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Cultura

"El euskera sigue en crisis, pero ya no es una crisis triste"

Bernardo Atxaga presentó en la Feria del Libro su última novela, ‘Días de Nevada’, en la que el escritor vasco plasma sus impresiones de una estancia en los Estados Unidos.

el 28 may 2014 / 00:06 h.

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Bernardo Atxaga, ayer en la Feria del Libro de Sevilla. / J. M. Paisano Bernardo Atxaga, ayer en la Feria del Libro de Sevilla. / J. M. Paisano Reconoce Bernardo Atxaga (Guipuzkoa, 1951) que los vascos tienen una relación muy particular con Estados Unidos, el escenario de su última novela. «Los navegantes hablan de una autopista que pasa cerca de Canarias y llega hasta Brasil. Nuestra relación con América viene del siglo XVI y el XVII, de la enorme presencia de los franciscanos vascos en lo que hoy es California», cuenta el escritor. Sin embargo, Días de Nevada (Alfaguara), es mucho más que una mirada a ese pasado. Con motivo de una estancia en Nevada entre agosto de 2007 y junio de 2008, Atxaga teje una compleja trama en la que se entrecruzan las vivencias, los recuerdos, los sueños y las fantasías, con la ciudad de Reno como telón de fondo. «Lo que yo soy es, apenas, cinco amigos, mis padres, mi lugar natal, tu paisaje, tu casa... Esa es la patria que se ha ido conformando a lo largo de mi vida. A veces parece como si todo cupiera en una habitación, y el viaje ayuda a ordenarla y perfilarla. Estar solo en Nevada me ayudó a eso», agrega. Por otro lado, Atxaga no es ajeno al hecho de que buena parte de los referentes culturales de cualquier español proceden del imaginario estadounidense. «El esquema es que el Oeste es el centro del centro del mundo, que son los Estados Unidos. Hay cosas del Oeste que son más cercanas para nosotros que las calles de nuestro pueblo natal. Los apaches, los vaqueros, John Wayne, todo el mundo sabe lo que son. Estamos empapados de eso». El autor de títulos tan celebrados como Obabakoak, El hombre solo, Dos hermanos, Esos cielos, El hijo del acordeonista o Siete casas en Francia es a la sazón traductor de sus propios libros junto a su esposa, Asun Garikano. «El trabajo es enorme, por eso creo que lo de escribir primero y traducirte después no tiene futuro. Durante tres meses no hablamos de otra cosa, no hacemos otra cosa, es inhumano... Pero es fundamental para mí, porque no es lo mismo decir silla que banqueta, para mí no lo es. Pero todo lo que es tan costoso no tiene futuro. Todo lo que no sea economizar en la lengua, desaparece. Como el subjuntivo en castellano», añade. Para el escritor, el euskera vive un momento «muy dinámico, muy estimulante, lleno de juventud, pero no pierdo de vista el fondo, la verdad filosófica», comenta. «Lo que es minoritario, ya sea grupo religioso, político o lingüístico, siempre vive en crisis. Pero en este momento no es una crisis triste. Hay lucha, temores, pero no es como antes».

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