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Cultura

FLS, modelo para desarrollar

Balance positivo para la edición más pobre de los últimos años de la Feria del Libro de Sevilla.

el 01 jun 2014 / 21:37 h.

feria-libro-sevilla-2014La Feria del Libro de Sevilla 2014 cerró ayer sus puertas con un balance positivo, casi triunfalista, por parte de su organización: un 5 por ciento de aumento de las ventas –siempre según estimaciones generales, pues nunca se han llegado a sistematizar las cifras– y una asistencia óptima en general, permiten hablar un año más de examen superado. Según algunas opiniones, incluso con buena nota. La noticia resulta doblemente saludable en un momento de fuerte crisis del sector del libro, que durante años se creía invulnerable a las inclemencias de la economía. Ahora que libreros y editoriales saben que también para ellos se ha instalado la zozobra, ahora que el fantasma de la piratería sobrevuela sus cabezas día y noche, un evento como la Feria del Libro se convierte no solo en un apaño socorrido para corregir cuentas deficitarias, sino en la baza con la que muchos logran equilibrar sus balances anuales. Es decir, una cita para ser tomada muy en serio. Esta trascendencia, lamentamos decirlo, no ha quedado bien reflejada en la programación de la FLS 2014. Por el contrario, hemos asistido tal vez a la edición más pobre de los últimos diez años, lastrada por el agravamiento de factores que hemos señalado muchas veces en estas páginas. El principal de todos, la aparente renuncia al objetivo más ilusionante que el equipo directivo de la Asociación Feria del Libro se propuso hace tiempo, que era la progresiva internacionalización de la Feria. La FLS 2014 no solo ha carecido de esa ambición internacionalista, sino que ha sido la más provinciana de cuantas hemos vivido en una ciudad ya de por sí preocupantemente ombliguista. No es que lamentemos, por supuesto, que la Fundación Lara, con sede en Sevilla, cargue con el grueso del programa; ni que un empeño con más ganas que medios, como Ediciones en Huida, haya rellenado huecos importantes del mismo; ni que autores locales de reconocida valía, como Luis Manuel Ruiz, Javier Mije o Coradino Vega –por no mencionar al superventas Blue Jeans, al clásico Antonio Rodríguez Almodóvar o al debutante sorpresa Juanele Zafra– hayan sido con todo merecimiento algunas de las firmas estrella. Lo inquietante es que, sin necesidad de hacer mucha memoria, el modelo al que se encaminaba la feria iba por muy otros derroteros. Un modelo llamado a potenciar –cómo no– el talento autóctono, pero también a atraer a la industria del libro del resto de España y hasta del extranjero. Y de ese aspecto llevamos mucho tiempo sin noticias. Dicho con otras palabras: el modelo existe, se describió perfectamente en el último cambio de dirección de la Asociación Feria del Libro, pero no ha sido desarrollado. Y un modelo que no se desarrolla, tiende a contraerse, a desnaturalizarse a marchas forzadas. Paradójicamente, mientras otras ferias de Andalucía mucho más modestas, como la de Cádiz o la de Málaga, se apuntan al carro y tratan de adoptar mal que bien el esquema de Sevilla, la feria hispalense se duerme en sus laureles. También resulta casi un lugar común hablar en estos análisis del hecho de que la FLS sea una feria sobre todo de libreros, y no tanto de editores. Vieja cuestión que, año tras año, va restando interés a la cita, pues la oferta que se brinda al lector visitante es, por decirlo de un modo suave, manifiestamente mejorable. Esto, sumado a la languidez general del programa, que entre semana ha llegado a ser casi inexistente, hace que los medios de comunicación presten menos interés al evento, hasta el punto de que oigamos hablar en un informativo de la televisión pública andaluza de la Feria del Libro de Madrid y no de la de Sevilla. ¿Qué se puede hacer en este sentido? Para empezar, dejar de ver a los editores como una amenaza para los libreros, y sí como una posibilidad de ensanchar el horizonte de la feria y de ampliar la oferta, tal vez mediante un sistema análogo al que viene ofreciendo Anaya en Sevilla: la caseta expositora, que no vende pero surte a las demás. Lo seguro es que la Feria del Libro tiene que ser objeto de deseo de todos, propios y extraños. Una cita a la que no se puede faltar. Y de la que no se debe querer salir, una vez que se ha probado. Lo que bajo ningún concepto pueden olvidar los organizadores y los participantes de la Feria del Libro de Sevilla es que el principal protagonista de la convocatoria, aquel al que todos se deben, es el lector. Él es al que hay que seducir, atraer y convencer. Y para ello no basta con haber dado con un entorno ideal –no parece que la FLS vaya a moverse de la Plaza Nueva al menos en los próximos cien años–, sino que hay que darle lo mejor. Lo mejor para los lectores del futuro, esos niños que todavía no rechazan del todo los encantos de la letra impresa, y siguen dejando volar la imaginación pasando páginas de papel; lo mejor para los lectores ociosos, para los curiosos y para los despistados, para los cazadores de firmas, también para los exigentes. Darles variedad, calidad, incentivos, alicientes. ¿Se ha cumplido esta máxima en la edición recién terminada? Más bien no. Y no hay nada peor que un visitante que acuda a la feria con veinte euros en el bolsillo y se marche con el dinero intacto, porque no ha encontrado un título que lo anime a gastar. Pero sobre todo tenemos que volver a referirnos a la indolencia suprema con que las grandes fuerzas económicas de la ciudad siguen acogiendo la Feria. O la organización no ha llamado a suficientes puertas, o no lo ha hecho con suficiente fuerza, o el capital se ha mostrado sordo a estos requerimientos, pero lo cierto es que a este paso la FLS acabará siendo sostenida por el puro voluntarismo de los amantes de la cultura, sin apuestas fuertes y decididas. Es decir, se verá abocada a ser cada vez más local, menos llamativa, más tediosa, no porque su modelo no funcione, hay que insistir en ello, sino porque lleva años sin ponerse en práctica de veras, sin recibir impulso. Aquí no hablamos solo de la vertiente comercial de la FLS, sino de su dimensión como escaparate de la vida cultural de una ciudad, de su condición de termómetro de vitalidad y pujanza. Sevilla ha presumido de tener solo por delante, en este aspecto, a Madrid y Barcelona. Debería seguir haciéndolo. Sin dejar de reconocer el notable esfuerzo de todos los que la han hecho posible, que son muchos, la Feria del Libro de Sevilla 2014 ha salvado los muebles gracias a la óptima inercia de las ediciones pasadas, así como a unas temperaturas benignas, como ocurrió el año pasado. Pero tenemos razones para sospechar que una ola de calor como la de dos años atrás habría supuesto un desastre. Con vistas a la edición del próximo año, solo hay dos posibilidades: o empezar a trabajar desde mañana mismo en ese deseable desarrollo, o confiar en que en 2015 el verano vuelva a demorarse y las finanzas de los visitantes se hayan repuesto un poco. Por si acaso, yo apostaría por la primera opción. Entre los coletazos de la crisis y el calentamiento global, es mejor confiar en aquello que todavía esté en nuestras manos.

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