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Mercasevilla aguanta la crisis

Gargantas que cantan la mercancía -sardinas, plátanos, acelgas-, rostros de esfuerzo -la carga, la descarga-, camiones atestados -camino de Sevilla, de Cádiz, de Almería-. La crisis hace poca mella en Mercasevilla: no bajan los empleos, ni los alimentos, ni los tráilers. Eso sí, los precios han subido un 9% y al comerciante le cuesta más abrir la cartera. Foto: J.C.

el 15 sep 2009 / 17:16 h.

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Gargantas que cantan la mercancía -sardinas, plátanos, acelgas-, rostros de esfuerzo -la carga, la descarga-, camiones atestados -camino de Sevilla, de Cádiz, de Almería-. La crisis hace poca mella en Mercasevilla: no bajan los empleos, ni los alimentos, ni los tráilers. Eso sí, los precios han subido un 9% y al comerciante le cuesta más abrir la cartera. Por ahora soporta bien el envite.

Ante los ojos soñolientos del visitante de estreno, Mercasevilla es un tornado de colores, de olores, de gritos. El gran mercado del que se nutre Sevilla y gran parte de Andalucía Occidental es un trasiego en el que se mezclan acentos, matrículas, euros. La crisis internacional, por ahora, sólo se aprecia en que los precios están al alza: si en los supermercados las subidas oscilan entre un 12 y un 13% en la capital, en el gran mercado de mercados rondan el 9%, una cifra "alta", como reconocen los corrillos de compradores de verdura, pero "soportable por el momento".

Si se aguanta, reconocen, es porque al consumidor aún se le exige más desembolso, y se compensa en parte la pérdida. El problema, reconocen, será "mantenerse" si la recesión sigue a este ritmo en los próximos 18 meses, el que fija como "horizonte mínimo" el vicepresidente del Gobierno, Pedro Solbes. "Como sea así... chungo", resume gráficamente José Luis Bernal, 54 años, conductor de camión y vendedor de fruta en Rochelambert.

Los empleos no se están resintiendo hasta ahora, los inmigrantes siguen copando buena parte de los puestos más rudos (cargadores, transportadores) y sigue habiendo quien paga "lo que sea" por productos delicatessen. Así se puede mantener "sana" la estructura de Mercasevilla, una mole en la que trabajan 5.000 personas y que factura cada año 530 millones de euros, que da salida prácticamente al 100% de su mercancía (394 toneladas de productos) y que tiene por principal reto el traslado a Majarabique en un plazo de entre cuatro y cinco años, con lo que se duplicará la superficie hasta las 72 hectáreas.

Con esos datos, la palabra crisis no entraba en el vocabulario de Antonio Rodrigo Torrijos (IU), primer teniente de alcalde, ni de Fernando Mellet, director general del recinto, que hicieron de cicerones a los periodistas invitados al Merca. Una visita que empezó pronto, a las 5.30 horas, y empezó con frío.

Es como Wall Street en hora punta, pero no se venden acciones, sino pescado. La lonja de Mercasevilla roza la histeria mientras los pescaderos se desgañitan. Hay hasta tiburones. Lo que no hay son mujeres, más que un par que se afanan en apilar cajas. La mar y sus circunstancias, que no ha dejado de ser oficio de hombres.

En esta sala clara, en la que la luz reflecta hasta hacer daño, se venden al día 200.000 kilos de pescado. Las cajas heladas empiezan a entrar a las cuatro; se descargan, se clasifican por especies, se colocan. Después se factura y se cobra lo del día anterior, en unas casetas en las que se cuadran las cajas -aunque parezca que vendan cupones-. En medio de esta cadena está el triunfador, el que se lleva la mejor partida, el que logra para su tienda o su restaurante el pescado más fresco. Trozos de cartón pintarrajeados dan fe de quién es el dueño aquí: los boquerones, de Vallejo; los salmonetes, de Chaketa; las acedías, del Cateto.

Cuando rozan las seis, los 101 trabajadores de la lonja se van acercando, por turnos, al bar. Café con leche en vaso, "ardiendo para arrancar el frío malo", dice Juan Luis Sánchez. Los días malos de trabajo -los buenos de caja- son el martes y el viernes, y entonces ni para el café hay tiempo. Los portes para Sevilla, Huelva, Cádiz, Almería y el sur de Portugal no pueden esperar. A las seis y cuarto apenas queda ya plata entre los corchos blancos. Aquí está todo el pescado vendido.

En la nave de Evaristo Ramos, la que más fruta mueve en Mercasevilla, se mezclan las modas. La temporada de verano aún no cede el protagonismo a la de otoño, así que las sandías y los melones pugnan por quitar espacio a las granadas y los caquis. A pocos metros ya hay un cargamento de piñas que anuncian que la Navidad llega en un suspiro. Cada tres días se vende toda la mercancía, de 300.000 a 400.000 kilos, explica Antonio Ruiz, uno de los empleados. Se facturan hasta 10 millones de euros. En la nave se aprende geografía: hay material de Uruguay, Argentina, Brasil... Ni las naranjas son de Valencia, que vienen muy ácidas y hay que esperar a que maduren.

En la vecina nave de Dole, los plátanos se tratan con agua, calor y acetileno "para que se desverdicen y maduren", un proceso de hasta cuatro días sin el que no veríamos esas bananas amarillas del supermercado. "La gente se piensa que los plátanos vienen maduritos y con pintitas, pero no; cuanto más verdes, mejor conservados y más caros", aclara José Carbonell. 12 cámaras frigoríficas trabajan a pleno rendimiento. Marcus Thiell, de la firma catalana Nufri, expone su carga mientras sonríe, lánguido, al explicar su horario. "Aquí somos como los búhos".

El mercado tradicional guarda la esencia de siempre, pese a su mastodóntico tamaño. Da igual que haya dos naves, 80 puestos, 8.000 metros cuadrados, 20 trabajadores por puesto. Allí se venden tomates, espinacas y uvas con el mandil de rayas y las manos aún llenas de tierra. El color llama en cada esquina. Salvador Perales explica que para que todo esté puesto como en un escaparate hay que trabajar desde las nueve de la noche hasta las 11 de la mañana, cuando llegan los últimos rezagados.

Con mimo se colocan los cerca de 80 productos que vende cada comerciante, "que lo mismo te vienen de Suráfrica que de La Rinconada". Su padre fundó el negocio en el año 48 y él lleva desde los 14 pregonando mercancía. Dice que la base es la misma, que ahora se pulsean menos cajas porque todo está mecanizado, pero la clave es la misma: "buenos productos y claridad con el cliente".

Al fondo, en la cafetería, Sebastián López constata que Mercasevilla es hoy un referente. Lleva casi 20 años en el negocio y dice que, "por experiencia", sabe que la cosa está mejor que en Mercamadrid o Mercabarna. "Pero aquí ya no entramos. Hace falta el traslado, pero que ya", añade quitándose una ramita de perejil del jersey. Lo dice en la puerta de la nave. "Qué frío, madre. Con lo calentito que se está entre calabacines".

No son ni las nueve y en Mercasevilla se ha acabado lo mejor. Felipe y Damián fuman en las casetas de entrada para decirse hasta mañana. Cuando Sevilla se levanta, ellos se acuestan. Así un día, y otro. Dicen que uno se acostumbra, aunque es triste ver las calles sucias tras el trajín. Dicen que compensa saber que con su trabajo hay carne y fruta y pescado en la nevera. Mañana volverán a la cadena invisible y necesaria. Al mercado. A vender y comprar. La rutina imprescindible de un gigante.

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