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Una noche en el Acuario

Dormir entre tiburones es posible desde el pasado mes de diciembre en las instalaciones situadas en el puerto de Sevilla.

el 14 feb 2015 / 10:00 h.

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Cuando luces se apagan, reina el silencio en los pasillos habitualmente bulliciosos del Acuario y los más de 7.000 ejemplares de peces que llenan los tanques comienzan a coger postura para echar una cabezadita, un grupo de valientes sevillanos toman las instalaciones instaladas en el puerto para disfrutar de una noche entre tiburones. acuario-nocheEsta actividad, que ayer vivió su segunda edición, lleva a los participantes a pasar una velada que comienza con las presentaciones, ya que «normalmente la gente que forma los grupos no se conocen entre ellos», apunta Elena, una de las biólogas que realizan la visita. Entre los presentes hay padres con sus niños y varios adultos que, efectivamente, vienen solos. «Pero cuando acaba la actividad ya son todos conocidos», relata. Llega entonces el momento de la visita privada al Acuario. El recorrido es didáctico a la vez que entretenido. Leyendas, historias o películas de animación le valen a la guía para ir desmenuzando las más de 400 especies que contienen las instalaciones. Elena comienza su explicación metiendo al grupo en el viaje que van a realizar por las aguas que recorrió en su día Magallanes. «Buscando la isla de las especias el descubridor y su tripulación, compuesta por 200 hombres, iniciaron su aventura en el río Guadalquivir, en ese que tenemos ahí al lado». Y se abre la veda... las manos de los pequeños ya se pegan a los cristales donde los esturiones, que son los primeros en recibir a los visitantes, se pasean por el tanque. «A estas alturas ya están curados de espanto», dice uno de los guías, «deben ser ya inmunes a los ruidos y las fotos». Elena se esmera en contar que esta especie habitaba el Guadalquivir hace años aunque ahora está extinguida y luego relata cómo otras especies exóticas como la carpa o las percas se introdujeron en el río y ya son parte de su ecosistema. acuario-noche-2Y del Guadalquivir al Atlántico. Ahora es el turno de los pulpos, las estrellas de mar, langostas... Los visitantes más pequeños, como Belén, van cogiendo confianza y comienzan a interrogar a Elena. «¿Los piojos marinos hacen daño a los peces?, ¿eso es un octopus, no?, ¿qué pasa si se le cae un trozo de brazo a una estrella de mar?...». La guía responde con una paciencia infinita y una sonrisa en la cara a toooodas las cuestiones que se le plantean y sigue su explicación. «¿Os acordáis de Úrsula de La Sirenita? Pues estas morenas son los animales que le acompañaban». Los más pequeños, y los no tanto, admiran los ejemplares mientras prosiguen las explicaciones. En la zona de las charcas toca-toca, como bien indica su nombre y tras un lavado de manos, se puede interactuar con distintas especies para comprobar cómo es su tacto. Hay peleas por ser el primero en coger una estrella de mar, encontrar un pez plano en el fondo o comprobar la suavidad de los pepinos de mar. De allí a los fondos marinos y a las costas canarias donde se ve la primera especie de tiburón, que no es otro que el cazón, «¿ese que nos comemos en adobo, mami?», pregunta uno de los pequeños. acuario-noche-3Luego serán los reptiles suramericanos, los basiliscos, las anacondas... hasta llegar al Oceanario, la estrella de esta atracción que abrió sus puertas en el mes de octubre. Allí el tiburón toro acapara todas las miradas durante un buen rato y gracias a uno de los ejemplares que alberga el tanque la guía explica cómo duermen los peces. Tras pasar por el Pacífico, que inicialmente se llamaba Mar del Sur, pero debido a la expedición de Magallanes se renombró «por la tranquilidad de sus aguas», se llega a los arrecifes de coral, ya en las aguas tropicales del Índico, donde los peces despliegan un impresionante colorido. «¡A ver quién es el primero que encuentra a Dori, la amiga de Nemo!». Un poco más adelante, Elena vuelve a desmontar mitos: «las pirañas, como los tiburones, no son tan agresivas como creemos, las películas les han dado muy mala prensa». Y así, tras conocer a las tortugas careta careta (mascotas del Acuario), se llega al final del recorrido, y comienza la segunda parte de la actividad: una copiosa cena que se baja de inmediato con una apasionante gymkana. El grupo entonces se divide en dos y tras la explicación de Miguel, otro de los biólogos del departamento de educación, los equipos deben seguir pistas que les llevarán de arriba a abajo del Acuario para encontrar las aletas de sus respectivos tiburones. «¿Por qué las aletas?», se preguntaba uno de los presentes. Muy fácil. «La fama de las sopas de aleta de tiburón hace que se pesque a los ejemplares y se devuelvan al mar sin ellas». Tras las arengas pertinentes por ambos bandos, comienza la competición que llena de carreras, gritos y piques los pasillos del Acuario. Una vez completada la prueba, campeones y subcampeones (que no perdedores), se dirigen a calmarse con una actividad relajante. Las luces se atenúan y con el sonido del mar y el crujir de las maderas de la que pudo ser la nave de Magallanes, Miguel explica la importancia de las estrellas en la navegación antaño. Se proyecta entonces el cielo de la ciudad y se localizan la Estrella Polar, la Osa Mayor, Menor... Una vez ha llegado la calma, es el momento de tomar posiciones frente al Oceanario. Despliegue de sacos y esterillas mediante, los visitantes vuelven a identificar los ejemplares que les presentaron al principio de la noche. Las luces se apagarán del todo cuando se aproxime la 1 de la madrugada para volver a experimentar el despertar del Acuario, que también se hace de manera progresiva, a la mañana siguiente, momento en el que estos valientes podrán decir que pasaron una noche entre tiburones.

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