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El fascismo contra la pared

La mayoría de los historiadores sevillanos, aunque no todos, apoyan la idea de extirpar del callejero los últimos nombres fascistas. Eso sí, advierten al Ayuntamiento de que la gente debe tener la última palabra. (Foto: Antonio Acedo)
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el 15 sep 2009 / 03:23 h.

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La mayoría de los historiadores sevillanos, aunque no todos, apoyan la idea de extirpar del callejero los últimos nombres fascistas. Eso sí, advierten al Ayuntamiento de que la gente debe tener la última palabra y que se trata de acabar con la ignominia, no de aprovechar para colocar de rondón a sus ideólogos de cabecera.

Para mucha gente de Sevilla, José María Pemán es el primer nombre que salta cuando se habla del casticismo en la posguerra gaditana. Un poeta, un viejecito, un tipo bueno que acaso se guardaba en la chaqueta los azucarillos del bar. Cómo quitarle su nombre a una calle. "Pues muy fácil", explica Leandro Álvarez: "José María Pemán fue ni más ni menos que el que se encargó de la depuración del profesorado andaluz después de la Guerra Civil". Una depuración que por aquel entonces no se hacía precisamente con cloro, sino con olvido, deshonra, represalias y quizá con cosas peores. El resumen de este renombrado historiador sevillano es que la mayoría de sus paisanos no tienen ni idea de lo que pasó aquí de verdad durante el franquismo, y que ya va siendo hora de que alguien se lo diga. Y de paso, de limpiar las calles de impresentables que no lo merecen.

He ahí el único defecto que el profesor Álvarez encuentra en esta operación de cambio de rótulos que va a iniciar el Ayuntamiento para acabar con las 64 últimas referencias encomiásticas a la dictadura: que primero tendrían que haberle explicado a los ciudadanos quién fue y qué hizo cada cual, y luego actuar en consecuencia. Básicamente, "para que esos cambios no den lugar a ciertas reacciones de protesta que no habría si todos estuviéramos mejor informados. Ha fallado la didáctica". Pero por lo demás, sí a todo.

"¿Una calle dedicada a Carrero Blanco? Mire, en Italia y en Alemania hace sesenta años que está prohibida la apología del fascismo, que por otra parte es lo suyo. A nadie se le ocurriría pensar que allí pueda haber una calle dedicada a Goebbles o a Mussolini. Aquí, ahora, se pretende hacer exactamente lo mismo. Lo sorprendente es que eso pueda escandalizar a alguien".

"O por ejemplo, Manuel Fal Conde", comenta Leandro Álvarez, eligiendo al azar. "Si le quitan la calle a ése, no será porque no se lo había ganado a pulso. Él fue el que organizó el carlismo y a los paramilitares o requetés en Sevilla, y el que ordenó que el carlismo se sumara al Alzamiento". De opinión coincidente con la de este colega suyo, Francisco Espinosa le añade un colofón: "En Sevilla, la memoria histórica ha sufrido una lobotomía; es sólo memoria histórica de la derecha".

Espinosa publicó hace tres años su libro La justicia de Queipo: violencia selectiva y terror fascista en la II División en 1936. Es lógico que no sienta especiales simpatías por este tipo de personajes, todavía honrados hoy día en fachadas, peanas y capillas. "Eliminar sus nombres de las calles es una reforma pendiente. Una sociedad democrática como la nuestra no puede consentir que quede reflejada y ensalzada en sus rótulos una dictadura sanguinaria".

"El cardenal Ilundáin, el cardenal Segura, Ramón de Carranza... esa gente no puede tener una calle en Sevilla. Ramón de Carranza subió a la alcaldía a cañonazos. Fray Diego de Cádiz fue un fanático de finales del XIX. El padre Tarín, que tiene una calle al lado de El Corte Inglés, ése participaba en quemas de libros. Pero ahora, a quien intente quitarlos del callejero se les cae la Catedral encima", lamenta el historiador. "Es cierto que todos ellos son historia también. Pero no me imagino a los franceses dedicándole una calle al mariscal Pétain por el simple hecho de que fuese parte de su historia".

Que opine la gente. Entre los expertos consultados ayer por este periódico triunfaba la idea de que deben ser los propios sevillanos de esas calles quienes hablen, quienes propongan los nombres que quisieran ver en ellas. De opinión similar eran los historiadores del Foro por la Memoria, que en un par de días, según afirmaban ayer, tendrán terminada una especie de lista de nombres malditos que deberían salir ipso facto del nomenclátor hispalense, por fascistas. Se la pasarán al Ayuntamiento por si éste tuviese a bien tomarla en consideración.

Uno de esos especialistas es Juan Luis Castro. "Los nombres que sustituyan a los anteriores deben proponerlos quienes viven en esas zonas, en esos distritos, organizándolo todo como un amplio proceso de participación ciudadana y vecinal. Lo que no se puede consentir es que se rindan honores a un genocida como Queipo de Llano. Para eso es imprescindible que se haga un análisis histórico de cada propuesta y que sean nombres a los que no se les puedan atribuir barbaridades. Por lo demás, cualquier nombre es aceptable, si representa el sentir, los gustos o la historia de la ciudad".

"El problema", prosigue el historiador y arqueólogo, "es que la generación más joven, y lo digo yo que tengo 35 años, evidencia un desconocimiento total de la historia. La razón de ello es que nuestra educación nos ha ocultado la historia real, no se nos han trasladado las verdades de la Guerra Civil y del franquismo tal y como ocurrieron, con toda su política de terror y de exterminio, con sus 270.000 fusilados según Santos Juliá, con sus 90.000 desaparecidos y sus 500.000 exiliados. El mismo Queipo dejó 14.000 muertos en Sevilla y fue responsable de la columna Castejón, que mató a 80.000 personas. Se enorgullecía de dejar Sevilla llena de viudas. No puede rendírsele tributo ni como macareno ni como nada; eso es una aberración".

En compañía de Juan Luis Castro se halla su colega Daniel Barragán, otro de los defensores de la memoria histórica, y coincidentes ambos en las mismas líneas generales, nunca mejor dicho. "Lo principal de todo", recalca Barragán, "es que hay que dejar de hacer apología del franquismo en las calles, en los colegios... Y también hay que reparar a las víctimas de aquel terror. Pero no hablo ya de una reparación en términos económicos, sino morales: retirar los símbolos relacionados con esos genocidas y con sus crímenes de guerra".

Todos dicen saber lo que hay que quitar, pero, consensos aparte... qué poner en su lugar. Daniel Barragán prefiere a "defensores de la democracia y de la justicia social, o víctimas de los fascistas". Juan Luis Castro, por su parte, sostiene que "no hay nadie necesario, y que buenos serán los nombres que elijan quienes viven en esas calles. Leandro Álvarez vería mal que todo se llenara de nombres de políticos, habiendo "un montón" de personalidades insignes de la cultura y los movimientos sociales.

Para Francisco Espinosa, es lamentable que en el callejero sevillano falten nombres como los de Azaña y Negrín, "y Melchor Rodríguez, anarquista, que logró parar la represión roja en Madrid en noviembre de 1936 y estuvo al frente de la cárcel Modelo. Pero la gente es sabia. Fray Diego de Cádiz no se merecía una calle en Sevilla y resulta que la gente la sigue llamando como antaño, calle Rubios". A él le encantaría que hubiese una calle de la II República. Se supone que una calle sin iglesia.

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