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El otro arte sacro

Un artista sevillano ha encontrado el modo de armonizar el graffiti y la conciencia estética de los más mayores: ha utilizado el spray para pintar a la Macarena y al Cristo de la Sentencia

el 22 jun 2010 / 20:22 h.

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Altos y horrorosos depósitos de agua, inhóspitos muros de colegios, malolientes contenedores. Últimamente en Sevilla todo lo que de por sí es indecoroso se mejora con graffitis, aunque a veces también se empeora. Los ciudadanos se quejan de las pintadas que deterioran la ciudad, esas que lucen con orgullo, en persianas de bares y tiendas y en fachadas de pisos y hospitales, la firma o tag del que la hace. Pero tal y como señala Moisés González, conocido en el mundo del graffiti como Kefren, los verdaderos amantes de los botes también las denuncian. Eso sí, su modo de hacerlo es más notable que el simple comentario que suena a ratos y opina: "¡Mira los gamberros, cómo tienen la ciudad!" También, y sobre todo, es más artístico y atrayente: consiste en pintar encima del nombre de otro writer. Es lo que la mayoría de los graffiteros llaman going over. Pero, Moisés no sabe que se le llama así; no pertenece a la mayoría.

 

Prueba de ello son sus últimos trabajos: en una persiana del bar Puerta Barqueta, la Macarena; en la otra, el Cristo de la Sentencia. Queda por pintar una tercera, la que en trazos lineales a base de spray conmemorará al Arco de la Macarena en plena Madrugá. ¿Por qué darle una temática religiosa al graffiti? "Para que los ancianos encuentren su lugar en este arte", aclara Moisés seguro de sus palabras. Y no se equivoca, mayores y jóvenes se paran frente a las persianas y comentan: "Qué curioso, es la primera vez que veo un grafitti que representa motivos religiosos." Hasta atrae la atención de los más practicantes: "Mientras pintaba a la Macarena, unas monjas se pararon y me dieron la enhorabuena", explica el joven de 27 años. Él trabaja allí, en el Puerta Barqueta, también conocido como Paco El Bigotes: "Ese Paco es mi tío." Pero en su tiempo libre, Moisés se dedica al mundo del arte: "No me gusta encasillarme como graffitero. Sobre todo practico el cómic, aunque también hago acuarelas y esculturas", declara.

Descubrió su habilidad artística a los 15 años, aunque nunca ha recibido formación: "Se puede decir que soy autodidacta, sólo el propio arte es mi maestro." Es por ello, por lo que el Centro de Artes Escénicas le pidió que pintara un cuadro impresionista sobre el teatro para decorar sus paredes: "Lo hicimos un amigo y yo, y al dueño de un bar cercano le gustó tanto que nos pidió que también dibujásemos su local." El motivo, en aquella ocasión, no podía ser otro: una enorme copa de vino acompañada de un racimo de uvas y marisco.

Aunque es consciente de que "para vivir del arte hay que ser demasiado bueno", también sabe que el empeño y la paciencia son pilares fundamentales en su trabajo. Así, la Macarena y el Cristo de la Sentencia le han costado alrededor de unas 30 horas de vida: "Y también unos 60 euros del bolsillo." Pero "merece la pena". Con ellos, el graffiti, además de pintar muros, los rompe.

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