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La Catedral de Cádiz y su batalla contra la sal

El origen de su problema “congénito” forma parte también de su belleza, su cercanía al mar, porque pocas catedrales hay tan próximas a la orilla del océano.

24 ene 2022 / 10:00 h - Actualizado: 24 ene 2022 / 10:04 h.
"Arquitectura"
  • Catedral de Cádiz / Efe
    Catedral de Cádiz / Efe

Hace ahora 300 años, cuando, gracias al comercio con América, Cádiz disfrutaba de su mayor esplendor económico y social, la ciudad comenzó a construir una nueva catedral, un icono que, desde su misma inauguración y hasta hoy, lucha contra un enemigo tan minúsculo como implacable, la sal.

Tras 116 largos años construcción, el mal de la sal que sufre esta imponente catedral, única representante en España del estilo barroco moderno e inspiradora de muchas otras, dio la cara apenas fue inaugurada, en 1838.

EL MAL DE LA SAL

El origen de su problema “congénito” forma parte también de su belleza, su cercanía al mar, porque pocas catedrales hay tan próximas a la orilla del océano. Tan próxima que el pozo del que se extrajo el agua para su construcción, ubicado en su cripta, era de agua dulce o salada dependiendo de las mareas.

En su construcción también se emplearon arenas de playa para fabricar los morteros, impregnadas de sal, con lo que la cal no acaba de fraguar nunca.

El gran almacenamiento de sal que por ello tienen las paredes y bóvedas de la Catedral Nueva, como se la conoce, se hace más dañino aún con un clima como el de Cádiz, con cambios constantes y frecuentes de ciclos húmedos y secos.

“La sal en estado sólido es inerte. El problema es que la humedad de la ciudad la disuelve, y al secarse de nuevo con sus vientos, vuelve a estado sólido, con un aumento de volumen, lo que produce roturas”, explica a Efe el arquitecto Juan José Jiménez Mata, que durante décadas se encargó de las obras de restauración en el templo.

UNA CATEDRAL A MEDIDA DEL ORGULLO DE LA CIUDAD

El problema afecta especialmente a la parte superior del edificio, porque el proyecto del arquitecto Vicente Acero tardó tanto en construirse que en él se plasmaron, tanto las sucesivas modas arquitectónicas, como la decadencia en la que entraría la ciudad.

Su construcción empezó en 1772, en un momento de euforia de la ciudad, a la que acaba de trasladarse la Casa de Contratación y con ella los enormes beneficios del comercio y del “cuartillo” que debían pagar como impuesto todas las mercancías que entraban desde América a su puerto.

La catedral que entonces había (que coexiste en la ciudad como catedral vieja) “era magnífica en su momento”, pero “se quedó pequeña para el orgullo de la ciudad”, relata a Efe el deán Ricardo Jiménez.

Así tras derribar un barrio entero que se asentaba en el espacio elegido, las obras empezaron con piedras de mucha calidad, mármoles de Mijas o Tortosa, y acabaron con materiales de peor calidad, con piedras más afectables. Por eso los mayores problemas están en la parte superior.

UNA INMENSA RED COMO PRECAUCIÓN

Apenas tres meses después de concluir la obra, los responsables de la catedral notaron que de sus bóvedas caían lascas: la sal empezaba a hacerse notar en la enorme superficie de las cubiertas.

Uno de los episodios más graves que se recuerda sucedió en los años 70 cuando una gran piedra cayó sobre un banco del templo, apenas un día antes de que se celebrase una misa de comuniones.

Llegó a estar cerrada durante 16 años. Para reabrirla, en los 80 se decidió colocar una inmensa red que bajo los más de 3.000 metros cuadrados de sus cubiertas, para que las lascas o piezas que se desprendieran no cayeran más abajo.

La malla “no es una solución, es una precaución”, dice Jiménez Mata. Él se encargó de sustituir la primera que se puso, que hicieron los rederos del muelle de Cádiz con nylon, un material que se deterioraba.

Bajo su dirección en los noventa se sustituyó por otra de una fibra holandesa más resistente, que aún hoy se mantiene para que las lascas no caigan sobre los fieles o sobre los 300.000 visitantes que anualmente acceden al templo.

“Convendría ver si su eficacia sigue existiendo”, explica el arquitecto jubilado, que dejó de trabajar para las restauraciones de la catedral en 2014.

Más allá de las caídas de lascas o piedras, el mal de la sal afecta a toda la piel del edificio. La situación del edificio se reflejó en un plan director de 2009 que “se quedó en el camino”, dice el arquitecto.

Se han hecho numerosas restauraciones en distintas zonas, la última de ellas en una capilla durante el confinamiento. Necesitaría “una cuadrilla de albañiles” haciendo tareas de mantenimiento constantemente, asegura Jiménez Mata.

LA LUCHA CONTINÚA

Cuando este año se conmemoran 300 años del inicio de su construcción, la catedral no se rinde en su guerra contra la sal. “No nos resignamos a decir que la catedral tiene un problema que no se puede solucionar y que es un edificio condenado, al contrario.

Queremos trabajar para que esta dificultad histórica se vaya afrontando”, dice a Efe el deán del templo. Por eso ahora se ha encargado una actualización del plan director, para marcar “una hoja de ruta” y “ver cuales son las actuaciones más necesarias más allá de las urgencias”.

Una lucha cuyo coste no puede precisar: “Lo que sí sabemos es que supera las posibilidades de ingresos del cabildo. Eso nos hace buscar ayudas públicas o de fundaciones o empresas” añade.

El arquitecto Venancio González se encargará de comandar esta estrategia contra la sal, para lo que monitoriza la situación de la catedral, que prevé ya una nueva restauración, la de sus dos torres.


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