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Torpes, lunáticos, idiotas y depravados

¿Conviene poner el casi ilimitado poder de EEUU en manos de Donald Trump? Votar es una gran responsabilidad, aunque a veces se olvide. La historia nos enseña qué pasa cuando el mundo acaba gobernado por impresentables

29 may 2016 / 22:20 h - Actualizado: 29 may 2016 / 22:25 h.
  • Torpes, lunáticos, idiotas y depravados
    Donald Trump podría ser el próximo presidente de los Estados Unidos.
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    Una de las representaciones pictóricas de la proclamación de Claudio como emperador, obra de Lawrence Alma-Tadema.
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    Ilustración de Vlad III Draculea, comiendo delante de sus víctimas empaladas, según tenía por costumbre el príncipe de Valaquia.

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El pobre lo tenía todo: era feo, tartamudo, cojo, miedoso, medio sordo, tenía montones de tics nerviosos y las manos de mantequilla, babeaba y moqueaba, su risa era desagradable, le fallaban las rodillas, no lo aguantaba nadie en su familia –donde lo ponían como ejemplo de tonto– y algunos de sus parientes no lo habrían tocado ni con un palo... pero era emperador de Roma. Y no de los peores, aunque en ese juicio probablemente tenga mucho que ver el hallarse justo entre Calígula y Nerón. Dignificado por la extraordinaria novela de Robert Graves, Claudio fue curiosamente adorado por el pueblo, que quizá no estaba al tanto de todas sus rarezas. Una de ellas tenía que ver con los gases: el divino se tiraba unos pedos descomunales y muy sonoros, fenómeno del que se avergonzaba vivamente. Pero como era el tipo más poderoso a uno y otro lado del Mare Nostrum, se pudo permitir no solo eso, sino también dictar la orden de que todo el mundo en la corte tenía que hacer lo propio en su presencia, en cantidad de dos cuescos por cada uno de los suyos, justificando tan descabellada medida bajo la excusa de lo saludable que era ese hábito.

Morir asesinado empezaba a instalarse como costumbre entre los césares, y a Claudio, por no ser menos, se lo cargó su esposa Agripina con setas venenosas a decir de los entendidos. La familia lo celebró entre risas, especialmente cuando Séneca escribió en su memoria la sátira Metamorfosis de la cabeza de Claudio en calabaza, motivo de desternillamiento generalizado en la corte. El pobre emperador ha pasado a la historia como uno de los tontos más solemnes de la humanidad, aunque no lo fuese en absoluto, y su mandato quedó como ejemplo de lo calamitoso o simplemente ridículo que puede llegar a ser el ejercicio del poder cuando recae en alguien sin los suficientes méritos. Hoy, un hombre como Claudio no habría gobernado bajo ningún concepto; sin embargo, su predecesor y su sucesor quizá habrían tenido más suerte en nuestros tiempos, porque el cerebro humano está formateado para reconocer de inmediato a quien le hará reír, pero no a quien le hará llorar (hacia quien el respetable suele sentir veneración, por algún extraño residuo mental de nuestro pasado reptil).

Desde Roma para acá, los anales de la humanidad rebosan de ejemplos de lo uno y lo otro y, en general, de cómo los lerdos, memos, malvados, déspotas, lunáticos, majaderos, depravados y fanáticos que han llegado al poder han arruinado las expectativas más legítimas de sus súbditos. La aparición en pleno siglo XXI de un sujeto como Donald Trump, próximo candidato republicano a la presidencia de los EEUU, no debe sorprender a nadie: este tipo de merluzos son una constante en la política, como el hidrógeno es una constante en el universo. En su soberbia al verse con tanto respaldo popular, llegó a manifestar durante un discurso en Iowa: «Podría pararme en medio de la Quinta Avenida y disparar contra la gente y no perdería ningún votante». Levantar un muro entre EEUU y México (y que lo paguen los mexicanos, esos «violadores»), frenar la entrada de musulmanes, rearmar a la población, culpar a los chinos de inventarse el cambio climático para perjudicar a la industria norteamericana, restablecer la tortura para los sospechosos de terrorismo, mandar a los refugiados sirios a su casa, vituperar a quienes hablan español por aquellos lares... son solo algunas de sus ocurrencias proferidas a lo largo y ancho de su país durante la campaña a la nominación. Y este es el hombre que en otoño próximo puede gobernar a la nación más poderosa del mundo. El presidente que tendrá que mediar en los conflictos internacionales, liderar el crecimiento económico, abanderar la democracia, frenar la catástrofe climática, controlar el arsenal más destructivo jamás conocido, dar prosperidad a sus paisanos y desarrollar una adecuada política educativa, social, cultural... ¿Estamos solo ante un necio venido a más o es un especimen realmente inquietante de homínido?

Aunque parezca mentira, no existe una lista con los políticos más nefastos de la Tierra, pero eso no quiere decir que no haya miles de ejemplos de lo que el votante no debe hacer bajo ningún concepto, que es dejarse seducir por el discurso y, sobre todo, no dejar pasar a despacho alguno a ningún iluminado. Aun así, no basta: sin ánimo de comparar a Trump con nadie, y mucho menos con criminales de la talla de los grandes tiranos, hay que fijarse bien en los peores gobernantes que han hollado el planeta y descartar a cualquiera que se les parezca, aunque sea mínimamente. Aunque sea en caricatura

Pol Pot, Hitler, Stalin, Franco, Mussolini, Trujillo, Stroessner, Videla... el siglo XX no se quedó corto dando lecciones. Algunos de los lectores más jóvenes no recordarán tal vez el nombre de Idi Amin, presidente de Uganda durante los años setenta. Un imponente militarote, presunto caníbal, que llevaba por sobrenombre el Tonel y que queda inscrito como uno de los tiranos más crueles de los últimos cien años. Pese a los más de 300.000 asesinados por su régimen, no abundan las fosas en las cunetas del país: los cuerpos eran arrojados a los cocodrilos. Para llevarlo en procesión, como a él le gustaba, disponía de esclavos que cargaban con él sobre una especie de paso o de palanquín y que tenían que ir silbando la marcha de la película El puente sobre el río Kwai. Murió en el exilio en 2003. Son las anécdotas del espanto, la única forma de asimilar sin que el cerebro explote la inhumanidad de muchos de los mandamases de todos los tiempos.

¿Maldad o locura? Al sultán turco Ibrahim I lo llamaban el Loco porque seguramente estaba como una cabra mocha desde que su hermano Murad, que gobernó antes que él hasta 1640, tomó la determinación de no dejar títere con cabeza entre los de su estirpe para acabar con el estigma de la enfermedad mental tan frecuente entre ellos, y a punto estuvo de darle pasaporte a Ibrahim si le llega a echar mano. Este, que vivía estremecido de miedo, se desahogó por fin tras la muerte de Murad aficionándose a las mujeres lo más gordas posible, obesas en grado superlativo, hasta tal extremo que tenía por favorita de su harén a una armenia de 150 kilos de peso entre cuyas lorzas encontraba abrigo contra la intemperie de la realidad mientras su madre mandusqueaba. Esta, de nombre Kosem, lo atiborraba a afrodisíacos, tal vez no tanto por una cuestión de impotencia como por el detalle de que mientras el cenutrio de su hijo estuviese desaforadamente entregado al fornicio ella podría ocuparse del gobierno real del Imperio Otomano, que estaba en las últimas. Y así transcurrió el hombre su existencia más o menos feliz hasta que la armenia le fue con el cotilleo de que una de sus concubinas del harén se la daba con queso con un señor de fuera. A Ibrahim le empezó a hervir la sangre –quién sabe si por los afrodisíacos o por su naturaleza de lunático– hasta que finalmente dio la orden de que mataran a todas sus esposas, las 280 –sin contar a la armenia y a otra más– arrojándolas al Bósforo metidas en sacos.

Y si a él lo llamaban el Loco con toda la razón, a Ivan el Terrible no lo apodaban así porque fuese un desastre jugando a los bolos. Sanguinario como el que más a mediados del XVI, el zar era un perfecto ejemplar de psicópata y lo demostraba cada vez que se le presentaba la ocasión. Uno de sus inventos fue la Oprichnina, una mezcla de guardia pretoriana y de policía secreta que con la represión por bandera hizo estragos en Rusia. Uno de los castigos que más gustaban a Ivan era el empalamiento, afición que doscientos años antes había hecho famoso también a Vlad Draculea, príncipe de Valaquia.

El verdadero Drácula habría dejado a su sucedáneo literario creado por Bram Stoker a la altura de un simpático y adorable teleñeco. Los habrá habido igual de crueles, pero tal vez no más que este rumano que resolvió el problema de la indigencia metiendo a todos los pobres en una casa, inflándolos de viandas y de vino y prendiéndoles luego fuego, o que se deshizo de los gitanos mandando asar a sus jefes y obligando a los demás a comérselos o a alistarse, sin que conste que alguno se decantara por la primera opción. Cortar la nariz, sacar los ojos, desollar, asar y empalar por el ano a sus enemigos y víctimas en general eran algunas de sus terribles aficiones. Hoy, Vlad el Empalador es un héroe nacional oficialmente declarado como tal desde el quinto centenario de su muerte. Y ciertamente, fue un patriota. Eso nadie se lo discute. En su tiempo, todavía se lo discutían menos, visto cómo se las tomaba.

Patriotas son todos, en tanto que el concepto de nación pasa por su persona, básicamente. Una patriota como la copa de un pino es Kim Jong-un, que descontento con su ministro de Defensa, Hyon Yong-chol, sobre todo después de que este se quedara dormido durante un desfile, ordenó ejecutarlo disparándole con un cañón antiaéreo. Una excentricidad más de quien mandó matar a su exnovia en público, así como a su tío y a toda la familia de este, incluidos los niños. Y estas son solo anécdotas de una tiranía como se han visto pocas. Ese es el líder de Corea del Norte, el estado más aterrorizado del globo desde la Camboya del Jemer Rojo (quien no haya visto la película Los gritos del silencio que no deje de hacerlo). Es lo que tiene el estalinismo, que los da a manojos.

Poco pueden hacer los coreanos por evitarlo: ahí no hay democracia que valga. No es el caso de los EEUU, que nació ya con vocación de democracia y que como tal se desarrolló, especialmente tras la abolición de la esclavitud. Hay toda una panoplia de gobernantes horrendos de esa nación, verbigracia Franklin Pierce, un presidente tan malo que fue el único de la historia al que su propio partido negó la nominación para la reelección. Sus tres hijos murieron muy jóvenes, y él desarrolló tal descreimiento que se negó a jurar su cargo sobre una Biblia. Al final, hecho polvo por la mochila con la que cargaba, se retiró de la vida pública afirmando que solo dos cosas le quedaban por hacer en la vida: beber como un cosaco y morir, plan que el demócrata desarrolló con pulcritud hasta el extremo de fallecer de cirrosis un día de otoño de 1869. Ese fue Pierce, por no hablar de Nixon, de Johnson, de Bush, de Buchanan...

Hay toda una colección de frases estúpidas atribuidas (o confirmadas) a otros presidentes de los EEUU, dicho sea como consuelo de tontos por si Trump gana las presidenciales. He aquí un par de ellas: «Ya es hora de que la raza humana entre en el Sistema Solar» (George W. Bush); «No estoy preocupado sobre el déficit. Es lo suficientemente grande para cuidarse solo» (Ronald Reagan). En esa misma colecta de declaraciones para la eternidad también las hay de otros líderes mundiales, a saber: «El pollo que comemos está cargado de hormonas femeninas. Por eso, cuando los hombres comen esos pollos, tienen desviaciones en su ser como hombres» (Evo Morales); «El 75% de los hogares de México tienen una lavadora, y no precisamente de dos patas o de dos piernas, sino una lavadora metálica» (Vicente Foix); «Si comen las mascotas es porque también está comiendo el pueblo» (Cristina Fernández); «Un sondeo dice que el 33% de las jóvenes italianas sí se acostarían conmigo. El resto de las chicas contesta: ¿Otra vez?» (Silvio Berlusconi); «Acá no se trata de sacarle a los ricos para darle a los pobres, como hacía Robinson Crusoe» (Carlos Menem); «Yo entré a una capilla chiquitica esta mañana (...) De repente entró un pajarito, chiquitico, y me dio tres vueltas acá arriba. Se paró en una viga de madera y empezó a silbar, un silbido bonito. Me lo quedé viendo y también le silbé. El pajarito me vio raro. Silbó un ratico, me dio una vuelta y se fue y yo sentí el espíritu de él [Hugo Chávez, que acababa de morir semanas atrás]. Lo sentí ahí como dándonos una bendición, diciéndonos: Hoy arranca la batalla. Vayan a la victoria. Tienen nuestras bendiciones. Así lo sentí yo desde mi alma» (Nicolás Maduro). Puede que el lector se haya sonreído con alguna de ellas, pero probablemente no lo haría tanto si cualquiera de estos mandatarios fuese quien llevase las riendas de España a día de hoy.

Dicen los bromistas que el más torpe de los gobernantes de la historia fue Artabán, el cuarto rey mago, que se perdió y no llegó a la cita –vaya mago, dirán algunos–, perdiendo de ese modo una ocasión de oro para inscribir su nombre entre los más grandes episodios de la humanidad, por muy apócrifo que sea el relato. Algunos, puestos a ordenar el ranking de torpes al volante de la historia, no dudarían en colocar a este Artabán justo por debajo de algún expresidente español. Pero el atolondramiento no es el peor de los vicios del mandamás; los hay peores. Un excelente indicador de la bajeza moral de un aspirante a gobernar es su odio a los extranjeros y a las minorías. La mayoría de quienes piensan en ello tendrán en su mente la imagen de Hitler, con toda la razón, aunque tampoco se equivocarían mucho si prefiriesen la de Ranavalona. Para quienes no tengan el disgusto de conocerla, esta señora fue reina de Madagascar a mediados del siglo XIX. Para ascender al trono se sirvió del conocido y muy practicado método de asesinar a todos los legítimos herederos habidos y por haber, de resultas de lo cual no quedó nadie más con derechos dinásticos en toda la isla. La xenofobia fue su afición por antonomasia, unida al odio a los cristianos, a los que mandó matar en cantidad de 150.000, nada menos. Llevar una Biblia bastaba. La cosa llegó a tales niveles de sadismo y terror que hasta su propio hijo pidió a Napoleón III que invadiera el país.

Nadie imaginaba que podría aparecer alguien como Ranavalona en el siglo XX, y salió Hitler. Hay que tener mucho cuidado con los imposibles, porque a la menor oportunidad se convierten en inevitables sin saber apenas cómo. Algunos se quedan simplemente en tontos en ejercicio, lo cual ya es bastante tragedia dadas las circunstancias. En manos de la gente está. Pero claro, a lo peor no somos mejores que nuestros gobernantes.


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