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Feria de Abril

Alegría, piedrecitas blancas y tres millones de caballos

Comandos perpetrando sevillanas a palillo limpio en los autobuses anunciaban el despertar, por fin, de las ganas de feria. Ayudó que hubiera menos polverío, gracias a un truquito de la municipalidad.

el 25 abr 2012 / 19:21 h.

¿Sueña la margarita con ser romero o sueña el sevillano con ir al otorrino? Tachen todo lo que se dijo aquí ayer sobre la falta de ambiente, oh, necias palabras: Cuando media docena de señoras, ataviadas con lunares y exuberantes porciones de la flora autóctona, se compinchan en el autobús para extirparle a usted el tímpano... y cuando lo hacen a base de introducirse todas ellas en su oído interno a tocarle los palillos sin que sea todavía la una de la tarde, puede usted jurar que el paisano es un mercancías sin frenos; y la Feria, el lugar donde piensa empotrarse. Despertó la gente, que ya era hora. Cambio radical en el tono anímico del hispalense medio, que ayer dejó de comportarse como un koala al que hubiese dejado la novia y transformó el real de Los Remedios en lo que las letras se sevillanas pregonan que es: un nosequé de efervescencia, de algazara y cosas por el estilo.

Engañaba un poco, antes del almuerzo, el que la cosa estuviese frita de cuadrúpedos, y es verdad: definitivamente, las mañanas de la Feria de Abril están muertas por lo que hace al género del western. Pero ese vacío era una de esas calmas que dicen que preceden a las tormentas: a eso de las dos y media de la tarde empezó a descargar y a las tres en punto la Feria de Abril tenía más caballos que la filmografía completa de John Ford. Pero a diferencia de lo que sucedía en Fort Apache y en las sevillanas de los Hermanos Reyes, aquí en Sevilla el ganado no levantaba ninguna polvareda. Primero, porque los caballos no pisan el albero (la cosa está mucho más refinada que hace años, cuando lo apartaban a uno de la barra de la caseta a lengüetazos). Y segundo y más importante, porque Lipasam (de verdad, hay que darles un premio) tuvo ayer la felicísima idea de echar ocho mil kilos de cloruro cálcico en el agua de sus camiones cisterna para baldeo de las calles del real. Tal y como explicó un amable operario que andaba por allí en hora punta poniéndole las perneras perdidas al respetable con la manguera, el producto en cuestión no tiene otra prioridad en la vida que la de asentar el albero y compactarlo, con idea de que los ventarrones que azotan Sevilla en estos días no conviertan aquello en una réplica a escala de la atmósfera de Marte. El resultado fue que todo se llenó de una especie de piedrecitas blancas, menuditas y en charquitos, que la gente creyó que eran para secar el suelo. Pues no.

Si hubiera que añadir una o dos palabras más acerca del ambientazo de ayer, esas palabras serían que esta no es, sin embargo, la Feria ansiosa de años atrás. Ni mucho menos. Al menos, hasta ayer. Nada de casetas atronando en plan ensordecedor, ni de cowboys trepando por los toldos  con sus monturas, ni de grupos de miles de muchachas retorciéndose de bailar en mitad de Juan Belmonte, ni de turbamulta de vendedores y pedigüeños estirando la mano a la menor oportunidad. Es, o está siendo al menos, una Feria bonita. Una Feria del Prado. Más medida, menos superproducción.

¡Ah, gracias por recordar que hoy tocaba hablar de la Calle del Infierno! Tampoco harán falta muchas palabras para expresar lo que hay que decir, que es, básicamente, que a razón de tres euros el meneo, y hasta tres euros y medio en ocasiones, es harto improbable que las familias tomen por costumbre acercarse por allí con los chiquillos. Todo el que recuerde que tres pavos son quinientas pesetas sentirá en su oído izquierdo el susurro de un diablillo volador, vestido de rojo y con su misma cara, llamándolo tonto de remate. Salvo el que haya ido a la Feria en autobús. Ese no oirá gran cosa.

En las grúas de la Calle del Infierno (esas que están hechas de un material que parece que repele el peluche) se podía leer ayer un cartelito gracioso: Prohibida la venta o especulación de cualquier artículo. Hombre, después de haber visto lo que se han pasado con el ladrillo, con las bolsas, con el diferencial de la deuda y demás, es poco probable que la prensa se lance a contar a cinco columnas posibles tejemanejes en materia de muñequitos de Bob Esponja. Pero bueno, está bien la honestidad, como principio.

Hablando de la honestidad como principio: Al lado de los cacharritos, donde se acodan los puestecillos de la calle Santa Fe, venden un juguete consistente en un elefante, una pistola y un tipo con prognatismo. Interesante recuerdo de la primavera de 2012. Y si no, el no va más del ramo del entretenimiento andaluz: una gran carreta... del Rocío, por diez euros. Se ve que lo que han hecho ha sido reciclar las del Oeste y ponerles un escudo rociero en la lona, porque lo que tira de la carreta no es un tractor ni una pareja de bueyes orondos, sino un lozano y encabritado corcel que parece estar mirando de reojillo por si vinieran los indios. Y una apreciación sobre las tómbolas, ya puestos a pasear por aquella zona: Sabedores de que la gracia de dejarse una fortuna en las atracciones está en volver uno cargado con un gorila gigante hasta Rochelambert, docenas de trabajadores del gremio de la rifa se pasan el santo día repartiendo papeletas de regalo a diestro y siniestro por los alrededores, para estimular el consumo (sépalo, por si le conviniese).

Mucha flamenca, muy poco clavel en el ojal, mucha ventolera y mucha naturalidad en la gente, que por fin empezaba a comportarse a la hispalense, es decir, tomándose todo espacio público como si fuese parte de su casa, que es cuando el sevillano clásico lo borda. Y mientras, Los Remedios reluciente como nunca. No todo es Lipasam: Un señor, probablemente senegalés o nigeriano, repartía ayer propaganda en la calle Asunción y cada pocos minutos recogía la que la gente tiraba y volvía a juntarla al mazo. ¿Soñará alguna vez el sevillano con ser más limpio? Si al menos rimara con algo...

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