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Políticas de Recursos 'Rumanos'

Cuadratura del círculo para las empresas: cero coste del despido porque la rebaja de sueldos  paga la indemnización.

el 21 feb 2012 / 12:54 h.

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Echemos la vista atrás. Sevilla, 13 de marzo de 2009, sede de la patronal andaluza CEA. Periodistas económicos escandalizados. Empresarios, en cambio, con sonrisa de oreja a oreja. El Nobel de Economía Paul Krugman acaba de afirmar que, en ausencia de una devaluación de la moneda, imposible de ejecutar porque tiene euros y no pesetas, España necesita una rebaja salarial generalizada para ganar competitividad y contribuir así a una recuperación que, sentencia, tardará en llegar y será dolorosa. Dice que no menos de cinco o siete años. Siendo optimistas nos encajamos como muy temprano en 2014. Si nos decantamos por el negro, habremos de esperar hasta 2016.

Volvamos al presente. El Gobierno de Mariano Rajoy coge al pie de la letra las enseñanzas de Krugman. En la reforma laboral, faculta a las empresas para bajar los sueldos a sus plantillas siempre que contabilicen tres trimestres consecutivos de caída de ventas -ni siquiera pérdidas-. La inmensa mayoría puede agarrarse a tal excusa tanto para acometer despidos objetivos y baratitos como para recortar su masa salarial, dado que son contadas las compañías que, hoy por hoy, pueden presumir en nuestro país de que esta larguísima crisis ni siquiera ha mermado su volumen de facturación. He aquí, pues, la devaluación que vaticinaba y aconsejaba el Nobel.

Puede ocurrir, incluso, que a la empresa no le cueste nada echar a la calle al trabajador. En efecto, las indemnizaciones podrían compensarse con los ahorros cosechados por el tijeretazo a los sueldos del resto de los empleados. Para que se entienda: la plantilla que se queda paga los despidos de la plantilla que se va. Esto resulta cuanto menos moralmente reprochable. Se trata, no obstante, de la cuadratura del círculo en los ajustes laborales, la satisfacción máxima para los jefes de Recursos Humanos, o más bien de Recursos Rumanos, como un día los llamó mi antiguo compañero periodista Francisco Correal, en tiempos en los que ciudadanos de Rumanía deambulaban masivamente por nuestras calles. De él tomo prestada la expresión para titular esta entrada de La Siega porque no puede ser más acertada. Salvo rara avis, la dedicación principal de los profesionales que en España lidian con los asalariados consiste en contratar y despedir, dejando al margen la formación, pieza clave para incrementar la productividad.

De esta dejadez hacia la capacitación del trabajador se sorprenden hasta los extranjeros. Profesor nativo de inglés que lleva dos décadas en Andalucía: "Las empresas desconocen dónde acudir para obtener fondos de formación y los empleados desconocen que parte de su nómina se destina a estos fondos; y al final, ni aquéllas ni éstos los aprovechan". Sí, hombre, las compañías lo saben perfectamente, pero prefieren ignorarlos porque aún conciben la formación como un doble gasto, de tiempo y de dinero, y no como una inversión que reportará su beneficio a medio y largo plazo. Después, claro está, se apela interesadamente al recurso facilísimo de que hay que ser más productivos y, cómo no, se recurre a los despidos, a los sueldos y a la denuncia permanente del absentismo excesivo.

Nosotros, los trabajadores, debemos hacer autocrítica y atajar el escaqueo laboral injustificado en una sociedad, la española, en la que admiramos -y envidiamos- la habilidad que tienen algunos para escabullirse de su puesto. En una falsa creencia del compañerismo, hoy por ti, mañana por mí, soportamos incluso que nos toquen las narices cuando recae sobre nuestras espaldas las labores que correspondían a otros. En ciertas empresas públicas, la desfachatez es tal que se incluyen en los convenios colectivos incentivos adicionales por asistencia al trabajo. ¡Premiar por ir a trabajar cuando es tu obligación! Qué incongruencia. En estos casos extremos, yo, siendo obrero como soy, hubiera mandado a la calle, y sin miramientos, a los caraduras. ¡Y ojo! Estoy hablando única y exclusivamente de las faltas injustificadas, aunque con la reforma laboral aprobada pagarán justos por pecadores, dado que ponerse enfermo con asiduidad, como si uno fuera completamente dueño de su salud, podría ser causa de despido objetivo.

Hecha esta autocrítica, empresas y Gobierno son injustos al pretender que, con la reforma laboral, sean los trabajadores los que carguen solos con la responsabilidad de mejorar la productividad de la economía. Que no escurran el bulto porque también tienen una parte de la culpa. Los pecados de las primeras están ya dichos. El principal del Ejecutivo consiste en buscar la competitividad en los contratos y despidos (el factor humano) mientras recorta en otras claves para incrementarla, entre ellas la investigación y la tecnología, y en políticas de impulso al crecimiento económico. Y serán los empleados los que, además de la devaluación salarial, soportarán el paro añadido que acarreará esta austeridad estatal mal entendida. Krugman dixit.

 

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