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Observatorio taurino

Paco Ojeda: un aniversario trascendental

El gran maestro sanluqueño renació de sus propias cenizas cuajando un toro de Cortijoliva en su confirmación madrileña, el día de Santiago de 1982. Ahora se cumplen cuarenta años

25 jul 2022 / 11:37 h - Actualizado: 25 jul 2022 / 11:40 h.
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  • El diestro de Sanlúcar de Barrameda en su primera época de matador. Foto: Chapresto
    El diestro de Sanlúcar de Barrameda en su primera época de matador. Foto: Chapresto

Hay faenas, fechas y autores que permanecen en el imaginario del aficionado. El aura de esas creaciones reveladoras crece con el tiempo, se mitifica más allá del testimonio de los pocos privilegiados que pudieron contemplarlas. Es el caso del célebre trasteo instrumentado por Paco Ojeda a un toro de Cortijoliva el día de su confirmación de alternativa. Fue en una de aquellas genuinas corridas caniculares que se organizaban en Las Ventas. Este lunes, 25 de julio y festividad de Santiago Apóstol –que es el patrón de España- se cumplen 40 años exactos de ese acontecimiento que sacó al genio sanluqueño de su propia catacumba y rearmó su revolución taurina. Empezaba su breve pero intenso y trascendental reinado. Era el primer aldabonazo de la última leyenda del toreo.

Ojeda había tomado la alternativa tres años antes, el 22 de julio de 1979, en la Plaza Real del Puerto de Santa María. Había llegado a aquel doctorado veraniego –con El Viti como padrino y José Luis Galloso de testigo- como estrella novilleril pero, también, algo forzado por las circunstancias y los apoderados del momento sin que el inminente matador sanluqueño llegara a reconocerse a sí mismo como torero. “Decían que así no se podía torear. Me emparejaron con Pepe Luis sin demasiado sentido; era como enjaular a un animal de la selva; no me sentía libre, no podía hacer lo que yo quería y sentía. El estado anímico y moral siempre ha sido fundamental para mí; necesitaba estar a gusto conmigo mismo para funcionar en plenitud..,”, rememoraba el diestro sanluqueño en una entrevista concedida a El Correo a raíz de la concesión del I Premio Nacional de Tauromaquia.

Paco Ojeda: un aniversario trascendental
Ojeda se propuso torear a su propio caballo y le acabó enseñando a embestir. Foto: archivo A.R.M.

Toreando a su caballo

El torero iba a desaparecer del mapa después de aquel lujoso doctorado portuense. Volvió a la misma tierra en la que había nacido, entre Sanlúcar y La Puebla del Río, retomando el íntimo diálogo con la naturaleza pero sobre todo, con aquellas vacas palurdas de Alventus que le sirvieron para crear un singular lenguaje taurino. Ojeda no había aprendido a torear, había inventado su propia tauromaquia en la soledad de aquellos predios.

“Volví a mis orígenes, a reencontrarme conmigo mismo. Necesitaba buscar mi yo, el torero que yo quería; no el que querían los demás. Necesitaba sentirme moral e íntimamente torero porque cuando me puse a serlo para los demás me perdí. Había vuelto a mi campo, a mi caballo y empecé de nuevo con el conocimiento de lo que no quería ser”, rememoraba el diestro sanluqueño. “La soledad es bruja. Me inventaba de todo. Volví a torear vacas de noche para mí y llegaba por la mañana a casa y cerraba los ojos y pensaba: que me lleven al cielo...”. En ese punto se propuso torear a su propio caballo y lo consiguió. Pero había que cumplir más retos: “Me propuse hacer embestir a uno pero no se trataba de meter en la muleta al que fuera dócil y amigo mío; me propuse torear a otro y lo conseguí, a cual mejor...”

De la confirmación a la primera línea

El 25 de agosto de 1982, mientras en España sólo se hablaba de fútbol, llegó esa confirmación de alternativa después de dos años prácticamente en barbecho que le habían servido para recuperar su más íntima personalidad creativa y taurina. La mayoría ya le había olvidado pero hubo un taurino providencial, Juanito Belmonte, que no perdió la fe en el antiguo Latero, su apodo de las primeras novilladas.

La cita de Las Ventas, en realidad, era una de aquellas corridas para trances desesperados que se organizaban en el verano madrileño, con los tendidos poblados de turistas entreverados con los cabales. El padrino de la ceremonia fue su paisano José Luis Parada y el testigo, Gallito de Zafra. En los corrales se había enchiquerado un encierro de Cortijoliva.

El toro de la ceremonia, llamado ‘Canastillo’ sirvió para rubricar que había llegado un tiempo nuevo al toreo. “En esos momentos –rememoraba el diestro sanluqueño en la citada entrevista- sabía perfectamente lo que perseguía y ya nadie influía en mí en torno a lo que quería hacer. Y pude llevarlo a cabo. Empecé en Madrid con el toro de Cortijoliva: era la fiera que yo buscaba para domarla. Ése era el toro y ése fue el desafío”.

Ése fue, en definitiva, el punto de arranque, de la trascendental revolución ojedista. Estaba a punto de aparecer en su vida José Luis Marca, el apoderado de su vida y hasta futuro suegro. De su mano afrontó el reto de encerrarse en solitario con seis toros de Manolo González en la plaza de la Maestranza, el 12 de octubre de ese mismo año. Les cortó cuatro orejas y abrió la Puerta del Príncipe. Ya era primera figura del toreo...


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