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Roca Rey enseña sus credenciales

El joven matador peruano cuaja una importante tarde de toros en la que también caló la versión más manierista de Antonio Ferrera, que perdió un trofeo por el acero

01 abr 2018 / 22:12 h - Actualizado: 02 abr 2018 / 09:47 h.
"Toros","José María Manzanares","Andrés Roca Rey","Antonio Ferrera"
  • Natural de Roca Rey. / Jesús Barrera
    Natural de Roca Rey. / Jesús Barrera

Los matadores tardaron más de cinco minutos en salir al ruedo mientras los alguaciles daban vueltas y más vueltas. El minuto de silencio posterior -que sumó cuatro difuntos- alargó aún más una espera que acabó de parar los relojes con la devolución del primero. Esas demoras acumuladas acabó dotando a la corrida de un ritmo plúmbeo que sólo se rompió cuando Roca Rey se hizo presente en el ruedo como un relámpago vestido de oro.

El diestro peruano dotó de sentido a una tarde que hasta ese momento no había ofrecido momentos de demasiado interés. Ferrera había sembrado de detalles de buen gusto su faena al primero bis, un animal más atanasio que domecq, muy corto de viajes, que siempre fue a menos y con el que dibujó algunos naturales sueltos. Tampoco había podido ser con el segundo, un toro orientado, avisado y bravucón al que Paco María recetó un puyazo de campeonato. El bicho ya había regalado alguna miradita helante a Manzanares. En cuanto pudo le echó mano, propinándole una dura voltereta de la que salió con la cara ensagrentada sin que la faena lograra ningún fruto....

Pero salió el tercero y cayó en manos de un torero en vena que quiere mandar en esto. Roca lo recibió con verónicas ceñidas y desgarradas en las que ya pudo comprobar la buena condición de su enemigo. A partir de ahí ya no hubo descanso. El joven torero supo imprimir a la tarde el ritmo que había perdido desde los estremecedores estatuarios iniciales que arrancaron la música. Pero su faenón tomó vuelo supersónico al natural. El joven paladín peruano se hartó de torear con la izquierda desgranando muletazos de temple líquido que marcaron muchas diferencias.

Roca se espatarra al torear por el palo más clásico, que sabe trufar con esos hallazgos del toreo posmoderno que dotan de una medida originalidad a su quehacer. Y así, logra sumar trincherillas con cambios de mano; de pecho, molinetes... sin perder la intensidad ni la verdad de una gran faena culminada con un auténtico e intenso lío metido entre los pitones. El diestro limeño debía haber sido premiado con las dos orejas. Desgraciadamente la espada no terminó de agarrarse como debía y la larga agonía del toro fue enfriando los entusiasmos. En cualquier caso, el trofeo cobrado tiene peso específico y pone cara, muy cara, la Feria que está por venir

La casualidad quiso que el otro toro notable del envío de los campos de El Escorial saliera a continuación y cayera en manos de Ferrera, que reveló esa nueva versión manierista que, de alguna manera, ha sustituido al clasicismo que asombró y enamoró el pasado año. Eso sí: el diestro extremeño supo ser dueño absoluto de la escena, coreografiando esa lidia prebelmontina plagada de detalles como los bellos capotazos de rodilla flexionada que remató con una media de primor. Ahí se pudo comprobar una cosa buena: el toro humillaba de verdad.

Desde esa virtud, el torero de Badajoz supo construir una faena que fluyó siempre al natural y estalló en una intensa y explosiva serie diestra que puso de acuerdo a todo el personal. Su labor había transcurrido en su totalidad en las tablas del 9. Sin moverse de ese terreno fue capaz de desplantarse con sabor añejo antes de volver a enhebrarse con el toro en unos sensacionales muletazos genuflexos a los que siguió media estocada tendida, refrendada con un contundente descabello. En otro momento, quizá en otra fecha del serial abrileño, habría cortado la oreja que le pidieron sin la fuerza necesaria. La merecía.

Y a partir de ahí no hay mucho más que contar. Manzanares volvería a llevarse un toro prácticamente imposible de puro rajado al que quiso torear siempre muy en redondo sin provecho y, lo que es peor, sin ningún reconocimiento del público. El sexto era el segundo plato de Roca Rey, que volvió a apretar el acelerador a fondo en una nueva y trepidante faena en la que cruzó muchas fronteras. A pesar de esa encomiable entrega era prácticamente imposible triunfar con un animal acobardado e informal que se acabó refugiando en tablas. No importa demasiado. El matador limeño viene a por todas. Quiere, sabe y puede...

FICHA DEL FESTEJO

Se lidiaron cuatro toros de Victoriano del Río, muy desigualmente presentados. Primero y quinto estuvieron marcados con el hierro filial Toros de Cortés. Uno resultó corto de viajes y de más a menos; el otro, rajado, formó el peor lote con el avisado segundo. El noble tercero y el muy humillador cuarto fueron los dos mejores ejemplares de un envío que se completó con el deslucido y manso sexto.

Antonio Ferrera, ovación y vuelta tras petición y aviso

José María Manzanares, ovación y silencio

Andrés Roca Rey, oreja tras aviso y ovación tras aviso

La plaza se llenó en tarde fresca y agradable. Después del paseíllo se guardó un minuto de silencio en memoria de los ganaderos Victorino Martín y Domingo Hernández; el puntillero Lebrija y el delegado gubernativo Miguel Ángel Ocaña. Dentro de las cuadrillas destacó el picador Paco María, de la cuadrilla de José María Manzanares, que cuajó el puyazo de la tarde con el bravucón segundo.


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