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Francisco: "El chismorreo en las parroquias no es cristiano"

Clara y directa. Así fue la catequesis que el Papa Francisco realizó ayer ante miles de fieles en la Plaza de San Pedro, instándole a unirse.

el 27 ago 2014 / 23:47 h.

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EL MATE, LA BEBIDA PREFERIDA DEL PONTÍFICEPor María José Atienza En una intervención centrada en el tema de la unidad de la Iglesia, el pontífice destacó el mal que hacen a la Iglesia las habladurías y chismorreos en las parroquias. Todo ello, destacó el Papa, «¡no es la Iglesia! Esto no se debe hacer, ¡no debemos hacerlo! No les digo que se corten la lengua, no, no, no, tanto no, pero pedir al Señor la gracia de no hacerlo». En esta catequesis el Papa recordó que «cada vez que renovamos nuestra profesión de fe recitando el Credo, afirmamos que la Iglesia es una y santa». Es una, porque tiene su origen en Dios Trinidad, misterio de unidad y de comunión plena. Y la Iglesia es santa, porque está fundada en Jesucristo, animada por su Santo Espíritu, colmada por su amor y por su salvación. Al mismo tiempo, sin embargo, es santa pero compuesta por pecadores, todos nosotros. Pecadores que experimentamos cada día las propias fragilidades y las propias miserias». Más allá de un conformismo ante nuestras faltas, Francisco animó a «tener el valor de vivir cotidianamente la unidad y santidad; y si nosotros no estamos unidos, si no somos santos, es porque no somos fieles a Jesús». Una vez más el Papa recordó que «Jesús, no nos deja solos, no abandona a su Iglesia. Él camina con nosotros, Él nos comprende. Comprende nuestras debilidades, nuestros pecados, ¡nos perdona! Siempre que nosotros nos dejemos perdonar, ¿no? Pero Él está siempre con nosotros ayudándonos a ser menos pecadores, más santos, más unidos». El acompañamiento de Cristo a cada uno de nosotros es una certeza que Francisco ha repetido numerosas veces desde su elección como Papa y que muestra una de sus líneas argumentales de pontificado. El Papa destacó que la unidad de la Iglesia fue una petición expresa de Jesucristo en la «última cena, Jesús pidió tanto: «Padre que sean uno». Rezó por la unidad. Y justo en la inminencia de la Pasión, cuando estaba a punto de ofrecer toda su vida por nosotros (…), oró justamente para que podamos ser una cosa sola con Él y entre nosotros. Es decir: con estas palabras, Jesús se hizo nuestro intercesor ante el Padre, para que también nosotros podamos entrar en la plena comunión de amor con Él; al mismo tiempo, nos confía este deseo como su testamento espiritual, para que la unidad pueda volverse siempre más la nota distintiva de nuestras comunidades cristianas». CORAZÓN Y ALMA. Recordando el ejemplo de los primeros cristianos, que tenían «un solo corazón y una sola alma», Francisco resaltó que la división en la Iglesia es palpable muchas veces, no sólo en los cismas sino dentro de las propias parroquias: «La experiencia, sin embargo, nos dice que son tantos los pecados contra la unidad. Y no pensamos solamente en los cismas, pensamos en faltas muy comunes en nuestras comunidades, en pecados parroquiales, en los pecados en las parroquias. A veces, de hecho, nuestras parroquias, llamadas a ser lugares de comunión y donde compartir, son tristemente marcadas por la envidia, los celos, las antipatías... Y las habladurías están a la mano de todos, ¿eh? ¡Cuánto se habla en las parroquias! ¿Es bueno esto o no es bueno? ¿Es bueno...? Y si uno es elegido presidente de tal asociación, se habla contra de él… Y si tal otra es elegida presidenta de la catequesis, las demás hablan en contra de ella… Pero esto ¡no es la Iglesia! Esto no se debe hacer, ¡no debemos hacerlo! No les digo que se corten la lengua, no, no, no, tanto no, pero pedir al Señor la gracia de no hacerlo. Esto es humano, ¡pero no es cristiano! Esto sucede cuando apuntamos a los primeros puestos; cuando nos ponemos en el centro, con nuestras ambiciones personales y nuestras formas de ver las cosas, y juzgamos a los demás; cuando nos fijamos en los defectos de los hermanos, en lugar de ver sus cualidades; cuando damos más importancia a lo que nos divide en lugar de aquello que nos une...». DIVISIÓN. Esta idea fue subrayada por el pontífice más de una vez a lo largo de su intervención, ya fuese con ejemplos históricos como la guerra de los Treinta Años o con modelos más cercanos. La división sin embargo no puede llevaros a una falsa desesperanza. Así lo señaló el Papa, que recordó que ante esta realidad «tenemos que pedir por la unidad de todos los cristianos, ir por el camino de la unidad que es lo que Jesús quiere y por lo que ha rezado». Unas palabras que recordaban a la última homilía pronunciada por el pontífice en Corea, en la que pidió por la unidad de las naciones del norte y del sur de la península coreana. examen de conciencia. Por último, Francisco pidió a los presentes hacer «seriamente un examen de conciencia. En una comunidad cristiana, la división es uno de los pecados más graves, porque la hace signo no de la obra de Dios, sino de la obra del diablo, el cual es, por definición, aquel que separa, que arruina las relaciones, que insinúa prejuicios… La división en una comunidad cristiana –sea una escuela, sea una parroquia, una asociación, donde sea– es un pecado gravísimo, porque es obra del diablo. Dios, en cambio, quiere que crezcamos en la capacidad de acogernos, de perdonarnos y de bien querernos, para parecernos cada vez más a Él, que es comunión y amor. En esto está la santidad de la Iglesia: en el reconocerse imagen de Dios, colmada de Su misericordia y de Su gracia. (…). Pedimos sinceramente perdón por todas las veces que hemos sido motivo de división o de incomprensión al interno de nuestras comunidades, sabiendo bien que no se llega a la comunión, sino es a través de la continua conversión. ¿Y qué es la conversión?: «Señor, dame la gracia de no hablar mal, de no criticar, de no chismorrear, de querer bien a todos». ¡Es una gracia que el Señor nos da! Esto es convertir el corazón». El Papa continúa con estas catequesis sobre la Iglesia que comenzó a inicio de verano. Tras su estancia el Corea, la capital albanesa, Tirana, es el próximo destino internacional de Francisco, el 21 de septiembre.

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