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Cultura

Esto no es una crítica

Estrella Morente regresó este jueves a la Bienal y lo hizo para unir lo flamenco con lo sinfónico en colaboración con la Orquesta Sinfónica de Sevilla. La acompañó también el veterano guitarrista Pepe Habichuela.

el 26 sep 2014 / 00:03 h.

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La artista ha tenido una semana complicada, pero una profesional siempre da en el escenario lo que tiene. / José Luis Montero La artista ha tenido una semana complicada, pero una profesional siempre da en el escenario lo que tiene. / José Luis Montero La tarde era que ni pintada para aparcar el coche donde pudieras y dar un paseo hasta el Maestranza. Después de muchas vueltas y de ponerle dos velas al Gran Poder, encontré un aparcamiento cerca de Gelves. El paseo hasta el Maestranza fue un verdadero placer, viendo pájaros en los llanos de Tablada y respirando un aire de una pureza increíble. República Argentina arriba, con el sol ya tiñendo de oro viejo los tejados de Triana, atravesé el Puente de San Telmo y me paré a cantar una soleá que creé hace tiempo: Puentecito de San Telmo/ cuando oigas sus pisadas/ dile por Dios que la espero/ entre los rizos del agua. En prevención de lo que pudiera escuchar en el teatro, me emocioné conmigo mismo y no me partí la camisa de puro milagro. Ya en el teatro, en la puerta, con la carne todavía de gallina, dije, como para mí:«Juro por Dios que jamás volveré a pasar hambre». No como bien desde que empezó la Bienal, con eso de tener que salir de casa por la tarde y regresar a la hora del lechero. Estoy perdiendo tanto peso que este otoño no tendré que comprarme ropa, porque ya me caben los pantalones de cuando tenía veinte años. Ya no se llevan aquellos vaqueros manchados con lejía, pero tampoco el sueldo de un crítico de flamenco da para presumir. Estrella Morente, con Pepe Habichuela. / José Luis Montero Estrella Morente, con Pepe Habichuela. / José Luis Montero Actuaba en la Bienal Estrella Morente, pero con la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Su madre me vio y me dijo, sentado ya en el patio de butacas, que abriera bien las orejas. Estaba como enfadada, creo. Muy seria. Y yo pensando en que había dejado el coche cerca de Gelves y que tenía que pegarme otra caminata. Pero como ya estaba allí me dije, bueno, voy a ver qué escuchamos hoy en la Bietnam. Tenía las tripas llenas de cangrejos y la sangre envenenada. Y a eso que sale la hija mayor de Enrique Morente, con Pepe Habichuela a la guitarra. Qué guapo estaba Pepe con esa chaqueta roja sin mangas. Y qué bien toca la sonanta. Entonces, Estrella empezó a cantar cosas de Chacón. ¿Saben ustedes que Chacón fue zapatero?Y su padre también. Sí, eran los dos zapateros. Pero cuando Chacón empezó a ganar jurdó ya dejó de hacer zapatos, el pobre. Bueno, a lo que iba. Los cangrejos en mis tripas eran ya cocodrilos, y como Estrella estaba cantando, digamos..., de regular para atrás, aproveché el descanso y me salí del teatro. Esto no es para mí, me dije. Me refiero a lo sinfónico, claro. Además, pensé: ¡Imagínate que luego no le gusta a la madre lo que escribas! Total, que me entró el miedo escénico –más bien sinfónico– y cogí de nueva República Argentina abajo, con los pies como dos caballas puestas al sol. Me senté un ratito en el Parque de los Príncipes a reflexionar un poco sobre qué hacer con mi vida, si seguir en esto de criticar a los flamencos –esos genios incomprendidos–, o aceptar ese trabajo que al fin me han ofrecido, de guarda en un cortijo, con el que tanto había soñado desde niño. Porque, lo confieso ahora, lo de meterme a crítico flamenco fue porque trabajaba a pico y pala en una contrata de Sevillana. Y como empezó a darme la lata el lumbago, me dije, bueno, voy a ser crítico de flamenco para entrar de gorra en los teatros. Y, claro, le fui cogiendo el punto y llevo ya treinta años. Cuando llegué a Gelves allí estaba mi coche. Menos mal que algo me salió bien.

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