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Cultura

Emocionada despedida al "ruiseñor de las desdichas"

Alfonso Guerra cerró anoche con un brillante discurso el ciclo dedicado a Miguel Hernández.

el 13 may 2010 / 20:16 h.

"Y la muerte se sintió / orgullosa de tenerles. / Pero en los negros rincones, / en los más negros, se tienden / a llorar por los caídos / madres que les dieron leche, / hermanas que los lavaron, / novias que han sido de nieve / y que se han vuelto de luto / y que se han vuelto de fiebre".

El intelectual y político sevillano Alfonso Guerra seleccionó ayer estratégicamente estos versos de Miguel Hernández para traer al presente al poeta de Orihuela.

A lo largo de su brillantísima intervención, el ex presidente del Gobierno, que cerró el ciclo El viento que no cesa, dedicado a Hernández en el centenario de su nacimiento, jalonó este poema "escrito pensando en los soldados que están cayendo en la guerra, pero que vale para hoy, si pensamos en aquéllos que buscan a sus familiares perdidos en las fosas comunes y en las cunetas. Es una especie de profecía de un poeta perfectamente vivo".

Y es que Alfonso Guerra se atrevió incluso a calificar a Miguel Hernández como "el ruiseñor de las desdichas, de las batallas y los fusiles. Según Guerra, Miguel Hernández se convierte por este motivo en un poeta "sin precedentes ni consecuentes", ya que "no es fácil de leer y, sin embargo, los soldados semianalfabetos llevan sus libros en el macuto".

Y es aquí cuando el político deslizó unas elocuentes declaraciones de Juan Ramón Jiménez, con quien coincide Guerra al señalar que Miguel Hernández fue el único poeta de su generación significado realmente con la República, el único que se alista en el frente: "Juan Ramón dice literalmente que los poetas republicanos eran señoritos disfrazados de guerrilleros que se paseaban por Madrid con escopetas de juguetes y monos azules bien planchados. Es incontestable", sentenció Guerra.

Junto al ex presidente, participaron en la jornada de clausura del ciclo poético el catedrático de Literatura Javier Pérez Bazo y el coordinador del Centro Andaluz de las Letras, Julio Neira.

El primero sucedió a Alfonso Guerra y se centró en destacar la precocidad de Hernández, "un poeta capaz de hacer una obra espléndida, perfecta, con sus bajos y sus altos, en menos de una década". A lo que Guerra apuntó que, de esos diez años, "pasa tres en el frente y otros tres en la cárcel, abandonado y enfermo; es un caso único, extraordinario".

A partir de ahí, se sucedió la lectura de poemas a cargo del actor Liberto Rabal, que fue encontrando el calor de un público que abarrotaba la carpa, y las anécdotas. Se recordó, en principio, la más conocida, cuando Miguel Hernández llega a Sevilla en busca de refugio, oliendo ya la muerte.

Lo acoge en el Alcázar el entonces alcaide, el poeta Romero Murube, que "lo tiene de jardinero ese tiempo", recuerda Alfonso Guerra. Y de ahí surge la leyenda de que, en esos días, incluso llega a coincidir en el palacio con Franco, que visita la ciudad y se hospeda en el Alcázar como residencia oficial.

"Es por todos estos avatares que la poesía de Hernández es menos perfecta que el que corrige y pule, pero tiene la emoción de la inmediatez, de la urgencia en la trinchera. Él no estaba con el pueblo, era pueblo", dijo emocionado Pérez Bazo.

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