domingo, 23 septiembre 2018
10:22
, última actualización
La última (historia)

El dilema interminable

28 ago 2018 / 22:30 h - Actualizado: 28 ago 2018 / 22:30 h.

Hace tan sólo unos días los parisinos han celebrado, como todos los años, la liberación de la capital francesa por las tropas que, integradas en las unidades de Patton, mandaba el general Leclerc. Aunque siempre se había sabido vagamente que en esas fuerzas había españoles, en los últimos años se han estudiado pormenorizadamente aquellos episodios de los años finales de la II Guerra Mundial, quedando claro que la presencia española en las guerrillas de la Resistencia fue muy numerosa, que el número de compatriotas en los ejércitos aliados no era anecdótico sino que hubo unos 200.000, y que, en definitiva, la vanguardia de las fuerzas que entraron la noche del 19 de agosto en la ciudad tomaron el ayuntamiento, a la mañana siguiente hicieron prisionero al comandante en jefe de las tropas alemanas de ocupación y escoltaron a De Gaulle en su desfile triunfal fueron los hombres de la Nueve, una compañía denominada así, en castellano, e integrada casi enteramente por gente andaluza, catalana, aragonesa, valenciana..., por hombres de la mayoría de las regiones españolas que seis años antes formaban parte de los ejércitos de la España constitucional.

Esa España que no pudo impedir el triunfo de los golpistas, sublevados contra la legalidad y ayudados por la Alemania nazi, lograba protagonizar –entre otras muchas empezando por su papel en la retirada de Dunquerque– un episodio muy importante para la derrota del nazismo y el fascismo y el triunfo de la democracia que traería a Europa la época más larga de paz y bienestar de su Historia y, en definitiva, uno de los avances más sustanciosos de la civilización.

Esa civilización, de cuyas mieles aún gozamos, no se sabe por cuanto tiempo, tal vez no haya traído un aumento notable del discurso reflexivo de las personas que la disfrutan pero sí, en cambio, una mejora infinita en los medios de comunicación y, por eso, hoy se registran movimientos migratorios masivos en todos los continentes, unos de placer (los de los mil millones anuales de turistas) y otros, los de refugiados y menesterosos que tienen lugar a nuestro alrededor o de los que tenemos noticias en latitudes lejanas como las de Venezuela o Nicaragua. En ambos casos los inmigrantes se encuentran con un clima adverso que cada vez está adquiriendo características más dramáticas.

Los que tienen lugar en las costas del sur de Europa dejan en ellas a miles de personas que huyen de la guerra o de las condiciones extremas de vida en países muy lejanos, en territorios de Asia o África. En cambio, los que se están produciendo en Sudamérica están formados por gentes de países fronterizos a aquellos en los que buscan refugio. Masas de venezolanos o nicaragüenses intentan penetrar en Brasil, Costa Rica o Perú y, con frecuencia, encuentran allí actitudes y acciones de rechazo y violencia contra ellos parecidas a las que padecían en las ciudades de las que proceden y que llevaban a cabo los perseguidores de los que intentan refugiarse.

Esos actos parecen efectos nunca vistos hasta ahora pero que, en realidad, son muy parecidos a otros que se desarrollaron no hace tanto, bastante menos de un siglo, en enclaves muy cercanos a los nuestros y con compatriotas como desgraciados protagonistas. Me refiero a la oleada de españoles con la que hemos comenzado estos renglones que, ante el avance de las tropas franquistas, huían hacia Francia o se echaban a la mar en atestadas embarcaciones en Valencia en los primeros meses del año 1939 y de la que salieron esos cientos de miles de personas que lograron para ellos y para los demás la Europa y el mundo de los que aun gozamos.

En las tierras a las que llegaron no los recibieron bien precisamente, sobre todo en la Francia sureña (en las colonias francesas del Norte de África había otro clima). Los recluyeron inmisericordemente en lugares desprovistos de cualquier acondicionamiento y, entre la generalidad de la población y las autoridades, hubo connivencia para establecer esas condiciones inhumanas, lo que no quiere decir que no hubiera casos en los que una minoría se ocupó de los que llegaban y procuró socorrerlos. O sea, exactamente, lo que estamos viendo hoy en nuestro continente y en el americano.

Entonces, paradójicamente, los que –en sentido figurado– se apiadaron de aquellos refugiados fueron los Cuatro jinetes del Apocalipsis. A los pocos meses estallaba el conflicto que habría de convertirse en mundial y el gobierno francés necesitó a aquellos cientos de miles de desgraciados para integrarlos por métodos expeditivos en un ejército que, prontamente, sería derrotado, abriendo así a De Gaulle y sus partidarios la posibilidad de formar esas fuerzas libres que acabaron siendo más españolas que francesas y que marchaban bajo dos banderas tricolores, la de la nación gala y la de la España republicana.

La conciencia de que la desgracia de unos puede traer la felicidad de todos debería haber prevalecido, pero no ha sido así y tampoco vamos a realizar un sacrificio a Jano para vencer la guerra. Debería servirnos, simplemente, las enseñanzas sobre las bondades de la cooperación. Pero la Guerra fría siguió a aquella caliente y, al principio de ella, Merrill M. Flood y Melvin Dresher demostraron en El dilema del prisionero que dos personas –dos bandos, dos naciones...– pueden no cooperar incluso si ello va en contra del interés de ambas.


  • 1