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Juan Ortega: un torero para una goyesca pos covid

El declinante juego de las reses de Jandilla no impidió que el diestro sevillano dictara los mejores muletazos en el festejo de la reaparición de Roca Rey, que también salió a hombros

03 sep 2022 / 21:11 h - Actualizado: 03 sep 2022 / 22:19 h.
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El viaje a Ronda, con su aire de olimpo remoto, destila carácter de peregrinación. La sombra atávica de Pedro Romero y el aura inconfundible del maestro Antonio Ordóñez otorgan el verdadero sentido a este festejo -es la única goyesca que no parece un número de coros y danzas- que no se puede separar de la sangre que lo alienta. Parte de las cenizas del hijo más plecaro del Niño de la Palma -fueron cinco hermanos toreros- descansan bajo la arena de esta Maestranza de piedra, mezcladas con otro torero de leyenda, el gran Curro Guillén, al que mató un toro de Cabrera en este mismo ruedo hace ya 200 años.

Con o sin esas evocaciones no habíamos olvidado que tenía que salir el toro en un festejo subrayado por la reaparición de Roca Rey después de ese incontestable triunfo bilbaíno que le ha otorgado los entorchados definitivos de mariscal del toreo. El primero de la tarde, un precioso zapato de Jandilla, era para Morante. Vestido de goyesco arqueológico -redecilla, guarnición, hebillas en los zapatos- paró con ceñidos lances a ese animal antes de brindar al mismísimo Rafael de Paula. Molestó el aire en los primeros ayudados y el diestro de La Puebla comprobó desde el primer muletazo la cortedad de motor del animal y la escasa longitud de su embestida... Hasta que se paró cómo un marmolillo y lo echó abajo de un pinchazo y una estocada suficiente...

El cuarto, derrengado de atrás, no tardó en ser devuelto a los corrales pero Morante, no sabemos si para ahorrar tiempo, tiró de espada y muleta para acabar con el asunto cuanto antes. Con el cuarto bis, marcado también con el hierro de la estrella, volvió a fajarse con el percal. Le dieron desde los dos caballos: el de turno y el de la puerta. El matador de La Puebla, que no es mucho de disimular, no se iba a dar coba ante una embestida sin perspectivas. El acero tampoco iba a funcionar y la corrida, pese a la celeridad horaria, empezaba a flaquear.

El segundo había sido para Juan Ortega, que compareció vestido con aires ordoñistas -celeste la casaca y blancas las taleguillas- antes de estirarse en los lances de recibo. Pero no iba a ser un toro a favor de estilo para el diestro sevillano que, pese a todo, hizo un sincero esfuerzo antes de que el bicho, un auténtico paquete, terminara de echar el freno. La verdad es que no había mucho que rascar... Tampoco parecía para tirar cohetes el quinto, un toro de malos principios que se acabó entregando en el señorial inicio de faena de Ortega, que se puso a torear con sencilla y clásica naturalidad sobre ambas manos mientras el bicho amagaba con rajarse. Ortega lo sacó más allá de las rayas y entonces brotó el toreo más cadencioso, más rabiosamente bello. Fueron cuatro, cinco, seis muletazos de otro tiempo, remates de álbum antiguo, que valieron por la Goyesca entera. La espada entró al segundo viaje. Qué manera de torear...

El tercero, con menos chicha y arremangado de pitones, acabó metiendo la cara en la muleta de un firmísimo Roca Rey, que exprimió su embestida sobre ambas manos, especialmente en un intenso diálogo sobre el lado izquierdo antes de rendir la plaza en su más genuino ser y estar, dándole a elegir al animal entre su cuerpo y el trapo. Ahí estaba el lío montado y la llave de las dos orejas que cortó. El sexto, brindado a Victoria Marichalar y Borbón, era una auténtica pintura de toro bravo al igual que el resto del encierro. Sumaba esa fachada a sus buenas intenciones pero estaba frito de batería y la faena del peruano, pese a sus esfuerzos no acabó de tomar vuelo.

FICHA DE LA LXV CORRIDA GOYESCA

Ganado: se lidiaron seis toros de Jandilla, incluyendo el cuarto bis, correctamente presentados. El primero no pasó de blando y descastado; sin alma el segundo; manejable el tercero; deslucido el cuarto; noble el quinto; desinflado el sexto pese a su buena condición.

Matadores: Morante de la Puebla, de marino con pasamanería blanca y golpes de oro, silencio y pitos tras aviso.

Juan Ortega, con casaca celeste y taleguillas blancas, palmas y dos orejas

Roca Rey, de seda corinto con pasamanería negra, dos orejas y ovación

Incidencias: La plaza casi se llenó en tarde muy agradable.


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