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Y de repente al doblar la esquina aparece una noria

¿Puede ser casual que le regalen a uno una planta venenosa? Fenómenos extraños pudieron presenciarse en la Expo hace exactamente veinte años. Entre ellos, el de un comisario adjunto que echaba espuma por la boca.

el 30 jun 2012 / 18:17 h.

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Aspecto de los montes cercanos a la localidad valenciana de Alborache, afectados por el fuego.

La gran semana de las peroratas (como eran gratis siempre había muchas y de todos los estilos: sermones, diatribas, monsergas, tabarras puras y duras, exégesis, rapapolvos... pero esta vez fueron más de la cuenta y muy pegajosas, sabe Dios por qué) comenzó con Ricardo Bofill padre abriendo la boca y diciendo, cual zarza ardiente encontrada casualmente en el monte Horeb entre que va y vuelve uno de pastorear a las ovejas, lo siguiente: “Mi opinión es que la Expo dure un año.” Como diría Calderón de la Barca, tómate algo fresquito. Si Jacinto Pellón estaba en ese momento comiéndose las uñas a la altura de los codos, es algo que jamás trascendió. “Pienso que es peligroso cerrar el recinto sin transformarlo”, añadía el arquitecto, hace ahora justo 20 años. “Habría que intentar conservar todos los pabellones con contenidos tecnológicos, no folclóricos”, remataba, en una reunión informal con los periodistas. Un año de Expo. Sevilla estaba tan metida en la fantasía cartujana que si llegan a prorrogarla otros seis meses, a ver quién es el guapo que la cancela.

Antes de que a la gente le diera tiempo de reflexionar sobre el debate que planteaba Bofill, llegaron los Reyes y ya se olvidó todo. Era un anhelo largamente expresado (olvidarlo todo no, sino que vinieran los Reyes). Pues lo hicieron, y con un trote de mucho cuidado, sin cansarse ni nada (Gaudeamus igitur iuvenes dum sumus, que canturrean los tipos con birrete). Por el camino entre pabellón y pabellón se le metió al Rey entre las piernas un niño que le dijo que lo de la Expo estaba muy bien pero que a ver cuándo iba por Córdoba, lo cual se consideró a todos los efectos como una de las anécdotas de la visita. El Correo enfocó el asunto como que todavía no se habían ido y ya estaban deseando volver, a la par que invitaban (el verbo usado era ese) a todos los españoles a visitar la Expo.

Pabellón de la Navegación, Plaza de América, pabellones de los países vecinos, paseíto en catamarán... y té con dulces morunos en el Pabellón de Marruecos. ¿Alguien podía ponerle un pero a todo eso? Pues sí que podía, pero no se lo puso: su nombre era Mario da Graça Machungo; su cargo, primer ministro de Mozambique; su pregunta: ¿Qué hago yo aquí presidiendo el día nacional de mi país si un poco más y no vienen a recibirme, y estoy más solo que la una, con la visita de los Reyes? Así es: ese 25 de junio, el primer ministro Machungo le regalaba a Sevilla, en recuerdo de su paso por la Cartuja, un ejemplar de cyca revoluta, bonita plantita verde así como para ponerla en la mesita rinconera, conocida vulgarmente como palma de iglesia y entre cuyas cualidades más notables se encuentra el ser extremadamente venenosa para todo bicho viviente, incluido el ser humano en su calidad de rey de la creación. Plantón, el que le dieron a él. ¿Sería por eso el regalo envenenado, como suele decirse? A saber...

Hablando de reyes de España, de la creación y de todo lo demás: pedazo de yate el que se trajeron a Sevilla los miembros de la familia real saudí cuando les dio la picada de ir a ver su pabellón: 70 metros de eslora y 14 de manga (más que manga, tendría que llamarse pernera, por sus dimensiones). Shahnaz, se llamaba el cascarón de nuez, y lo que no cabía dentro se lo traían cada día en un avión particular que con esa única intención cubría a diario el trayecto El Cairo-Londres-Sevilla: invitados, alimentos, productos de diferente naturaleza... Por cierto: si esta noticia de la llegada de los saudíes se dió en el periódico del día 26, donde se comentaba que estarían unos diítas por aquí, en el del 28 se decía que la infanta Pilar había estado dándose una vueltecita por el Pabellón de Arabia Saudí. Pero se estaba hablando de peroratas, y he aquí otro precioso ejemplar. La soltó Jim Bolger, por aquel entonces primer ministro de Nueva Zelanda, cuando acudió a la Cartuja el día 27 a presidir los actos con motivo del día nacional de su país: “La Expo refleja dos cosas sobre el mundo en el que vivimos: la proximidad de los pabellones sugiere que, en la vida moderna, la distancia entre países no tiene importancia; y, en segundo lugar, que a despecho de nuestra nueva proximidad, la diversidad del mundo aún puede quitarnos el aliento”. Si hay castañas pilongas en Nueva Zelanda, esta es una invitación a catarlas. Sí, señor: aún puede quitarnos el aliento la diversidad del mundo. Sonaba hermoso en 1992, mucho antes del whatsapp. Otro que habló lo que no hay en los escritos fue el secretario de Estado del Vaticano, Angelo Sodano, cuando se pasó por el Pabellón de la Santa Sede el 29 de junio por ser su día de honor. Tras largo palabreo repleto de piedad, dijo: “Quiera Dios que los logros científicos y técnicos que abren al hombre horizontes insospechados para cumplir el mandato divino de someter y dominar la Tierra no le hagan olvidar sus raíces, su historia, los valores trascendentes de su ser como pueblo”. Estuvo interesante ese día de la Santa Sede. Y además, venía con el hándicap de que la semana anterior habían celebrado sus fiestas dos o tres países tropicales llenos de gente medio desnuda dispuesta a bailar por toda la Expo, circunstancia que se hacía harto improbable en el caso vaticano. Pero bueno, actuaron los muchachos del grupo Lovy, con unas camisetas así de largas pero una alegría contagiosísima.

Pero el que de verdad largó por esa boca fue el comisario adjunto y director del Pabellón de Checoslovaquia, del que todo el mundo decía que menudo tostón por su obsesión con el arte contemporáneo mientras él, Zdenêk Loudelka, tenía una o dos objeciones que presentar: “El BIE debería tomar cartas en el asunto de los contenidos de las futuras exposiciones. En una muestra universal debe prevalecer el aspecto cultural y social, de encuentro de diferentes pueblos y culturas, y no convertirse en una muestra del progreso tecnológico en la producción de coches, por ejemplo, o en una feria, como ocurre en esta de Sevilla. A veces, cuando entro, tengo la impresión de que en cualquier esquina me voy a encontrar un tiovivo, una noria o unas casetas de tiro al blanco”. Se ve que estaba medio mosca, este señor. Más mosca habría estado si en vez de ser el director hubiera sido un simple currante: El Correo publicaba un reportaje sobre los sueldos de los trabajadores de la Expo, que eran de pena en muchos casos:“Hay pagas de 16.000 pesetas al mes”, se decía allí. A lo mejor también podía considerarse una modalidad de arte contemporáneo. Y de las que crean tendencia.

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