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Toros

Pepe Luis Vázquez: «Quiero echar otro ratito...»

Se cumple el primer centenario del nacimiento del llamado ‘Sócrates de San Bernardo’, uno de los grandes maestros del frondoso árbol del toreo sevillano

19 dic 2021 / 10:07 h - Actualizado: 19 dic 2021 / 10:18 h.
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  • El diestro de San Bernardo, en una imagen de juventud.
    El diestro de San Bernardo, en una imagen de juventud.

“Quiero echar otro ratito...” Se lo espetó al médico en los primeros días de mayo de 2013. Pepe Luis ya rebasaba las nueve décadas de vida. Pero a la dictadura del calendario se había unido un fatal accidente doméstico que le envió al hospital con un preocupante traumatismo cerebral. El pellejo del torero de San Bernardo era duro pero sabía que no le quedaba mucho tiempo. Y ese “ratito” quería echarlo en su casa de Nervión. Las circunstancias forzaron que tuviera que volver a la clínica Santa Isabel en la que falleció el 19 de mayo de 2013. Era Domingo de Pentecostés. La Virgen del Rocío no había llegado aún a su ermita cuando abrieron las puertas de la capilla ardiente, instalada en el apeadero del Ayuntamiento de Sevilla. “No me vayáis a liar mucho cuando me muera”, le había dicho a su hijo Pepe Luis atendiendo a su proverbial discreción. Pero la ciudad le debía todo eso y mucho más a uno de sus hijos más preclaros que unió ciencia, gracia y sentimiento para enfrentarse a los toros bravos.

Pepe Luis Vázquez: «Quiero echar otro ratito...»
La definitiva prueba de fuego fue en la plaza de la Maestranza en el verano de 1937.

En aquellos días de la primavera de 2013 sólo quería apurar sus últimos días rodeado del cariño de los suyos y de toda una ciudad que lo recuerda en su memoria viva y en la estatua de bronce fundida por Alberto Germán Franco, levantada en 2003 en el paseo de Colón, frente a la plaza de la Real Maestranza. Esa misma plaza había sido testigo de la primera prueba de fuego. Pepe Luis Vázquez Garcés había nacido en la calle Campamento del barrio de San Bernardo el 21 de diciembre de 1921. Ahora se cumple un siglo exacto. Torero de dinastía, era nieto de un modesto banderillero ligado al matadero de San Bernardo apodado Vázquez Chico. Su padre, José Vázquez Roldán, también intentó la aventura del toreo pero, sobre todo, fue el cabeza de una familia de toreros en la que descollarían Pepe Luis y su hermano Manolo, que amarraría su carrera con la gloriosa reaparición de comienzos de los 80.

A puerta cerrada, en la plaza de la Maestranza y vestido con una guayabera blanca, un juvenil Pepe Luis mató un becerro de Miura y otro de Guadalest que le crearon el primer ambientillo cuando aún sólo era un aspirante adolescente que se curraba el oficio en los corrales del viejo matadero, ya mudado al Cerro del Águila. El 19 de julio de ese mismo año -1937- debutó en Algeciras vestido de luces en unión de Antonio Bienvenida. Volvió al ruedo de la Maestranza para actuar en un festejo nocturno y tuvo que esperar hasta 1938 para presentarse con picadores en la plaza de su vida en unión de un novillero alto y ascético que venía lanzado de Córdoba para revolucionar el toreo y llenar una época de España.

Pepe Luis Vázquez: «Quiero echar otro ratito...»
Pepe Luis se presentó en Sevilla en unión de Manolete, al que siempre admiró.

Pero Pepe Luis también andaba en el disparadero. El día de la Virgen de 1940 tomó la alternativa en la plaza de Sevilla vestido de celeste y oro. El padrino fue Pepe Bienvenida, que le cedió un toro de Curro Chica en presencia de Gitanillo de Triana. Sólo un año antes, en el mismo albero del Baratillo, se había doctorado el propio Manolete, aquel torero para olvidar una guerra. Rivales en el ruedo y amigos en la intimidad, el ‘Monstruo’ de Córdoba y Pepe Luis llenaron esos años apasionantes convirtiéndose en un contrapunto imprescindible que sólo se quebró con la trágica muerte del primero en Linares, una pérdida que afectó tremendamente al diestro sevillano que nunca tuvo empacho en declararse rendido admirador de su compañero de fatigas.

Trascendencia taurina

Pepe Luis amarró un nudo fundamental dentro del tronco torero sevillano y sigue constituyendo uno de los modelos de ese hilo que ha dejado profunda huella en la estética de artistas posteriores. Pero la maestría de Pepe Luis fue mucho más que ese esteticismo y conforma un eslabón fundamental para entender la evolución del arte de torear en el siglo XX. Su confirmación de alternativa en el Madrid de 1940 no estuvo exenta de anécdotas. Suspendida al tercer toro por un fuerte aguacero, la corrida estuvo organizada en homenaje a Himmler, jefe de las SS alemanas que sintió profunda repugnancia por el espectáculo taurino. Era la misma mano que firmaría la solución final que acabaría con millones de judíos en los campos de exterminio de Europa.

Pero hay que centrarse en la figura luminosa del maestro de San Bernardo, que vio quebrarse la regularidad de su carrera a raíz de la horrible cornada recibida en Santander el 25 de julio de 1943. El pitón del toro desfiguró su cara y le dejó algunas secuelas que arrastró desde entonces, hasta el punto de incidir en esa pérdida de visión que acabaría acelerando el final de su fecunda trayectoria artística: una vida plagada de hitos que le convirtieron en la cabeza y el patriarca de la cátedra del toreo sevillano.

Cumbres de su vida torera la constituyen la faena del 30 de mayo de 1949, llamada del Concierto de Aranjuez. Dos años más tarde cuajaría de manera admirable al toro ‘Misionero’ de Castillo de Higares en el ruedo de Madrid, y ese mismo año interpreta la que él mismo ha calificado como la mejor faena de su vida al torear de manera prodigiosa e inolvidable a un toro de Villagodio en la plaza de Valladolid. Se mantuvo en activo hasta el año 1953, en el que anunció su primera retirada aunque aún reaparecería fugazmente en 1959, una temporada en la que llegó a confirmar la alternativa a Curro Romero, que había tomado la alternativa en las Fallas de aquel año.

Pepe Luis Vázquez: «Quiero echar otro ratito...»
El maestro de San Bernardo antes de torear la última tarde de su vida, en la confirmación de alternativa de Curro Romero.

Ha sido el torero que más miuras ha despachado en el albero maestrante, para lo que lucía unos vestidos ligerísimanente bordados en azabaches en una estampa hecha clásica los domingos de la feria sevillana. Íntimo amigo de la familia Miura, siguió toreando después de su retirada en la plaza cuadrada de Zahariche. Eran secretos acontecimientos que se engrandecían en el boca a boca de los escasos afortunados que podían ser testigos de aquellas lecciones de torería antigua y eterna que el maestro mantuvo desde la discreción de su retiro. Hermano de Manolo -fallecido en 2005- y padre del último Pepe Luis que ha vestido de luces, el maestro de San Bernardo siempre quiso estar alejado de los focos de la actualidad y era raro verlo fuera de su casa, especialmente a raíz del agravamiento de los achaques que le obligaron a recluirse. Pero esa modestia asumida nunca le impidió ser reconocido como uno de los maestros fundamentales de la segunda mitad del siglo XX y uno de los iconos más inconfundibles de la ciudad que lo vio nacer.

Dejemos la pluma de César Jalón Clarito para definir con su inconfundible estilo a este Sócrates de San Bernardo: “Siempre representará Pepe Luis un alegre contraste; una graciosa flexibilidad y cadencia sevillana; variante del cordobés hierático: una inspirada rima lírica frente a una epopeya; y principalmente, un diseñador de la senda del arte sevillano por donde irán los preclaros sevillanos venideros: Antonio Bienvenida, Pepín Martín Vázquez, Manolo González y el Paco Camino de los años sesenta”. Y terminemos con José María de Cossío que recordaría: “...el secreto de Pepe Luis fue infundir profundidad a la gracia, hacer densa la espuma”.


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