jueves, 22 noviembre 2018
00:11
, última actualización

El espíritu de la confianza

La confianza puede hacer posible que la libertad, con la que operan los diversos agentes que forman parte de la sociedad, se convierta en el fomento de una solución justa y equilibrada

05 sep 2018 / 20:29 h - Actualizado: 05 sep 2018 / 20:50 h.
  • El espíritu de la confianza

Hoy abordaré el segundo punto de la mesa de trabajo, que no es otro que el de la confianza, la semana pasada reflexioné sobre la convivencia. No es posible avanzar en un proyecto que precisa la búsqueda conjunta de una solución si no existe confianza. Los responsables políticos deben esforzarse en generar un eje común en la búsqueda del camino más adecuado para ayudar en origen a los países que fomentan, por diversas causas, la migración desesperada de sus ciudadanos.

Si seguimos los discursos de los políticos, de nuestros políticos, nos percataremos que entre ellos no existe prácticamente diálogo, más bien dan explicaciones que no tienen nada que ver con la convergencia, son discursos divergentes. Ante un tema tan sensible y tan difícil, el objetivo debería ser el buscar una política común de actuación. Esto solamente es posible si se tiene confianza en el otro renunciando a buscar resultados electorales. De ahí, que la mesa de trabajo base su reflexión en la confianza que debe de operar entre los miembros que forman parte de ella.

Hay que tener valentía; pero una valentía para servir. Confiar significa implementar en la acción política un proyecto de servicio. Quien sirve halla la razón para fomentar un espíritu de confianza. La doctrina social de la Iglesia en el año 1891 cuando publicó la encíclica Rerum novarun puso en evidencia la necesidad de establecer principios políticos que impulsaran una sociedad justa «se ha convertido en el documento inspirador y de referencia de la actividad cristiana en el campo social. El tema central de la encíclica es la instauración de un orden social justo, en vista del cual se deben identificar los criterios de juicio que ayuden a valorar los ordenamientos sociopolíticos existentes y a proyectar líneas de acción para su oportuna transformación». Estos principios no se pueden poner en práctica si no existe la confianza.

Lo que estoy pidiendo a los responsables políticos es que, trabajando de manera conjunta con el tejido empresarial y el tercer sector, hagan un esfuerzo por analizar qué está ocurriendo para que se originen estos grandes movimientos migratorios, y busquen soluciones a los mismos. Si no hay confianza, este objetivo es totalmente inútil. La confianza puede hacer posible que la libertad, con la que operan los diversos agentes que forman parte de la sociedad, se convierta en el fomento de una solución justa y equilibrada; porque de otra forma lo que prevalecerá será la injusticia y, por tanto, el sufrimiento de muchas personas que se ven obligadas a iniciar el itinerario de la inmigración. De esta manera la confianza ayuda a que la libertad con la que actúa cada persona tenga una meta que es la dignidad de la persona.

La doctrina social es muy clara e incisiva al respecto «el recto ejercicio de la libertad personal exige unas determinadas condiciones de orden económico, social, jurídico, político y cultural que son, con demasiada frecuencia, desconocidas y violadas. Estas situaciones de ceguera y de injusticia gravan la vida moral y colocan tanto a los fuertes como a los débiles en la tentación de pecar contra la caridad. Al apartarse de la ley moral, el hombre atenta contra su propia libertad, se encadena a sí mismo, rompe la fraternidad con sus semejantes y se rebela contra la verdad divina». La liberación de las injusticias promueve la libertad y la dignidad humana: no obstante, «ante todo, hay que apelar a las capacidades espirituales y morales de la persona y a la exigencia permanente de la conversión interior si se quieren obtener cambios económicos y sociales que estén verdaderamente al servicio del hombre».

No es difícil instaurar lo que podemos llamar espíritu de confianza, solamente se precisa voluntad. Creo que los ciudadanos deberíamos comenzar a valorar a los políticos y a las opciones políticas teniendo en cuenta el espíritu de confianza. Sí, confianza en que lo buscan es hallar soluciones y no votos. Sí, confianza en realizar un camino que mire al otro de manera comprensiva. Sí, confianza en establecer un proceso en el que sean tenidas en cuenta las opiniones y experiencias del tejido empresarial y social. Sí, confianza en que el corazón se muestra sensible a la angustia que tienen que vivir tantas personas que se ven obligadas a moverse de su tierra. Sí, confianza en que están buscando soluciones operativas y eficaces. Sí, confianza en sentirnos solidarios y hermanos. Sí, confianza en el otro.

Cuando veamos que nuestros políticos, de manera unánime, se muestran contundentes ante situaciones tan agobiantes como las que se están dado en países culturalmente cercanos al nuestro, que cada uno ponga el nombre, o en países del continente africano, sin olvidar a otros Continentes, podremos decir que tienen voluntad de instaurar un espíritu de confianza, mientras tanto los ciudadanos tenemos que tener desconfianza.

La mesa de trabajo conjunta sería un ejemplo de que la confianza es posible porque políticos, empresarios y tercer sector realizarían un trabajo, no debemos de tener ninguna duda, ejemplar.

Ejercer la confianza implica actuar desde la dimensión de los derechos humanos, y al respecto el magisterio de la Iglesia nos recuerda que «el movimiento hacia la identificación y la proclamación de los derechos del hombre es uno de los esfuerzos más relevantes para responder eficazmente a las exigencias imprescindibles de la dignidad humana. La Iglesia ve en estos derechos la extraordinaria ocasión que nuestro tiempo ofrece para que, mediante su consolidación, la dignidad humana sea reconocida más eficazmente y promovida universalmente como característica impresa por Dios creador en su criatura. El magisterio de la Iglesia no ha dejado de evaluar positivamente la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, proclamada por las Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1948, que Juan Pablo II ha definido como una piedra angular en el camino del progreso moral de la humanidad».

La próxima semana propondré el tercer punto a desarrollar en la mesa de trabajo


  • 1