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Un político imprevisible

El socialista José Antonio Griñán quiso hacer solo su viaje político más difícil e imprimir su carácter a un partido en horas bajas.

el 25 mar 2012 / 21:04 h.

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José Antonio Griñán.

José Antonio Griñán Martínez es el primero en perder unas elecciones en el bastión socialista por excelencia, pero no pasará a la historia por esa derrota sino por frenar la marea azul del PP y evitar la debacle que todos auguraban. A sus 64 años y en su estreno como candidato, Griñán no ha perdido solo, o medio perdido, por mucho que haya querido hacer una campaña en solitario. Le han acompañado 30 años de socialismo en Andalucía, más de un millón de parados y un escándalo de corrupción tan bochornoso como doloroso. Y ha sido optimista, inconformista y peleón hasta el último minuto.

Pepe, para los amigos, no es un político al uso, tampoco tiene una personalidad mediocre ni los gustos de la media. Casado con Mariate Caravaca, una cómplice fundamental de esta última cruzada, padre de tres hijos y abuelo de tres nietos, su carrera en la alta gestión es extensa pero su experiencia en la primera fila es reciente. No es normal saltar a la primera línea cuando meses antes uno soñaba con jubilarse y empezar a disfrutar de la vida. No es habitual que un político cante opera en el despacho o diserte sobre historia como el que relata el abecedario. Griñán es culto aunque en ocasiones también procaz. Parece serio pero sorprende con algún comentario subido de tono, a pesar de su feminismo convencido. Es imprevisible.

Cuando al entonces consejero de Economía, vicepresidente andaluz, su amigo Manuel Chaves le dijo hace tres años que era el elegido para sucederle en la presidencia, se resistió. Hubo que convencerlo. Pero cuando empezó a ejercer no hubo manera de frenarlo. No quiso ser un presidente teledirigido desde Madrid por los poderes clásicos del socialismo andaluz. Se plantó. Se aupó a la secretaria general del PSOE-A y barrió todo lo que oliera a la etapa anterior. La presidencia de la Junta y el liderazgo de su partido le ha costado una amistad personal de años con Chaves y le ha puesto contra las cuerdas en la campaña electoral más difícil y dura de toda la autonomía.

Temperamental, apasionado, transparente y honesto, subrayan sus colaboradores, sabedores de que el presidente ha bebido con mucho disgusto las hieles de la corrupción en la administración andaluza. Posiblemente el PSOE estuviera condenado en las urnas por el caso de los ERE y la necesidad de cambio antes de ayer. Pero tiene un punto de injusto o paradójico que sea Griñán el crucificado, siendo él el político que siempre ha desconfiado de la ortodoxia del aparato y ha gritado a los cuatro vientos su desazón porque los altos cargos de la administración los ocuparan los carnés del PSOE y no la masa gris del funcionariado. Esos funcionarios también posiblemente hayan colaborado en ese bajón en las urnas. Llevan meses en pie de guerra por una reforma del sector público que quizás fue el primer tropiezo gordo de un Gobierno que confió a sus tecnócratas. Así llaman a su núcleo duro, quienes ya le acompañaban en la Consejería: Antonio Ávila, Carmen Martínez Aguayo, Rosa Castillejo o Antonio Lozano, su mesa de camilla.

Griñán nació en Madrid en 1946 pero ha hecho de Andalucía "su patria por elección", es licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla e inspector técnico de Trabajo y Seguridad Social desde 1970. Ha sido diputado en el Congreso y en el Parlamento.

Ministro de Sanidad, de Trabajo y consejero de Salud, su trayectoria política es muy dilatada. Fue ministro con Felipe González, entonces compartió confidencias con Alfredo Pérez Rubalcaba, a quien no apoyó en su última carrera hacia la secretaría general del PSOE, inclinándose por Carme Chacón. Esa pugna hizo saltar por los aires las costuras de un partido que en Andalucía llevaba meses a punto de reventar por una sucesión atragantada.

Griñán ha dicho que no se va. Que sigue. Que será el líder del PSOE andaluz y ahora puede con una dulce derrota que sabe a victoria. Lo que es difícil es imaginar a este hombre de barba gris, enjuto y amante de Verdi departiendo con la IU más radical.

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