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De camino a Moscú

09 feb 2018 / 16:19 h - Actualizado: 09 feb 2018 / 16:20 h.
  • De camino a Moscú

Por Alejandro Caicedo

Había cumplido el que se suponía era su trabajo; cogió los vuelos que le ordenaron que cogiera; se hospedó en los hostales y hoteles que le indicaron y tuvo los encuentros que le asignaron como tarea. No trabajaba para una empresa, pero muchas veces se sentía un oficinista más. Dieciséis años atrás se había visto en una situación que, aunque no fue parecida, vino acompañada de un malestar mental idéntico al que sentía en esos momentos, tumbado en la cama de un hostal en el centro de Ámsterdam. Aún con el traje azul oscuro puesto y un cigarrillo americano entre los dedos de la mano derecha. Al escuchar ruidos en el pasillo, salió bruscamente de sus pensamientos. Una puerta se cerró al final del pasillo y alguien salió de una habitación y se puso a caminar sin ritmo hacia las escaleras, que dirigían a la planta baja, donde se encontraba la cafetería.

«Algún borracho se ha quedado sin gasolina», pensó.

No se había dado cuenta, pero ya estaba de pie a un paso de la puerta, con la misma actitud de un gato callejero que escucha cómo otros se acercan a su cubo de basura, dispuesto a defenderse a sí mismo y a lo que, con el paso del tiempo, había pasado a representar.Recordó que su vuelo a Moscú le esperaba unas horas más tarde.

Llegó al aeropuerto sin las dudas que le habían atosigado las últimas noches. Una voz femenina avisó en holandés y, después, en francés, la inminencia del embarque hacia Berlín.

«Ha sido un encargo agradable, dentro de lo que cabe».

Caminó relajado hacia la puerta de embarque con un pasaporte italiano en la mano. Se lo entregó a la azafata, que se lo devolvió tras observarlo mecánicamente.

Recordó que conservaba media docena de cigarrillos en su pitillera, y se puso como tarea deshacerse de ellos antes de encontrase con su contacto en Berlín. Se sentó en el asiento que le indicaba el pasaje. A su lado, un muchacho joven, bien afeitado y vestido con un traje gris de diseño, leía la segunda novela de Ayn Rand. Recordaba haberla leído cuando, en 1943, llegó a las librerías clandestinas del París ocupado. La brillantez con la que Rand ensalza el individualismo, consiguió hacerle olvidar por algunos momentos el esfuerzo exigido como combatiente durante la guerra civil en su país, cinco años atrás. Esperaba que el joven de traje gris no comenzara a hablarle sobre arquitectura o la eficacia de la administración Eisenhower.

La embajada soviética en Berlín Este era un pequeño palacio con ornamentos bien elegidos y bustos desproporcionadamente grandes. Mientras esperaba en una sala, reparó que a un lado del busto de Lenin había una mancha rectangular en la pared. «No es una mancha —pensó—. Más bien, un testimonio del paso del tiempo». Probablemente era el espacio que antes ocupaba el busto de Stalin, que desapareció sin dejar rastro días después de que Nikita Jrushchov pronunciara un rompedor discurso en el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, denunciando el culto a la personalidad del anterior líder de la nación, represor sistemático de sus rivales políticos, lo que arrancó el aplauso de los miembros más jóvenes del partido. Él no había estado allí. Tampoco era miembro del partido. Rumores y habladurías entre otros agentes le habían proporcionado el discurso, totalmente secreto. Una filtración a occidente precipitó su masiva difusión en todo el territorio de la Unión Soviética. Había que olvidar al fenecido líder. Los secuaces del horror, entre los que él se encontraba él, no debían preocuparse por las represalias.

—Puede pasar —le informó el secretario personal del agregado cultural, Gólubev.

Caminó decidido hacia la puerta, que tenía un llamativo relieve de obreros de la siderurgia. El agregado cultural era su contacto y la última escala en su vuelta a Moscú. Gólubev rondaba los cincuenta años y su estructura corporal parecía de acero. Era un hombre severo, pero no desagradable. Le gustaba practicar su castellano cuando le entregaba información. Góluveb también había servido en la Guerra Civil española, en el bando perdedor. Eso explicaba el paisaje al óleo del valle del Jarama que colgaba en una de las paredes de su despacho.

—¿Cómo te ha ido? —le preguntó Góluveb mientras caminaba alegre a su encuentro.

—Todo ha sido muy tranquilo.

Se apretaron las manos calurosamente.

—Es un alivio escuchar eso, chico. Aún te puedo llamar chico, ¿verdad?

-Si aún me ve así, ¿por qué no?

—Desde arriba las nuevas cabezas están apretando fuerte los cuellos de los que fuimos leales, ¿sabes? —el agregado se sentó en su silla de caoba, sacó un cigarrillo y lo encendió.

—Algo he escuchado. El enlace con el que me vi en Ámsterdam sintió la soga en su cuello. Me preguntó si en Moscú estaban contentos con él... —sonrió y también sacó un cigarrillo. El tabaco americano seguía ahí.

Góluveb le preguntó si todo le marchaba bien en Moscú, consciente de que el frío es el enemigo número uno de los sureños allí establecidos. Él vio la oportunidad de calmar sus noches en vela y los insistentes pensamientos que últimamente le empujaban a un mismo lugar.

—Lo cierto es que en Moscú todo es muy distinto, usted lo sabe bien. Pero hay algo que me gustaría conseguir.

—Tú dirás.

—Creo que soy de más utilidad en España. Me gustaría volver.

—¡Qué locura, chico! Te fuiste siendo un niño, sin nada... ¿Quieres volver a por lo que no recibiste en el treinta y nueve?

En ese momento se dio cuenta de que estaba solo. No se sentía devastado, tampoco molesto, simplemente distinto. Para conseguir lo que buscaba debía desobedecer.

—España es un destino complicado, lo sabes —añadió el agregado Góluveb en su intento de no desanimarle, pues lo consideraba buena persona—. Pero si lo que quieres es un cambio de aires, quizás pueda conseguirte un lugar tranquilo en Sudamérica, por un par de meses.

Se sorprendió con la propuesta. Como agradecimiento, le regaló un gesto amable acompañado con una leve pero firme reverencia con la cabeza.

—Eso podría ayudarme —sonrió, consciente de que todo tiempo era bueno para preparar lo que fuera que tuviera que preparar.

El lugar tranquilo había resultado una coctelera de club nocturno parisino: el mismo mes que llegó, una insurgencia militar derrocó al presidente, después de que, en un discurso ante el Consejo de Seguridad de la ONU, se atreviera a afirmar que el camino para la paz mundial exigía abandonar las ideologías antagónicas que dominaban el mundo.

Su trabajo, para su sorpresa, resultó verdaderamente tranquilo, pero no le ocupó un par de meses; fueron dos años y cuatro meses los que pasó allí, con frío durante la estación en la que recordaba el calor. Sus encargos eran irrelevantes, básicamente vigilar a los argentinos que habían pedido permiso de residencia en los Estados Unidos. Moscú no había dejado escapar la oportunidad para asignarle una identidad española. Esta vez, era un profesor de universidad.

«La Revolución no me necesita jugando a las cartas con militares snobs, bebiendo Fernet en el hipódromo o cenando en el Ritz los segundos sábados del mes», pensaba.

Más adelante cambió el elegante traje y la gabardina azul que formaban el disfraz del profesor Rincón por un conjunto mucho más sencillo que había comprado en un mercado ambulante de San Telmo. Estaba en el puerto y se dirigía seguro y firme hacia la entrada del recinto donde debía embarcar al transatlántico que lo llevaría a Tenerife. En su mano izquierda sostenía una maleta de cuero y en la derecha llevaba un pasaporte argentino que lo nombraba César Castro Robles, natural de Rosario. Al cruzar el umbral, un español lo descubrió, llamándole por su verdadero nombre. Expresó su sorpresa de verle «después de tantos años», y le invitó insistentemente a que le acompañara a tomar algo para ponerse de nuevo al día.

—Vamos en mi coche, que lo tengo aparcado aquí, al lado. ¡No seas testarudo! Nuestro amigo también quiere hablar contigo —le dijo, agarrándolo del brazo con el que sujetaba la maleta ante su insistencia por no querer ir.

—¿Qué amigo? —preguntó con un gesto desconfiado.

-Góluveb.

Una vez en el coche, el señor le previno de que no era su deseo hacerle daño. Le ofreció un cigarrillo ruso e incluso le felicitó por el trabajo desempeñado en Argentina. Él se sentía confuso. Nadie lo había llamado por su verdadero nombre en más de dos años. De hecho, por increíble que le pareciera, lo estaba olvidando.

—No es mi intención abandonar la causa. De verdad que no lo es —dijo, tranquilo, encendiendo el cigarrillo.

—Has tenido suerte. Tú mejor que nadie sabes qué hay que hacer con las órdenes de Moscú. Por cierto, no me envía Góluveb, como te dije antes —. Con las dos manos en el volante y el cuerpo en medio del asiento parecía aún más pequeño—. Me dijo que en algún momento de tu aventura palaciega querrías ir hacia España. Góluveb me ha hablado mucho de ti y de lo que has hecho por el Partido. Si no fuera por eso, pensaría que eres estúpido.

—Hay agentes en España. ¡Sé que los hay!

—¡Claro que los hay! En todas partes. Pero ¿qué te hace pensar que tú debes ser uno de ellos? La revolución comunista necesita hechos; lo demás no le sirve. Los que pueden enfrentarse a lo que le esperaría a alguien como tú en España necesitan muchos hechos a sus espaldas, muchacho. Consígueme hechos en el próximo sitio al que te envíe y te aseguro que te mando a Madrid en un vuelo directo.

—¿De qué sitio se trata?

—Cuba —enunció, quitando la vista de la calle para mirarlo por primera vez desde que entraron en el coche—. Te parecerá una locura, con el presidente Batista, pero tenemos un grupo de muchachos que se están organizando. Ayúdalos, haz que se conviertan en un problema real y, después, hablaremos de España.

—Cuente conmigo.


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