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Objetivo: una vida autónoma

La asociación Paz y Bien apuesta por viviendas tuteladas para que personas con discapacidad intelectual no pasen toda su vida en residencias sino que logren la mayor independencia.

el 03 dic 2014 / 11:01 h.

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Sevilla 3011 2014: Asociacion Paz y bien.Foto: J.M.Paisano De las seis viviendas tuteladas con las que cuenta Paz y Bien, esta es la de mayor nivel de autonomía ya que asumen la gestión de la economía doméstica y no tienen monitores salvo unas horas al día. / J. M. Paisano En casa de Yolanda, Marcos, Jesús, Tere e Inma están de celebración. Y aunque ayer se conmemoraba el Día Internacional de las personas con discapacidad, y todos ellos lo son, el motivo no era ese sino el cumpleaños de Tere (29). Los cinco comparten una de las seis viviendas tuteladas que la Fundación Paz y Bien tiene para preparar a personas con discapacidad intelectual a llevar una vida autónoma, como la que desde hoy emprende Chari, que tras seis años en este piso se va a vivir con su novio. «Es un recurso muy poco conocido y por el que las propias asociaciones tampoco apuestan pero Paz y Bien tiene muy claro que nuestro trabajo es proporcionarles los apoyos que ellos vayan necesitando. Esto es la vida. Si queremos normalidad no te voy a hacer la comida toda la vida, te voy a enseñar a que la hagas. Y en los centros no solo se puede enseñar a hacer manualidades sino a renovar el DNI o la demanda de empleo, manejar el dinero de los gastos domésticos o la tarjeta», explica Marco Parrado, coordinador de los servicios residenciales de la fundación. Los ejemplos expuestos por Parrado no son baladí. Inma tiene 51 años. Entró con 25 en la residencia de adultos de la fundación. «Yo no sabía freír un huevo. Mi madre luchó mucho conmigo pero en ningún momento me podía dejar sola porque me daban ataques epilépticos –con una paulatina retirada de la medicación lleva 21 años sin sufrir uno– y cuando iba a casa de mi hermana yo no podía cocinar o poner el lavavajillas y ahora lo hago», explica. Como el resto, antes de llegar a esta vivienda tutelada, que es de la de mayor grado de autonomía, ya que manejan su propio presupuesto y no cuentan con la presencia de monitores las 24 horas, Inma pasó por recursos intermedios para preparar el tránsito desde la vida en una residencia a un piso compartido, primero casas de campo o apartamentos vinculados a las residencias aunque donde ya se encargan ellos de hacerse de comer y la limpieza y luego pisos tutelados como éste pero donde siempre hay un monitor con ellos (en este solo acude tres horas cada tarde) y les suministran desde la fundación la compra (ahora ellos van al supermercado y gestionan su presupuesto). Inma lleva cuatro años en este piso mientras que Yolanda, de 38 años, es la última en incorporarse hace apenas un mes. Viene de otro de los pisos tutelados de Paz y Bien pero con esa menor autonomía. La principal diferencia que ella encuentra es el aprender a manejar el dinero porque por turnos se encargan de la compra. Igual que en cualquier servicio residencial el usuario aporta parte de su pensión por discapacidad para sufragarlo, en este piso tutelado ?(ubicado en un bloque de vecinos y sin ninguna identificación) esa parte va mensualmente a una cuenta común que ellos manejan para la compra, los recibos y demás gastos domésticos. Yolanda, como el resto de sus compañeros de piso salvo Inma y muchos de los usuarios de los servicios residenciales de Paz y Bien proceden, explica Parrado, del sistema de protección de menores. En este caso son personas con discapacidad intelectual que han pasado su infancia institucionalizados bajo la tutela de la Junta y al cumplir los 18 años suelen pasar a residencias de adultos. De ahí el vértigo que supone para ellos el paso a una vida independiente. «Al principio tenía mucho miedo de trabajar en la calle, hacer documentos, y me quitaron el miedo, me dejaron equivocarme para aprender» relata Jesús, de 30 años, que tras seis meses en la residencia de adultos pasó a los pisos tutelados con menor autonomía hasta recalar en este hace dos años. La integración en este tipo de programas dirigidos a una vida cada vez más autónoma es voluntaria y todos lo contemplan como una meta. Si están dando estos pasos intermedios es para lograr llegar a la fase que hoy emprende Chari al irse a vivir con su pareja. «Le dije a mi novio que quería por su cumpleaños, me dijo que a mí», explica. Y tras hablarlo con la monitora del piso tutelado y otros responsables de Paz y Bien, la animaron. Parrado defiende que «cualquier persona con discapacidad intelectual, incluso los gravemente afectados, puede vivir en una unidad más pequeña que una residencia siempre que tengan apoyo», pero reconoce que «se tienen que dar las condiciones» que pasan, como las de cualquier joven que quiera independizarse, por tener ingresos para sostenerlo. «En el caso de Chari se va a un piso de su novio, otra chica que se fue hace un mes con una compañera le adjudicaron una VPO», relata. Aunque todos los residentes del piso tutelado han trabajado para empresas privadas, la mayoría en el sector comercio como reponedores o dependientes, actualmente están empleados en los centros ocupacionales de Paz y Bien. Jesús e Inma son limpiadores de las residencias de adultos que durante años fue su hogar –aunque a Jesús le gusta la atención al público–, Manuel es cocinero allí o Tere trabaja en la sede central de la fundación (a diferencia del resto, a los que recoge un bus de la asociación, ella acude en transporte público). Su día a día es un paso más en el camino a la vida autónoma.

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