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Lupe Sino y Manolete: Madrid, México, Fuentelencina, Linares...

Álvaro Domecq y Pepe Camará impidieron el reencuentro del torero y su amante en la madrugada mortal del 29 de agosto de 1947. Sólo la dejaron pasar cuando la tragedia se había consumado

28 ago 2019 / 13:41 h - Actualizado: 28 ago 2019 / 14:40 h.
  • Lupe Sino y Manolete: Madrid, México, Fuentelencina, Linares...

Llegó a Linares –procedente de Lanjarón- en la madrugada de aquel 29 de agosto de 1947. Pero no le dejaron pasar a la habitación del herido. Camará y Álvaro Domecq habían tomado las riendas de la situación mientras Gitanillo de Triana volaba por la nacional cuarta en el célebre ‘Buick’ azul de Manolete. Traía al doctor Jiménez Guinea, una eminencia médica de la época, sin saber que iba a sentenciar la vida del ‘Monstruo’. Mientras tanto, el apoderado y el célebre ganadero y rejoneador jerezano habían argumentado a aquella mujer llorosa que los médicos habían recomendado no molestar al torero. Y se quedó en la antesala. Algunos testimonios posteriores siempre apuntaron en una dirección: los futuros albaceas de la copiosa herencia del ‘Califa’ cordobés pretendían impedir un matrimonio ‘in artículo mortis’. Podría ser... pero en ese momento nadie esperaba que Manolete expirase en aquella madrugada que pondría fin a toda una época.

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Pero la muerte llegó, encerrada en el lujoso coche del propio torero, metida en una bolsa de plasma desde El Escorial, donde veraneaba el famoso médico. Gitanillo se había encontrado con el doctor en Valdepeñas. Viajaba acompañado de de Rafael ‘El Pipo’ –futuro descubridor de Manolete- y un tal Bermúdez que se dedicaba a la representación de artistas. Habían parado a tomar algo y reponer el hielo que protegía unos medicamentos. Pero no había tiempo que perder. Subieron al coche que traía Gitanillo que, literalmente, voló por las cumbres de Despeñaperros para alcanzar el caserío de Linares.

El prestigio de Luis Jiménez Guinea se impuso a la opinión del doctor Garrido, el solvente médico local que había dirigido la operación en la enfermería. Garrido se mostraba contrario a aplicar aquel funesto compuesto que ya había probado su ineficacia en la terrible explosión del polvorín de Cádiz, aquel mismo año. Creía que el matador no soportaría una nueva transfusión. Y así fue... “Don Luis, ¡no veo!”, fueron las últimas palabras de Manolete. No dijo más. El plasma apenas había comenzado a fluir por sus arterias. Manolete murió instantáneamente antes de que despuntara el amanecer.

Sólo entonces –con la tragedia consumada- dejaron pasar a la novia del torero que se sabía mirada por todos. Cano, que había acudido a Linares a liquidar con Dominguín, se convirtió en notario gráfico del ocaso de aquel dios. Fotografió a Lupe junto a su cama: el torero amortajado; un crucifijo aferrado en las manos entrelazadas; un breve sudario sujetando el mentón; el coro de caras incrédulas... Posiblemente recordó aquella noche en la barra de Chicote, cuatro años antes que en ese momento se le antojaban cuatro siglos. Fue la primera vez que habló con el torero. Unos dicen que los presentó Pastora Imperio; otros, que fue Rafael Gitanillo... ¿Qué más da? Fue la primera chispa del único, apasionado e incomprendido amor de Manuel Rodríguez Sánchez, aquel torero para olvidar una guerra.

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¿Quién era Lupe Sino?

Lupe Sino había tomado el nombre artístico de su segundo apellido. Se llamaba Antoñita Bronchalo Lopesino y había nacido en Sayatón, un pueblecito de Guadalajara. Fue actriz de mediana fama. Cuentan que había llegado a emparejarse con un comisario político del ejército rojo y siempre cargó el estigma de chicha ‘Chicote’, la barra más popular de aquel Madrid agridulce de los años 40. Todo eso importó poco a Manolete, que encontró en la belleza rutilante de Antoñita todo lo que no le podían dar los toros. El Califa cordobés era un ídolo de masas; había impuesto modas y era el espejo en el que se miraban todos los hombres... Se hallaba en la cúspide de su fama pero –como Joselito antes de Talavera- ya había empezado a saborear el gusto amargo de la incomprensión y las exigencias desorbitadas. Y a Manolete le seguía faltando algo...

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Un año de amor...

Ese “algo” es lo que halló en los brazos de Lupe Sino. Manolete vivió los días más felices de su vida en Fuentelencina, un pueblecito recóndito de Guadalajara junto a su novia y la familia de ésta. En 1946, el año en el que decidió alejarse casi por completo de los ruedos, pasó una larguísima estancia en aquel trozo de tierra, haciéndose uno más entre el sorprendido vecindario de la localidad alcarreña. El célebre ‘Buick’ azul del torero emergiendo de las polvorientas carreteras debió parecer una especie de acorazado amarrando en el páramo. Manolete lo guardaba en un corral del boticario, con el que intimó. Era uno más en medio de aquel universo humano, lejos de las plazas, los focos, las habladurías de la sociedad cerrada de la época...

Manuel y Antoñita compartieron estancia con una hermana recién casada, prodigando excursiones y baños a la poza de Valdefuentes, burlándose de un mundo en el que no tenían cabida aquellos amores. Hay numerosos testimonios gráficos de aquella fábula que quedaría para siempre marcada en el alma del matador. Al final de aquel verano idílico viajaron a México con aura de pareja de cine. Pero Manolete volvió para cumplir su único compromiso taurino en España de aquel año.

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Fue en la tradicional corrida de Beneficencia organizada por la Diputación de Madrid. La corrida no estuvo exenta de tensiones y politiqueos taurinos. El viejo Dominguín se las apañó para incluir a su hijo Luis Miguel –figura en ciernes- en un cartel en el que inicialmente, además de Manolete, figuraban el rejoneador Álvaro Domecq y los diestros Gitanillo de Triana y Antonio Bienvenida. Cumplida su misión –el ‘Monstruo’ de Córdoba había actuado desinteresadamente- volvió a América. Le esperaban algunos contratos ventajosos pero, sobre todo, aquel amor libre que no tenía cortapisas al otro lado del océano, lejos del pétreo entorno del matador y la Córdoba de los discretos que nunca vieron con buenos ojos la irrupción de aquella actriz de la barra de Chicote.

Hasta el último día

Manolete esperó hasta el 22 de junio en Barcelona para comenzar la temporada de 1947. Pero no dejó de pisar plazas de resonancia como el mismísimo coso de Las Ventas, en el que fue herido no sin cortar las dos orejas a un toro de Charro. Toreó veinte tardes antes del definitivo compromiso de Linares. Dicen que el torero estaba visiblemente desmejorado, loco por acabar esa campaña que aún le tenía que conducir en otoño hasta tierras americanas.

El día 16 de agosto recaló en San Sebastián para estoquear una corrida de Antonio Pérez junto a Gitanillo y Manolo Navarro. En un burladero del callejón, micrófono en mano, un conocido y emergente locutor retransmitía la corrida por los micrófonos de Radio Nacional de España. Se llamaba Matías Prats, que requirió a Manolete para dar sus impresiones sobre la lidia. “Me piden más de lo que puedo dar. Sólo he de decir que tengo muchas ganas de que llegue el mes de octubre”, sentenció el Monstruo.

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Pero octubre no llegó. El 26 de agosto toreó en Santander. Al día siguiente, el ‘Buick’ azul le condujo hasta el hotel Cervantes de Linares. En los corrales se había encerrado una corrida de Miura que, en un principio, estaba destinada a lidiarse en Murcia. En los carteles, con letras grandes, el nombre de Manolete destacaba sobre el de Gitanillo de Triana y Luis Miguel Dominguín. El resto es historia: la lidia de ‘Islero’, la seca cornada al entrar a matar; la operación del doctor Garrido; las esperanzas recobradas y el traslado apresurado al hospital de los marqueses de Linares; las conversaciones desconocidas de Camará y Álvaro Domecq; la llegada de Lupe Sino; el último cigarrillo... y aquel ‘Buick’ azul volando por la nacional llevando el plasma fatídico...

Una lluvia fina caía en la mañana del 29 de agosto entre Linares y Córdoba mientras el cuerpo de Manolete alcanzaba su ciudad natal. Numerosos cordobeses habían ido hasta el sitio de Las Cumbres, a pocos kilómetros de la capital, a esperar la comitiva fúnebre. Lupe Sino remontaba la misma carretera, camino de Madrid, tragándose su llanto.


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