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Cofradías

Retablos de ladrillo visto

A pesar de la frialdad de algunos templos, la conexión de imágenes y devotos se intensifica en estos días gracias a las ‘artes decorativas’ cofradieras

el 26 feb 2015 / 12:00 h.

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Culto cuaresmal en el interior de la parroquia de San Diego de Alcalá, el hogar de la hermandad del Sol. / R.A. Culto cuaresmal en el interior de la parroquia de San Diego de Alcalá, el hogar de la hermandad del Sol. / R.A. Es fácil sentir que ya estamos bien metidos en Cuaresma cuando paseamos una tarde de entre semana por, pongamos por caso, la calle Gerona. Por ella, donde no hay ningún templo, suben y bajan los que van de oca en oca desde los Terceros a San Juan de la Palma, teniendo a un paso la iglesia de la Paz, San Pedro e incluso Santa Catalina, que aunque esté en la UCI, siempre se lleva una mirada cariñosa del caminante, acoplada a algún recuerdo de otro año en la que también era visita obligada en estos paseos. Otra zona caliente es la aledaña a la plaza del Museo, un área algo más grande pero en la que domina el recogimiento de sus puntos neurálgicos, empezando por la propia capilla donde reina el Cristo de la Expiración. Es una zona tan cuaresmera, que incluso podemos encontrar un buen número de tabernáculos de tertulia y copa de balón. Más no se puede pedir. Pero en otros lugares hace más frío. Es sólo cuestión de salir de la almendra urbana del Centro. Y mientras más lejos se va, más frío parece hacer. El panorama cambia por completo. Ya no se ve caserío del siglo XVIII y XIX, sino predios más o menos costeados; ni magníficos templos del XVI rematados en el Barroco, sino iglesias de factura racionalista. No hay calles estrechas con farolas fernandinas, sino avenidas con luminarias funcionales, en las que las volutas han mutado en línea recta. Preparación del altar de Jesús Cautivo y Rescatado en la parroquia de San Ignacio de Loyola. / R.A. Preparación del altar de Jesús Cautivo y Rescatado en la parroquia de San Ignacio de Loyola. / R.A. ¿Cómo se puede sentir el calor de la Cuaresma en la explanada fría de la parroquia de San Ignacio de Loyola, más allá del indio de Kansas City? ¿Y dónde acudir a una tertulia cofradiera en las cercanías de la plaza del Aljarafe, en la que resuena el bullicio del tránsito rodado de Martínez Barrio y Ramón y Cajal? En esta página dedicada a la estética de nuestro mundo morado, tenemos la osadía de acometer un tema delicado, al igual que hacen cada años esos nuevos cofrades que un día fueron merecedores del favor de Palacio. Templos de formas rectas, ladrillo visto, vidrieras informes, campanarios con nervaduras de acero corten (corrugado, incluso). Bóvedas altas e irregulares, con ausencia casi total de decoración o mensaje, que, si bien cumplen a la perfección sus funciones de sostenibilidad e incluso servicio a la acústica, son difíciles de mirar. Esta arquitectura, de una genética lógica en la última mitad del siglo pasado, se lleva a matar con lo barroco, ese cromosoma dominante que tenemos todos los sevillanos y que es santo y seña de nuestra Semana Santa. Cristos de reciente factura encargados según los cánones de Montañés, pero que tienen que pasar los días rodeados de ángulos rectos y una paleta de colores antártica. Por un lado, no te puedes presentar en la Campana con una talla expresionista, eso está claro. Pero hay que hacerle su estancia en el templo lo más acogedora posible y, en estas fechas, hay que ponerle en comunicación con los fieles, se hayan criado en la Alfalfa o en el Polígono San Pablo. Entran en juego entonces las artes escenográficas de hermanos que, no lo olvidemos, no viven de eso precisamente. Revisten sus gélidas parroquias o capillas con telas nobles y molduras barrocas y otros adornos grutescos (que no grotescos), que recuerdan que el sevillano, además de ser cariñoso con sus devociones, tiene una tremenda querencia al horror vacui. Probablemente estos usos no están en los manuales de los arquitectos actuales (si trabajan en Sevilla, tal vez deben revisar sus premisas), pero el efecto final es lo que cuenta. Y no el efecto estético, no. Hablamos de la respuesta de los hermanos de cada cofradía residente en la periferia, de otros devotos incluso. En esta aún fría Cuaresma, allí (aquí), lejos, el calor interior sigue mandando. Sevilla y su ADN barroco pervive, para bien o para mal, más allá del dibujo lineal racionalista.

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