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Paco Ureña: caer y levantarse

Especial matadores (3). El diestro murciano hizo olvidar su terrible percance convirtiéndose en el verdadero triunfador de la temporada 2019

05 dic 2019 / 12:51 h - Actualizado: 05 dic 2019 / 12:57 h.
"Toros"
  • Ureña pasea la oreja que cortó en Sevilla, la tarde de los toros de Victorino Martín en 2017. / Toromedia
    Ureña pasea la oreja que cortó en Sevilla, la tarde de los toros de Victorino Martín en 2017. / Toromedia

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Albacete, 14 de septiembre de 2018. Paco Ureña paraba con el capote a su segundo toro, un ejemplar marcado con el hierro de Alcurrucén, que en el embroque de un lance se le metió por dentro lanzándole un certero derrote. El pitón le alcanzó el rostro. Le había golpeado con una fuerza brutal el ojo izquierdo. Se hinchó inmediatamente como una pelota. Ureña siguió en el ruedo y no ingresó en la enfermería hasta dar muerte al animal. Después se supo que la visión, irremediablemente, había quedado afectada para siempre.

Tres meses después del terrible percance, en el intermedio navideño, el diestro murciano comparecía ante los medios para anunciar su vuelta a la palestra. Las secuelas de la cornada se hacían patentes en el ojo afectado pero el torero no había llamado a los medios para dar pena ni hablar de historiales clínicos. Se trataba de anunciar una fecha, la del 16 de marzo, para arrancar una nueva temporada en la que no habría alivios ni concesiones a la galería. El escenario elegido era la plaza de toros de Valencia.

En ese punto se acabó cualquier referencia a la herida. El torero seguía y a partir de ahí no hubo ni una sola mención a esa tremenda lesión que ya le había supuesto la pérdida de visión pero, finalmente, le acabaría costando el propio globo ocular. Fue a mediados de febrero, a menos de un mes de la fecha marcada para volver a ceñirse el traje de luces. El torero afrontó una nueva intervención quirúrgica en Madrid para extirpar el ojo. Unas úlceras recurrentes, un cuadro infeccioso y los fuertes dolores que padecía le obligaron a tomar la drástica decisión. La aplicación de una prótesis asombrosamente natural cubriría el hueco. No se trataba de llamar la atención ni de crear un cuadro de estudiado patetismo. Había que seguir toreando y el compromiso de Valencia ya estaba a las puertas...

Una temporada ascendente

Y llegó la vuelta, alternando en esa tarde de Fallas mano a mano con Enrique Ponce. Ureña cortó una oreja al quinto. El maleficio se había roto; el torero seguía. Y de Valencia a Sevilla, anunciado para estoquear la estupenda corrida de Santiago Domecq, encastrado en una terna de escasa química. Paco, ésa es la verdad, no encontró su mejor hilo. Pero le esperaban tres compromisos prácticamente consecutivos en Madrid. En el primero –el día de la puerta grande de David de Miranda- se llevó un trofeo de un toro de Juan Pedro Domecq en una tarde de puesta punto.

Una semana después, el 31 de mayo, volvió al embudo de Las Ventas. Estaba anunciado con los toros de Alcurrucén, el mismo hierro del animal que le había arrebatado la visión del ojo izquierdo. Sin entenderse por completo con su primero, sí se llevó la oreja del quinto gracias a esas ráfagas inconfundibles –dictadas en el filo de la navaja- de su mejor arma: la mano izquierda. Paco pasó por Antequera y también recaló en la feria de Pentecostés de Nimes, saliendo a hombros junto a Pablo Aguado en una matinal llena de contenido. Pero en el horizonte se dibujaba su tercer y definitivo pase en el Foro...

El diestro de Lorca hizo el paseíllo en esa tarde trascendental –la llamada Corrida de la Cultura- junto a Sebastián Castella y Roca Rey, que había colgado el ansiado cartel de ‘no hay billetes’. Había dado la vuelta al ruedo con su primero, que le propinó una fortísima voltereta, pero el destino le había apartado un gran toro de Victoriano del Río al que cuajó sin paliativos en medio de una plaza entregada sin fisuras. Roca había llenado la plaza pero la gente salió hablando de Paco Ureña mientras salía a hombros por la Puerta de Madrid.

La vida le debía ese regalo. El murciano, recrecido, recaló y puntuó en las Hogueras de Alicante, de las que había sido pregonero. El mes de julio lo estrenó indultando un toro de Garcigrande en Arévalo. En Mont de Marsan no hubo opciones pero en Santander, por Santiago, cortó dos orejas épicas siendo fiel a su más genuina personalidad. La cosa se había embalado y Paco, sin solución de continuidad, repitió salida a hombros en Valencia con una gran corrida de Algarra. Tampoco se iba a bajar de los capitalistas en Socuéllamos aunque la suerte le iba a ser esquiva en su debut gijonés, a mitad de agosto. En San Sebastián escuchó ovaciones pero volvió a cuajar un faenón de altura –y una nueva puerta grande- en la feria de la Virgen del Mar de Almería. Estaba a punto de escalar la cumbre...

La cima de Bilbao

Esa cima la alcanzó en Bilbao, cortando cuatro orejas que hicieron historia y marcando un hito difícil de igualar. Ureña sacó lo mejor de sí mismo en esa tarde inolvidable que le otorgó el primer puesto en el podio de la campaña. Hubo entrega, desgarro, sinceridad, expresión, naturalidad fidelidad a su concepto... Paco reventó las costuras del coso de Vista Alegre de Bilbao con una buena corrida de Jandilla que se convirtió en su mejor aliado. La temporada ya tenía escrito su nombre.

Embalado, salió a hombros en Cieza; hizo doblete triunfal en Colmenar Viejo y, a punto de cerrar agosto, no se libró de un inesperado frenazo en Palencia, donde sufrió una extensa cornada que le tuvo en el dique seco hasta el 15 de septiembre en la feria de la Vendimia de Nimes. Paco volvió a encontrar el hilo del triunfo en su tierra, Murcia, cortando cuatro orejas a un envío de Daniel Ruiz en una tarde apoteósica y de acento valiente que le convirtió en triunfador indiscutible del ciclo. De allí viajó a Albacete, la tierra en la que había perdido tanto pero en la que, en pocas semanas, contraería matrimonio con la hija del recordado maestro Dámaso González. Fue una tarde de emociones en la que rozó el triunfo que sí llegó rotundo en Logroño. Pero, después de pasar por Abarán, aún había que poner toda la carne en el asador en la que tenía que haber sido última tarde de la temporada. El destino, una vez más, era Madrid por Otoño, mano a mano con Perera. Cortó una oreja y creyó dar por concluida la campaña sin saber que los vaivenes del negocio le iban a obligar a tomar la sustitución de Manzanares en Zaragoza para despedir, ahora sí, la mejor temporada de su vida con una oreja de un toro de Cuvillo.

Para entonces ya había nombrado nuevo apoderado después de dejar atrás a Simón Casas y Juan Diego. El elegido es el emergente empresario sevillano José María Garzón, que tiene entre sus manos reivindicar el papel de figura del diestro murciano desde la independencia. Ureña tiene un arma poderosa para seguir escalando cumbres: la fidelidad a ese toreo desgarrado, también rabiosamente clásico, que no se parece a nadie. La siguiente meta es romper el cerco de los grandes carteles y reforzar su poder taquillero. Será uno de los argumentos más hermosos de la temporada que vendrá.


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