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Toros

Toros y Corpus (I): De la edad de plata a Manolo González

La emblemática fecha, ese jueves que debía relumbrar más que el Sol, está íntimamente unida a la historia taurina de Sevilla

10 jun 2020 / 19:43 h - Actualizado: 10 jun 2020 / 19:52 h.
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  • El infortunado diestro manriqueño tomó la alternativa el día del Corpus de 1937.
    El infortunado diestro manriqueño tomó la alternativa el día del Corpus de 1937.

La del Corpus es una fecha con sabor taurino. Eso sí: la nostalgia del aficionado –las cosas no siempre son como fueron sino como se recuerdan- ha caminado a veces lejos del auténtico hilo histórico de la festividad. Este año, ya es sabido, no habrá toros en la tarde de un jueves que debería relucir más que el sol. Todo apunta a que será muy difícil que se abran las puertas de la plaza el resto del año. La inmensa custodia renacentista de Arfe tampoco recorrerá las calles de Sevilla en mañana de este desconocido día de esplendores sacramentales. Son los efectos colaterales de una pandemia que no ha doblegado las ganas de ver toros. Los carteles presentados en febrero, testigos fantasmales de lo que ya no podrá ser, anunciaban los nombres de tres novilleros sevillanos: Curro Durán, Calerito y Jaime González-Écija que tenían que despachar seis utreros de Fuente Ymbro. Pero es un guión que ha tenido que quedarse en un cajón...

Tendremos que consolarnos con el repaso de los sucesos que merecen ser recordados. Marcaremos un punto de partida: el año de la muerte de Gallito, hace un siglo exacto. Y anotaremos como curiosidad que aquel 1920, la Asociación de la Prensa –una entidad íntimamente ligada en lo taurino a la festividad del Corpus- organizó su corrida en la efímera Monumental. El inmenso anillo de San Bernardo –inspirado por Joselito- encaraba la tercera y última temporada de su brevísima historia. La fiesta cayó entonces en un 3 de junio mientras se seguía llorando el ocaso del coloso de Gelves. Freg, Dominguín y Valencia se enfrentaron a seis toros de Flores Íñiguez. Pero hubo que esperar al año 24 –siempre desde el hilo que prestan los festejos del Corpus- para anotar las cuatro orejas y el rabo que se llevó Valencia II, mano a mano con Maera, que le cortó otras tres a un envío de Félix Suárez mientras florecía la Edad de Plata.

Es de Ronda y se llama Cayetano...

En cualquier caso, el acontecimiento de esa década fue la alternativa de Cayetano Ordóñez, el Niño de la Palma, que tomó la alternativa de manos de Juan Belmonte. Fue el 11 de junio de 1925 en un cartel que completaba El Algabeño. El padrino, por cierto, mojó la oreja a sus compañeros cortando el rabo a un toro de Suárez. Testigo y neófito –que vestía un precioso terno blanco de delanteras bordadas- tuvieron que conformarse con una oreja por coleta.

Toros y Corpus (I): De la edad de plata a Manolo González
La alternativa del Niño de la Palma fue el gran acontecimiento del Corpus de 1925.

Como curiosidad hay que reseñar que al año siguiente, con la corrida montada para la Cruz Roja, asistieron los infantes Carlos de Borbón y María Luisa de Orleans, abuelos del rey Juan Carlos I que están enterrados en la cripta de la Sacramental de Pasión en la Colegiata del Salvador. Los nombres más destacados de esta etapa son los del Gallo, Chicuelo o Fuentes Bejarano sin que los carteles tomen el fuste de los fastos abrileños ni falten motivaciones benéficas como los damnificados de los temporales que fueron los receptores de la recaudación de 1927.

Pascual Márquez: el Tesoro de la Isla.

En la convulsa década de los 30, mientras se derrama la Edad de Plata y se barrunta la tragedia que estaba por venir, sobresalió el nombre del infortunado diestro manriqueño Pascual Márquez, que cortó cuatro orejas como novillero en una lejana tarde de Corpus, la del 20 de junio de 1935. Aquel año sumaría un total de 16 orejas, un rabo y una pata en las ocho novilladas toreadas en la plaza de la Maestranza. Esos triunfos –y los que llegarían después, especialmente el día de la Virgen- darían alas al llamado ‘Tesoro de la Isla’ de cara a su doctorado.

Pero, ojo, faltaba menos de un año para que los moros de Queipo empezaran a dar vueltas por Sevilla. El aguerrido Pascual hizo la guerra con los alzados vistiendo el uniforme de Aviación a la vez que participaba en un sin fin de festivales patrióticos. Esos festejos dieron continuidad a su actividad taurina y permitieron preparar, en plena guerra, su alternativa para el Corpus de 1937. Fue una corrida organizada por el propio Ayuntamiento “a beneficio de la infancia desvalida». El padrino de la ceremonia fue Luis Fuentes Bejarano que le cedió un toro de Pablo Romero en presencia de Domingo Ortega. Pascual Márquez cortó las dos orejas y el rabo de ese animal pero resultó herido por su segundo. No importaba; ya era matador de toros aunque el panorama bélico no era el mejor caldo de cultivo para promocionar a la nueva figura. De alguna manera, el valeroso diestro manriqueño se vio atrapado en una suerte de generación perdida de la que pugnaba por salir cuando llegó el contrato del 18 de mayo de 1941 en Madrid. ‘Farolero’, un ejemplar de Concha y Sierra, se cruzó en su camino y lo mató de una cornada en el corazón.

Después de la Guerra

Callaron los cañones, llegó la ansiada paz y con ella, años de rigores y autarquía. Pero la fiesta, una vez más, seguía. Y la Asociación de la Prensa volvió a tomar posesión de la tarde del Corpus para organizar su añorada corrida anual. El día de la Virgen de ese año había tomado la alternativa un novillero trigueño del barrio de San Bernardo que estaba destinado a convertirse en uno de los estandartes del toreo según Sevilla. Hablamos, lógicamente, de Pepe Luis Vázquez Garcés, que afrontó el Corpus de 1941 –cayó en la tardía fecha del 12 de junio- encerrándose en solitario. El joven diestro había calentado el cotarro cortando dos orejas a un toro de Miura en su primera Feria de Abril como matador y escogió un envío de Benítez Cubero para esta encerrona que acabaría cuesta abajo. Delavega, el célebre crítico de El Correo de Andalucía, tituló “Un fracaso sin justificación”. No había sido la tarde del futuro maestro...

Toros y Corpus (I): De la edad de plata a Manolo González
Pepe Luis actuó sin demasiada fortuna en el Corpus de 1941 pero logró quitarse la espina en el de 1943.

El tono del festejo mejoró notablemente para la edición de 1942, con los chicos de la prensa de nuevo a los mandos. Fue una tarde de estrenos, como el debut en corrida de toros de la vacada de Carlos Núñez. Después vendrían muchas, muchísimas más... El cartel sumaba la veteranía de Manuel Jiménez ‘Chicuelo’ con la juventud de Manuel Álvarez ‘El Andaluz’ y Antonio Bienvenida. Pero el más viejo acabaría pegando un buen repaso a los cachorros –los tres competirían en quites- y acaparando los titulares de la prensa. Recurrimos, una vez más, al hilo que presta la hemeroteca de El Correo en la crónica firmada por Delavega: “La gracia, la pinturería, la sal, la esencia más pura del arte, brilló en sus más relucientes resplandores por obra y gracia del torero de la Alameda”. Efectivamente: el diestro de la Alameda de Hércules le formó un lío al cuarto, al que cortó el rabo después de media estocada habilidosa. ¿Qué importaba? La gente salió toreando por la calle...

Toros y Corpus (I): De la edad de plata a Manolo González
El gran Chicuelo, a pesar de su veteranía, cortó un rabo en la corrida del Corpus de 1942.

Pepe Luis se saca la espina

Pero no nos habíamos olvidado de Pepe Luis. Que iba a lograr sacarse la espinita de la fallida encerrona del 41 en el muy tardío y veraniego Corpus de 1943 que coincidió con la onomástica de San Juan. El futuro Sócrates de San Bernardo compartió cartel con Rafael Ortega ‘Gallito’ –que dio un recital con el capote- y Juan Mari Pérez Tabernero para despachar un encierro de Antonio Pérez de San Fernando que era, además, padre del tercer espada. El testimonio del crítico del decano de la prensa sevillana, el socorrido Delavega, vuelve a mostrarnos la dimensión del triunfo pepeluisista: “el triunfo del torero de San Bernardo fue apoteósico; se banderilleaba al quinto toro y aún se le ovacionaba...”

Si nos atenemos a la calidad de los acontecimientos tenemos que dar un salto hasta 1948: los azares del calendario litúrgico habían adelantado la festividad sacramental hasta el 27 de mayo. Y los plumillas sevillanos, una vez más, iban a servir de catalizadores para montar una terna en la que brillaba un factor principal: la alternativa de Manolo González, uno de los eslabones más importantes –pese a la brevedad de su intensa carrera- del toreo según Sevilla. El torero de la calle Sol accedía a ese doctorado precedido de un gran ambiente novilleril recibiendo los trastos del oficio de manos del mismísimo Pepe Luis en una ceremonia testificada por Manolo Navarro, que pasó de puntillas. Los toros pertenecieron al hierro de Clemente Tassara. Padrino y ahijado dieron una gran tarde de toros y fueron sacados a hombros y paseados por la calles.

La luminosa personalidad de Manolo González volvería a brillar en 1950 con un toro de Guardiola. Era el final de una época y la llegada de otra pero hay que remontar la década entera, hasta 1959, para anotar un acontecimiento que marcaría la historia de la propia plaza: no es otro que la llegada de Diodoro Canorea, que se colocó a los mandos del coso del Baratillo en sustitución de su suegro, Eduardo Pagés. Aquel año el cartel del Corpus –que cayó en un 28 de mayo- contó con la presencia de Antonio Ordóñez y un bisoño matador llamado Curro Romero que había tomado la alternativa aquel mismo año en Valencia. Pero nos interesa mucho más la actuación del camero al año siguiente. Se la contaremos en la segunda y última entrega de este especial sabiendo que la plaza de la Maestranza no podrá abrir sus puertas. (CONTINUARÁ)


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