lunes, 14 agosto 2017
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Anda y vete ya

30 dic 2016 / 23:15 h - Actualizado: 31 dic 2016 / 08:15 h.

Francamente: eso de celebrar el tránsito de un año a otro tiene su puntito de ordinariez. La gente baila en la tele, el idiota de al lado te echa confeti en la copa, los chavales se visten de Drácula para vomitar por las esquinas, se cena como bestezuelas y, así, se perpetran chabacanerías sin cuento. En general, todos los fenómenos que requieren pirotecnia habría que replantearlos. Pero bueno, a lo que iba: a ver si es verdad y se marcha ya 2016 a difuminarse en la maraña de la historia, llevándose con él los nefastos efluvios de los años bisiestos. Uno no es demasiado supersticioso para lo que le pide el cuerpo, pero la bisestez es una manía absurda que debería ser erradicada de cualquier almanaque decente. De hecho, debería volverse al concepto medieval del tiempo, cuando las horas se repartían en función de la luz solar, y así la cronología de las noches de invierno permitía un descanso largo y reparador, mientras que en verano las tardes no es que se hicieran largas: es que lo eran por reloj. Cuánto no agradeceríamos ahora ese ritmo natural de la vida, de las cosas, en torno al sol de las estaciones, en vez de regirnos por la ingeniería suiza y por esa manía de que todo dure siempre lo mismo, todo el tiempo. Además, si hiciéramos las cosas como en la Edad Media, esta noche no estaría Raphael en la tele masticando sus grandes éxitos sino que saldrían por las calles los juglares con sus dulzainas y sus espinetas. Más fino, dónde va a parar. En vez de tomar las uvas ante el reloj de la Puerta del Sol, hacerlo ante el del reloj de sol de la puerta. Que de noche, claro, no indica nada. Cualquier moderno bisiesto diría que no funciona. Vivimos en los oscuros tiempos de la superstición.


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