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Un imaginero en el parque

La Glorieta de Benito Más y Prats presenta una de las dos únicas obras profanas de Antonio Castillo Lastrucci que se pueden ver paseando por Sevilla, y es un excelente punto de partida para recorrer las plazoletas de este jardín centenario.

el 12 may 2014 / 00:21 h.

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15732638 Así lucía en la tarde de ayer la Glorieta de Mas y Prats con el busto obra de Castillo Lastrucci, a un costado del Parque de María Luisa. / Fotos: Carlos Hernández

Quienes pasean por el parque en busca de los lotos, las ranas y los leones, esos pasan de largo y no lo ven. Su silencio y su soledad, tan discretos, tan comedidos, qué poco parecido tienen con los silencios a gritos de las exuberantes pérgolas repletas de romanticismo y de buganvillas, o con el silencio sagrado que suena a bronce y a tórtolas en esa capilla al aire libre que es el monumento a Bécquer. Y sin embargo, qué tesoro tan grande el de esta glorieta sencilla y olvidada junto a la reja de las Delicias. Antes del gran recorrido mágico por el Parque de María Luisa, que será la semana que viene, hacía falta un preludio que invitara a pensar en la riqueza de las glorietas de este recinto único y en la necesidad de conocerlas, quererlas y cuidarlas. Y ese prólogo lo pone hoy la dedicada a Benito Mas y Prats, donde se encuentra una de las dos obras profanas que luce Sevilla de su imaginero amado, Antonio Castillo Lastrucci.

La ruta extravagante se detiene hoy, pues, ante este pequeño hemiciclo, la glorieta que acaba de cumplir este mes noventa años, y lo hace en compañía de la cicerone oficial de estas páginas, Inmaculada Díez, guía del Alcázar y gran conocedora de los rincones secretos de la ciudad, y de nada menos que el bisnieto de aquel gran artista, escultor también como él, Jesús Méndez Lastrucci, quien también se ha apuntado al recorrido especial del próximo lunes. Imaginero y poeta, no hay más que escucharlo. 15732637«Es acercarme a la Glorieta del literato ecijano Benito Mas y Prats y ya de lejos me parece escuchar el sonido del viento, que por muy fugaz que este sea, se me antoja que en este, mirando a la vegetación mecerse movida por la brisita tostada de mayo». Jesús se asoma discretamente para no perturbar esa calma «de los acantos, las sóforas, de los durillos en flor, de las venenosas adelfas –que no hay peor veneno que el del olvido–. Hasta del lejano Japón vienen a dar sombra los setos de bonetero, el ciruelo japonés y el membrillo». Y le gusta lo que él llama «el color dulce» de este rinconcito dedicado al periodista, poeta, escritor costumbrista y autor teatral. Un color que él compara con los sones de la marcha que compusiera en 1925 Manuel López Farfán, El Dulce Nombre, «pues un solo año antes, el 2 de mayo de 1924, fue inaugurada esta singular glorieta, que fue proyectada por Aníbal González, tras la iniciativa del profesor Enrique Real Magdaleno y que fue costeada mediante suscripción popular». Su forma de semicírculo le confiere la misma impronta que Aníbal González le dio a la Plaza de España. «Con buen criterio, se aúnan el ladrillo y la cerámica», dice Méndez Lastrucci, y habla de las pinturas de Orce y de García Ramos, de lo bien que le viene el hierro forjado para el respaldo de sus bancos, «que aparecen rematados con pináculos ensoñadores de la lectura en una de sus caras, con sus anaqueles para libros. También hubo jarrones cerámicos que no corrieron la misma suerte». El artista se detiene ante la hornacina central, y posa la mirada en la pieza blanca que lo preside. Una obra «debida a la destreza de unas manos conocedoras del manejo de la talla en mármol, las del escultor Paco Madrid, que trabajó durante largos años en el taller de Castillo Lastrucci. El cual, guiado por el modelo de barro creado por su maestro Castillo, lo fue desojando y liberando a base de las lascas» y Castillo lo remató y lo pulió. La otra obra profana de Castillo Lastrucci visible para el paseante, como explica su descenciente, es la de Pedro Rodríguez de la Borbolla, antiguo alcalde de Sevilla, en el primer patio del colegio frente a El Corte Inglés de Nervión, en la calle Luis Montoto. Pero solo la del parque tiene esa orfandad digna y silenciosa y ese aura de olvido. A partir de este lugar, la ruta de las glorietas del Parque de María Luisa sigue un puñado de caminos diversos: la bellísima y sencilla de Concha Piquer, la espectacular de Cervantes con su cómic cerámico del Quijote, la de José María Izquierdo, la de Rafael de León. Úsese por toda brújula un cartucho de altramuces y por todo equipaje la compañía de alguien que merezca ser recordado. Porque este paseo no tiene olvido posible. Y no conviene hacerlo con quien no merezca tanto.

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