domingo, 18 agosto 2019
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La Tostá

El día que se apagó Tomás

Manuel Bohórquez @BohorquezCas /
02 jul 2019 / 08:41 h - Actualizado: 02 jul 2019 / 08:44 h.
  • Los cantaores Tomás Pavón (d), Pastora Pavón y Pepe Pinto. / El Correo
    Los cantaores Tomás Pavón (d), Pastora Pavón y Pepe Pinto. / El Correo

Tal día como hoy, de 1952, moría un genio del cante sevillano, Tomás Pavón Cruz, el hermano pequeño de Arturo y Pastora Pavón. Vino al mundo el 16 se febrero de 1893 en la sevillana calle Leoncillos, hijo de Pastora y Francisco Cruz, de Arahal y El Viso del Alcor, primos hermanos y gitanos de pura cepa. Ya contamos su vida en un libro, El Príncipe de la Alameda (Pozo Nuevo, 2007), con detalles sobre su muerte, ocurrida en la fecha ya indicada en una modesta habitación que le tenían cedida su hermano y Eloísa Albéniz, esposa de este, en el número 6 de la Plaza de la Mata. Alguien de la familia me contó que murió mirando el cielo de Sevilla por una pequeña ventana, hundido en el colchón de lana y rodeado de Reyes, su esposa, Pastora, Arturo, Pepe Pinto y La Pirula, a la que tenían como a una hija. Hacía un calor agobiante y Tomás se apagó como una vela mientras en las tabernas de la Alameda de Hércules apagaban su pena, con vino, artistas y aficionados. No era para menos, porque se estaba yendo al otro mundo uno de los mejores cantaores de todos los tiempos, Tomasito, continuador del estilo de Manuel Torres y de sus propios hermanos, aunque todo lo pasó por el tamiz de su prodigiosa cabeza de cantaor técnico y voz redonda, con un eco limpio y un aire sevillano que lastimaba. Pastora, la gran Niña de los Peines, lloraba sentada en la cama y no paraba de decir que era como una luz que se apagaba. Tomás fue una luz, la de un niño enfermizo al que le daba vergüenza cantar en público y que lo hizo por el mismo motivo que Arturo y Pastora: por necesidad económica. Los hermanos Pavón no eran buenos para divertir al público y huían de los escenarios. Pero Tomás fue el más raro de los tres, sin duda alguna. Tuvo que aguantar a muchos borrachos en la Alameda para buscarse la vida y que Reyes, la mujer de su vida, pudiera poner la olla cuando, siendo casi adolescentes, vivían no casados en la calle Ciegos. Solo iba a fiestas que le merecían confianza y les cantó a personajes tan ilustres como Miguel de Unamuno o el pintor sevillano Juan Lafita. Y en cuanto veía una falta de respeto a él o a algún compañero, se najaba. Es lo que hizo cuando estando en una fiesta del señor Cerezo en Carmona, con un jovencísimo Juanito Valderrama, vio que se reían de él, por su aspecto, paró la fiesta y le dijo al jilguero de Torredelcampo: “Vámonos pa’ Sevilla, Juanito, que tú no eres un cantaor de borrachos”. Esa dignidad tenía el genio del cante, que fue capaz de salir a cazar gatos por la Alameda en plena Guerra Civil española de 1936, para comer, antes de sacarle tres pesetas a un señorito que no supiera estar o que se fuera de compás. Tomás El Delicado, le llamaban algunos señoritos de Sevilla por sus rarezas, sencillamente porque para él, el cante jondo era algo sagrado.

Aquí se acabó el carbón,
que nadie encienda la fragua
que ha muerto Tomás Pavón
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