazas de Sevilla y Madrid, que tiraron de memoria, respeto y sensibilidad para despedirle por todo lo alto. Sólo queda ya esa tarde de Zaragoza y los bolos americanos. Pronto podrá mirar atrás desde cualquier alcor de la tierra de Salteras y hacerlo satisfecho. Su familia, su gente, sus hijos y él mismo lo saben bien. Y se lo debe al toro.

PERFIL DE URGENCIA

Manuel Jesús Cid nació en Salteras el 10 de marzo de 1974.

En 1992 torea por primera vez en público en la plaza de Guillena.

Toma la alternativa en Madrid el 23 de abril de 2000 con un sobrero de José Vázquez.

Se consagra en la primera fila cortándole un rabo a un toro de Victorino Martín en Bayona, en septiembre de 2002

En agosto de 2007 cuaja la tarde de su vida al encerrarse en solitario con seis toros de Victorino Martín.

En 2019 ha anunciado su retirada de los ruedos.


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