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A las cinco de la tarde...

Se cumplen ahora 80 años de la cogida mortal de Ignacio Sánchez Mejías, torero polifacético y catalizador fundamental de la Edad de Plata y la generación del 27. La gangrena gaseosa lo mató pero cimentó el mito e inició su leyenda.

el 11 ago 2014 / 12:00 h.

Imagen Ignacio SM Cádiza Sánchez Mejías reapareció en los ruedos el 15 de julio de 1934 en la plaza de Cádiz después de ocho temporadas de ausencia. La Edad de Plata se inició el año 1920 en la enfermería de Talavera de la Reina –elegía fotográfica de Ignacio sosteniendo la cabeza yerta de José– y concluyó el 11 de agosto de 1934 en ese traslado agónico desde Manzanares a Madrid, remontando la carretera polvorienta de Andalucía, arrasada de Sol y apestada de la misma gangrena que trepaba por los muslos del torero. Se estaba sentenciando toda una época mientras las medias rosas de Ignacio Sánchez Mejías se empapaban en su sangre derramada. En medio de aquellas dos muertes se dibuja la propia trayectoria del polifacético matador, una figura imprescindible sin la que no se pueden entender la efervescencia artística y cultural de la década fundamental de los años 20. Menos de dos días después de aquel viaje terrible llegaba el fin irremediable de aquel «andaluz tan claro, tan rico de aventura». ¿Qué impulso vital llevó a Sánchez Mejías a volver a vestirse de luces en 1934, con 43 años cumplidos y lejos de las portentosas facultades físicas que suplieron sus carencias artísticas? Ignacio se había retirado de los ruedos en 1927, precisamente el mismo año que, bajo la excusa del tercer centenario de Luis de Góngora, reunió a sus expensas a aquellos jóvenes poetas y creadores en la casa de Pino Montano para dar nombre a una de las generaciones literarias más ricas de la lengua castellana. Entre su primera despedida y la vuelta a los ruedos había dado rienda suelta a su ancho catálogo de inquietudes: presidente de la Cruz Roja de Sevilla; mecenas, presidente del Betis Balombié; dramaturgo de éxito;aventurero... pero el toro, siempre el toro, acabó imponiendo su ley. En 1934 decidía volver a torear y se enfundaba el vestido de luces el 15 de julio en la desaparecida plaza de Cádiz. La razón última, la más prosaica, de su vuelta a los ruedos se la había confesado a sus íntimos: se aburría. Como en tantas ocasiones fatales, Ignacio no tenía que haber toreado en Manzanares aquel 11 de agosto de hace 80 años. Pero acudió finalmente al ruedo manchego en sustitución de Domingo Ortega, que había sufrido un leve accidente de automóvil que le impedía salir a la plaza. El diestro toledano estaba anunciado junto al rejoneador portugués Simao da Veiga y los matadores de toros Armillita y Alfredo Corrochano. Ignacio había toreado el día anterior en Huesca y quería pasar la jornada del día 11 descansando antes de viajar a Pontevedra, plaza en la que tenía que cumplir su siguiente contrato. Por la premura del tiempo y los condicionantes y las precarias comunicaciones de la época, ni siquiera pudo contar con su propia cuadrilla, que ya se encontraba de viaje al coso gallego siguiendo el guion marcado por la agenda del matador. Pero la leve lesión de Domingo Ortega iba a alterar los planes previstos y a cambiar la propia historia del toreo. Ignacio sostiene la cabeza de Joselito en la enfermería de Talavera. Ignacio sostiene la cabeza de Joselito en la enfermería de Talavera. Sánchez Mejías llegó temprano a Manzanares. Había viajado en automóvil desde Madrid, después de un primer y accidentado tramo de viaje en coche desde Huesca a Zaragoza y desde allí –ya en el tren expreso– hasta la capital. El veterano diestro ya venía acompañado de la improvisada cuadrilla, reclutada a toda prisa en el Foro después de intentar, infructuosamente, contar con los hombres de Domingo Ortega. Pero la gente de plata ya había iniciado el camino de vuelta a sus respectivos domicilios después de conocer la lesión de su matador. Ignacio se instaló en el Parador; en la misma habitación –la número 13– que se había preparado para Ortega y se vio obligado –por primera y única vez en su vida– a sacar los números de los toros a lidiar por la tarde, marcados con el hierro de Ayala, una oscura vacada que nunca había lidiado. Sin saberlo, estaba sacando del sombrero del vaquero su propio certificado de defunción. Algunos biógrafos recogen situaciones y gestos que se han querido dibujar como premonitorias. Pero no pasarían de la anécdota si no fuera por la tragedia que estaba a punto de consumarse. Parecía una tarde más, perdida en el nomadeo agosteño de los hombres de luces. Pero el primero de la tarde, de nombre Granadino, le alcanzó en un muslo cuando trataba de iniciar el trasteo con pases por alto sentado en el estribo. A la salida de uno de los muletazos el toro le apretó contra las tablas. La cornada era de caballo y dejó un impresionante charco de sangre. A pesar de la disposición del médico local, Ignacio se negó a ser operado en Manzanares. Se pidió un coche a Madrid y se disparó la espera. Una avería del vehículo dispuesto alargó aún más aquella angustiosa agonía. El torero llegó a la capital de madrugada. La cosa ya pintaba muy mal al día siguiente y la gangrena era una certeza irremediable en la anochecida. Su mujer, Lola Gómez Ortega, y su hija Piruja pudieron despedirse del moribundo. Dejaron pasar a su amante, La Argentinita. Ignacio dejaba de existir en la mañana del día 13. Manolo Caracol colocó crespones de luto en las columnas de la Alameda antes de que el cuerpo de Ignacio –trasladado a Sevilla– fuera sepultado en el panteón de Joselito, bajo el mausoleo modelado por Benlliure, que también había retratado a Ignacio portando el ataúd del rey de los toreros al que había sostenido la cabeza muerta en Talavera.

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