Toros

Espartaco y Paco Ojeda: dos toreros para el Mundial’82

La temporada de la plaza de la Maestranza de aquel año irrepetible estuvo marcada por el primer aldabonazo del diestro de Espartinas y la irrupción en gran figura del sanluqueño

18 jun 2022 / 11:23 h - Actualizado: 18 jun 2022 / 11:33 h.
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  • Imagen juvenil del diestro de Espartinas, recorriendo el anillo del Baratillo.
    Imagen juvenil del diestro de Espartinas, recorriendo el anillo del Baratillo.

El pasado día de San Antonio se cumplieron 40 años exactos. Aquel día, hace ya tanto tiempo, el Camp Nou de Barcelona acogía la inauguración del único Mundial de Fútbol que se ha celebrado en la piel de toro. La pretensión era antigua pero la concesión de su organización databa de 1964, yema de aquel desarrollismo –Spain is diferent- que se cocinó en los fogones de una dictadura que empezaba a ensayar algunas aperturas. En 1982, Franco sólo sobrevivía en las pesetas y los duros. La monarquía no había cumplido aún siete años y la Constitución apenas rebasaba los tres. Era un país ilusionado con su futuro inmediato –lejos de la decadencia política que hoy padecemos- y una joven democracia que esperaba más de aquella selección de fútbol que caminaba lejos de las glorias que le depararía el futuro. 1982 sería también, ya en otoño, el año de la victoria de Felipe González que, de una u otra forma, daba el definitivo carpetazo a la transición política. Pero el toreo –haciendo bueno el axioma orteguiano- también estaba a punto de finalizar su propia transición que había comenzado una década antes con el llamado toro del guarismo.

Espartaco y Paco Ojeda: dos toreros para el Mundial’82
El cartel de las fiestas de Primavera de aquel año estuvo firmado por Máximo Moreno.

El Mundial no pasó de largo de Sevilla, que también tuvo que esperar otros diez años para su definitiva epifanía, la Expo del 92, que sería solicitada formalmente el 3 de marzo de aquel 82 a la Oficina Internacional de Exposiciones. La ciudad previa a las grandes transformaciones de la muestra universal estaba llena de carencias, sumando el caótico casco antiguo y los tímidos ensanches del 29 a la expansión poligonera. Las Fiestas de Primavera habían sido proclamadas con el cartel de Máximo Moreno que sumaba el habitual torero, la manola y un severo nazareno negro. El de Semana Santa, aún bajo el imperio de la fotografía, retrataba los últimos tramos del Cristo de las Tres Caídas de San Isidoro en su tránsito por la Catedral. La Feria de Abril apenas llevaba una década en Los Gordales y el Domingo de Ramos no se libró de la lluvia...

El Domingo de Resurrección se levantó el telón de la temporada. Se anunciaba una corrida de Bernardino Píriz para un cartel de artistas: Curro Romero, Rafael de Paula y José María Manzanares. En las combinaciones del ciclo abrileño figuraban otras figuras del momento como Manolo Vázquez –había reaparecido el año anterior-, Antoñete, Tomás Campuzano, Pepe Luis Vázquez, el gran Paquirri, un jovencísimo Emilio Muñoz... En otro estrato se anotaban los nombres de Manolo Cortés, Mario Triana, Macandro, Ruiz Miguel, Manili, Vargas, Victor Mendes, Andrés Vázquez –resultó herido el Lunes de Resaca-, José Luis Parada o José Antonio Campuzano, uno de los grandes triunfadores del abono al cortar tres orejas a los toros de Guardiola.

Primera Puerta del Príncipe

Pero hay una fecha fundamental que subrayar en aquel serial primaveral. Fue el 27 de abril, martes de farolillos, en una de las citas que mayor expectación habían levantado en la Feria. Romero, una vez más, abría cartel a Paquirri y Espartaco. En los corrales esperaba una corrida de Jandilla. Fue una de las muchas tardes aciagas del camero que se despidió de la plaza en medio de una bronca monumental. La profesionalidad de Paquirri, que comenzaba a abdicar de su trono sin poder saber lo que le depararía el destino, tampoco despertó demasiados clamores. La tarde iba a ser para el más joven, Espartaco, que recibió a portagayola a su primero –le cortó la primera oreja- y le formó un lío gordo al sexto, al que mató de media estocada que no le impidió obtener doble premio. Eran tres trofeos, una cifra que empezaba a tomarse como canon para traspasar el mítico arco de piedra. Juan Antonio Ruiz Román abría la primera Puerta del Príncipe de su carrera. Después vendrían cinco más...

El jovencísimo diestro de Espartinas había tomado la alternativa en Huelva menos de tres años antes después de no pocas peripecias. Había sido un novillero puntero pero, pese a los triunfos y la creciente popularidad, el caché y el reconocimiento tardaban en llegar en su primer lustro como matador. De hecho, al comenzar la temporada de 1985 llegó a contemplar la posibilidad de vestirse de plata. En esos momentos se le antojaba la única forma de vivir del toro. Pero el Jueves de Farolillos de aquel año, vestido de gris perla y oro, tuvo que esperar al sexto toro de Manolo González para que la moneda, definitivamente, saliera cara. Aquel animal se llamaba ‘Facultades’ y le acabaría cambiando la vida. Comenzaba un nuevo tiempo en el toreo bajo la ley de Espartaco. La Puerta del Príncipe se había abierto por segunda vez.

Espartaco y Paco Ojeda: dos toreros para el Mundial’82
Ojeda en los años de su plenitud artística y profesional. Foto: Chapresto

Primeras elecciones autonómicas

Hay que volver a la primavera de 1982. Aún quedaban algunas semanas para que el Mundial alcanzara las orillas del Guadalquivir, desdoblado entre los dos estadios sevillanos. La mascota, el célebre Naranjito, se había cocinado en Sevilla, en el estudio Publicidad Bellido, por el sevillano José María Martín Pacheco y la cordobesa Dolores Salto Zamora. El 14 de junio se iba a celebrar el primer partido mundialista en la ciudad. Enfrentó a Brasil –que ganó 2 a 1- con la antigua Unión Soviética en el Sánchez Pijuán. El Benito Villamarín, por su parte, se estrenó el 18 de junio. Brasil, una vez más, iba a llevarse el gato al agua metiendo cuatro goles a la selección de Escocia, que sólo logró un tanto.

Aún quedaba un mes para la investidura –celebrada en el Salón de los Tapices del Alcázar- del socialista Rafael Escuredo, que se convirtió en el primer presidente electo de la autonomía andaluza sucediendo a Plácido Fernández Viagas, que había pilotado la llamada preautonomía. Antes, el 23 de mayo, se había celebrado una novillada en la plaza de la Maestranza en coincidencia con los comicios, con una inusual entrada para festejar la efemérides. El cartel reunía los nombres del novillero aragonés Roberto Bermejo, –que no llegaría a tomar la alternativa- el utrerano Curro Durán –abriría la Puerta del Príncipe con cierta polémica aquel año- y el algecireño Pedro Castillo, que se presentaba en el coso del Baratillo y fue el único que cortó una oreja. El ganado, tres y tres, pertenecía respectivamente a los hierros de Hermanos Sampedro y Diego Romero.

No hace falta recordar que la selección que comandaba Santamaría quedó fuera de la competición a las primeras de cambio... El Santiago Bernabéu acogió la recordada final de la Copa Mundial de Fútbol el 11 de julio. La memoria sentimental del país coloca al presidente Sandro Pertini dando botes en el palco junto al rey Juan Carlos I. Ni que decir tiene que Italia se impuso a Alemania y se llevó el trofeo a casa...

Ojeda: la revolución

Pasó mes y medio con la resaca del campeonato, los aparatos de vídeo por pagar y el verano encarando su último tramo. En la plaza de Las Ventas habían anunciado uno de esos festejos que daban carácter a los veranos de la temporada madrileña. Era el 25 de agosto. El cartel, con reses de Cortijoliva, anunciaba a Gallito de Zafra junto a dos matadores sanluqueños: José Luis Parada y Paco Ojeda, que tenía que confirmar su alternativa. Ojeda llegaba a aquella corrida agosteña tres años después de su precipitada alternativa en El Puerto de Santa María.

¿De dónde venía Paco? En esos años había vuelto a sus orígenes, a la soledad de la Marisma, a buscar las vacas palurdas en los lucios, a enseñar a embestir a su caballo... La mayoría ya le había olvidado pero hubo un taurino providencial, Juanito Belmonte, que no perdió la fe en el antiguo Latero, su apodo de las primeras novilladas. Era una de aquellas corridas para trances desesperados con los tendidos poblados de turistas. En los corrales se había enchiquerado un encierro de Cortijoliva. El toro de la confirmación, llamado ‘Canastillo’ sí sirvió para rubricar la mejor noticia: había llegado un tiempo nuevo al toreo.

Espartaco y Paco Ojeda: dos toreros para el Mundial’82
Ojeda abrió la Puerta del Príncipe el 12 de octubre de 1982 consagrándose como gran figura. Foto: Archivo A.R.M.

Estaba a punto de aparecer en su vida José Luis Marca y el famoso maletín que sirvió para sellar un apoderamiento que acabaría convirtiéndose en relación familiar. De la mano de Marca afrontaron el reto definitivo, ese mismo 1982: estoquear seis toros en la plaza de la Maestranza en la tradicional corrida de la Cruz Roja para redondear la temporada. Ojeda ya estaba en boca de todo el toreo y entre la confirmación madrileña y la encerrona otoñal se sucedieron nuevos triunfos: con los toros ensabanados de Osborne en El Puerto; en la antigua feria de la Vendimia de Jerez; en Barcelona, Béziers, Nimes y en la sevillana feria de San Miguel.

Pero el remache llegó en ese gesto del doce de octubre. El de Sanlúcar estuvo cumbre con los toros escogidos de Manolo González; les cortó cuatro orejas y abrió la Puerta del Príncipe rubricando su definitiva eclosión como figura histórica. La temporada de 1982, definitivamente, estaba marcando dos claves maestras del toreo de aquella década. Sevilla había ungido a Espartaco como futura primera figura mientras crecía el aura de Paco Ojeda que había sublimado su propia revolución. La última que ha vivido el toreo.


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