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El coste de la masculinidad

En estos momentos de ajuste de cuentas, obligados por la crisis financiera que nos asola, toca hacer una reflexión en profundidad acerca de los fundamentos del sistema capitalista, a fin de orientar las relaciones económicas hacía objetivos más justos y solidarios.

el 15 sep 2009 / 15:52 h.

En estos momentos de ajuste de cuentas, obligados por la crisis financiera que nos asola, toca hacer una reflexión en profundidad acerca de los fundamentos del sistema capitalista, a fin de orientar las relaciones económicas hacía objetivos más justos y solidarios. Una tarea que corresponde esencialmente a los economistas, aunque también deben implicarse otros expertos que aporten al debate perspectivas diferentes. Y en este aspecto también tiene mucho que decir el pensamiento feminista.

Hasta ahora, la incorporación de las mujeres a los espacios públicos se ha hecho con la mirada puesta en las políticas públicas de promoción de la igualdad, cuyo coste económico, se dice, tenemos que asumir, pues los valores deben estar por encima de la mera rentabilidad económica. Se habla, en consecuencia, del costo de la maternidad, de los gastos que requiere la protección de las mujeres víctimas de la violencia machista, de los recursos que se aplican a la promoción de las mujeres como empleadas -porque trabajadores son siempre- o como empresarias y así podríamos seguir hasta evaluar el monto económico que requiere la aplicación de la Ley para la Igualdad Efectiva de Mujeres y Hombres. Un coste, el de las mujeres, que en todo caso tiene carácter social y, en consecuencia, está amenazado por la austeridad que exige el momento económico.

Sin embargo, no se habla de lo que cuestan los hombres en una sociedad diseñada desde la masculinidad, porque si nos ponemos a pensar repararemos que ellos son más caros económica y socialmente. Dejando a un lado el precio en vidas humanas que están pagando las mujeres en la conquista de su libertad, descubrimos que las cárceles están llenas en su mayoría de hombres, y su mantenimiento significa una partida presupuestaria nada desdeñable. Que son los hombres los principales protagonistas de los accidentes de tráfico, generando importantes gastos a las compañías aseguradoras, al servicio público de salud, a las empresas...

También, que son los hombres los que provocan más accidentes laborales, cuyas repercusiones económicas de nuevo las asumimos todos. Que son de nuevo los alumnos y no las alumnas los que rinden menos en el sistema educativo, que tenemos que reforzar con partidas presupuestarias a fin de que se impliquen en el estudio. La reparación del mobiliario urbano destruido por la violencia esencialmente masculina detrae recursos para otros fines más provechosos para el conjunto de la sociedad.

Y así podríamos seguir en una retahíla de casos a los que no se le ha puesto el género, pues parece que éste solo lo tienen las mujeres cuando quieren romper con el destino que les ha sido asignado. Y hablamos de género porque todos estos comportamientos cuyos gastos tenemos también que asumir las mujeres responden a un patrón de conducta esencialmente masculino. Tienen su raíz última en la definición de un tipo de relación que cifra en el individualismo, el gusto por el poder, en el uso de la fuerza como signo de virilidad, en la competitividad como medio de reafirmación o en la posesión en exclusiva, sus señas de identidad. Sin embargo, no está en la agenda política la deconstrucción de esta masculinidad tan costosa para la sociedad. Las mujeres hemos hecho nuestra tarea en este sentido y ahora le toca a los hombres, puesto que son los que dirigen los destinos de la sociedad, reflexionar sobre sí mismos.

Rosario Valpuesta es catedrática de Derecho Civil de la Pablo de Olavide

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