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Juan Ortega: un torero en el camino de Santiago

El matador sevillano se encuentra consigo mismo en la ruta jacobea mientras repasa el contenido de una temporada en la que logró mantener el crédito de los aficionados

25 oct 2019 / 12:17 h - Actualizado: 25 oct 2019 / 12:22 h.
  • Juan Ortega: un torero en el camino de Santiago

¿Qué rumian los toreros en invierno? ¿Qué piensan cuando la soledad del campo sustituye el ardor del ruedo? Juan Ortega ha emprendido el camino a Santiago de Compostela para hacer y responder algunas preguntas. Desde Sarria a la tumba del Apóstol hay poco más de un centenar de kilómetros en los que el emergente matador sevillano ha podido emprender un viaje interior en el que repasar las faenas hechas, las que quedan por hacer...

¿Qué hace un torero en el Camino de Santiago?

Me apetecía mucho venir. Soy un apasionado de la naturaleza pero también tenía motivos religiosos que, al fin y al cabo, son el fundamento del Camino. Este es un sitio tranquilo y en una época reposada...

Decían los toreros antiguos que el toreo se rumia andando...

...y en soledad. La soledad es complicada pero cuando es buscada es muy bonita. Para los toreros es muy importante. Sirve para buscarte, escarbar... Es muy importante conocerte interiormente y que busques tu misterio. Al final es lo que te hace llegar a la plaza y tener algo que decir; que no sea el toreo un mero oficio, un mero trabajo de pegar muletazos a un toro. Tienes que tener algo que decir, bueno, malo, feo, bonito... Algo.

También hay que darle vueltas a la temporada que se fue. Han sido doce corridas de toros y cuatro de ellas en Madrid.

Es una plaza en la que me siento bien. Dentro de lo que es Madrid. Ese ruedo, ese patio de cuadrillas... parece que está todo hecho a contraestilo para que surja el toreo o dejes expresar tu interior. Todo es muy complicado pero aun así, con todas esas complicaciones, tiene algo especial. Es una plaza pasional para lo bueno y para lo malo. Nunca es indiferente. Cuando hay algo bueno enseguida lo captan, enseguida se meten, lo ven... Pero también cuando uno anda por allí detrás de la mata. Te calan muy rápido tu estado de ánimo. Me he sentido bien pero también he tenido tardes malas. Pero tengo que hablar bien de ella: siempre me han esperado.

Juan Ortega: un torero en el camino de Santiago

Paco Ojeda decía que Madrid se entrega por nada y se enfada por nada.

Es una definición perfecta.

Dentro de esas cuatro tardes hay que destacar una que, a priori, cayó de pie entre el aficionado. Fue el Domingo de Resurrección, con una combinación oportuna y bien argumentada en la que compartiste cartel con Pablo Aguado y David Galván.

El cartel me gustó desde el principio pero tampoco podía saber el calado que podía tener. Cuando se dio a conocer e iban pasando los días llegué a toparme a gente por Sevilla, abonados de la plaza de la Maestranza, que decían que habían dejado su entrada para ver la corrida de Madrid. Llegué a esa tarde con una gran sensación interior. Fue un día desagradable, frío, desapacible... pero tengo un recuerdo especial de mi primer toro de El Torero. Tuvo un ritmo distinto. Es muy difícil que un animal con ese volumen, con esos pitones embistiera con la cadencia que lo hizo. Vi muy rápido al toro. Tenía muchas ganas de torear a un toro así con el capote en Madrid. Nunca es fácil. Fue una faena de las que te llenan, a pesar de la presión y la carga escénica que tiene Madrid. Lo sentía como si estuviese en un tentadero. Ha sido el toro que más a gusto he toreado este año en Las Ventas.

En esa fecha ya sabía de sobra que no tenía hueco en la feria de Sevilla. Fue una ausencia muy comentada, lamentada...

Tenía bastante fe en que podía entrar. El 15 de agosto del año anterior había cortado una oreja en Madrid gracias a una faena que fue bastante comentada entre los aficionados. Y tenía muchas esperanzas aunque tampoco las tenía todas conmigo. Sevilla es una feria ajustada y todo el mundo quiere entrar. No es fácil meter la cabeza pero tenía en mi interior esa cosa de estar allí. Cuando nos dijeron que no podíamos ir... me dolió, la verdad.

Son cosas que siguen dando vueltas en la cabeza. En 2020 no se pude escapar esa plaza.

Sobre todo porque no se puede estar apuntando siempre y que no pase nada. No se vive de ser un buen torero. Yo estoy buscando ese punto de más que uno necesita para que terminen de salir las cosas. En ello estoy.

Salvando las circunstancias particulares de cada uno, eso nos lleva al caso de Pablo Aguado: una tarde sirvió para cambiar una vida

Era también un torero que apuntaba, que seguía apuntando pero hasta esa tarde de Sevilla no se habían dado las circunstancias, o no había cuajado el toro adecuado en la plaza precisa. Por eso es tan difícil el toreo. Estás expuesto a una serie de circunstancias que no dependen del todo de ti. Está ese toro que entiendes, que cuajas, en esa tarde sin viento, que lo matas... pero tiene que ser en una plaza que te cambie la vida. Y en eso estamos. A ver si se alinean un poco los astros.

La mención de Aguado nos lleva a otro terreno común. Lo clásico está de moda.

Es curioso: parece que el toreo está involucionando. Estábamos viviendo una evolución constante: en la largura de los muletazos; la duración de las faenas; en poder y someter... Se había llegado a un punto en el que ese poder de sometimiento había rebasado al propio poder de la bestia. Al menos ésa es la sensación porque un hombre nunca puede estar por encima de un animal pero es la que trascendía. Cuando eso se supera, no transmite nada. Hay una nueva corriente. La gente está buscando otra cosa. Si te alejas de la perfección en el sometimiento y en el mando ahondas más en lo emocional y lo sentimental. Al final ahí es donde radica la verdad del toreo. Desde el tendido no te pueden poner con un compás y una regla a medir cuantos muletazos te han enganchado y cuantos no. Alguien dijo que la perfección ahoga el sentimiento. Y es verdad. Al final el torero tiene que buscar la perfección interior pero delante del toro que salga lo que tenga que salir. Habiendo verdad y entrega por parte del torero, que sea lo que Dios quiera. Y sobre todo manteniendo la pureza. No hay mayor entrega.

Juan Ortega: un torero en el camino de Santiago

Todo esto no deja de ser un retorno a las fuentes; a esa pureza...

Totalmente. Es una vuelta a la pureza. Nos habíamos alejado de ella y el público la pide, la demanda emocionándose con ella. Volvemos a lo mismo: un lance o un muletazo con esa pureza, dando el pecho, la pata por delante, con las muñecas sueltas, fluyendo en los vuelos del engaño... todo eso llega y emociona al público. Al final eso es lo que demandan los aficionados, que marcan los caminos a seguir, y luego el público.

Ésa es una clave interesante. Los gustos del público acaban mandando y marcan el camino. También hay ganas de ver caras nuevas. El relevo empieza a ser posible...

Es que se está produciendo el lógico relevo generacional. Las figuras del toreo que están ahí arriba llevan muchos años de alternativa. Se van abriendo huecos y es el momento de engancharse porque los cuatro, cinco o seis huecos que se produzcan en ese cambio generacional serán para el que sepa aprovecharlos y mantenerse. Luego cuesta un mundo volver a abrir un nuevo hueco.

Toca romper el cerco...

No se puede vivir de gustarle sólo a los aficionados. Así no se avanza. Pero es un paso previo. Si los aficionados te van cantando las cosas es que vas en la senda correcta. Al fin y al cabo ellos son los que más entienden de toros y más toros ven al cabo del año. De alguna manera marcan el camino. Antes hemos hablado del caso de Pablo Aguado: llevaban tiempo cantándole sus cualidades pero aún era un gran desconocido para el gran público. Por eso estoy tranquilo. Me encontraría mal si aquello en lo que yo creo y mi manera de interpretar las cosas no hubiera tenido calado en la afición. Habría llegado a pensar que estaba equivocado. Por eso la tarde del 15 de agosto de 2018 en Madrid es hasta ahora la más importante de mi vida. Hasta esa fecha era un gran desconocido. Aquello es lo que yo estaba soñando cada día pero hasta ese momento no sabía si me iba a llevar algún sitio.

Queda muy poco para abrazar al Apóstol. ¿Le va a pedir algo especial?

Sólo le voy a pedir que me de suerte todos los días. Para levantarme por la mañana y seguir creciendo, por no dejar de buscar y escarbar, por seguir manteniendo la ilusión en el toreo. Le voy a pedir fuerzas, que me siga dando un empujoncito.

ANTES Y DESPUÉS DE UN QUINCE DE AGOSTO

Juan Ortega (Sevilla, 1990) había cerrado su etapa de novillero con vitola de lidiador clásico. Sus estudios de ingeniería le llevaron a Córdoba, ciudad en la que se curtió como torero a la vez que completaba su formación académica. Tomó la alternativa en Pozoblanco hace cinco años en un cartel de campanillas pero su nombre, a partir de entonces, gravitó en ruedos del tercer circuito. Pero hubo un antes y un después en su carrera para ponerse en boca de los aficionados. Fue su actuación del 15 de agosto de 2018 en Madrid que, sin darle una amplia agenda de contratos, si le colocó en las preferencias del aficionado desde entonces. La campaña de 2019 ha vuelto a girar en torno al coso venteño mientras mira de reojo el ruedo de su tierra. Su debut como matador en la plaza de la Real Maestranza no se puede demorar más.


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