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El flamenco: de historicista a modernista

Gracias a Demófilo y los folk-loristas, comenzaron a estudiarse muchas manifestaciones populares antes desdeñadas

23 sep 2018 / 21:36 h - Actualizado: 23 sep 2018 / 21:49 h.
  • Bartolomé José Gallardo. / El Correo
    Bartolomé José Gallardo. / El Correo

Antonio Machado Álvarez y quienes, en 1882, fundaron «El Folk-lore Andaluz» estaban convencidos de que, por el Saber Popular, se hallaba esparcida la Verdadera Historia del Mundo. El folk-lorismo sería, pues, el camino epistemológico para encontrarla.

Estas teorías eran hijas de Herbert Spencer, un sociólogo que, por muy positivista que se presentara, era hijo, a su vez, del romanticismo que encontraba en el pueblo al autor de todo cuanto lo que la humanidad había producido pero lo cierto es que, gracias a Demófilo y los folk-loristas, comenzaron a estudiarse muchas manifestaciones populares, hasta entonces desdeñadas por las instancias académicas, y que ello tuvo una gran importancia en Andalucía y en el flamenco.

En Andalucía porque, después de muchos siglos, este territorio volvía a ser considerado algo con entidad propia, diferenciado del resto de los que componen España, y para el cante porque sus coplas comenzaron a tener valor después de que el alemán Hugo Schuhardt, mentor del padre de los Machado, escribiera un libro que él, en alemán, llamó Die Cantes flamencos.

¿Como se llegó hasta ahí?

Tres cuartos de siglo antes había ocurrido uno de esos hechos maravillosos que, sin embargo, quedan semiescondidos: un intelectual liberal, Bartolomé José Gallardo, preso en la cárcel de los Señores, de Sevilla, por orden de Fernando VII, escuchó asombrado una mañana de 1825 como otros dos internos, uno de ellos gitano según testimonio del propio Gallardo, cantaban de corrido el romance de Gerineldo.

Después de más de un siglo de modas francesas en detrimento de cuanto había pertenecido a la cultura tradicional española, ésta volvía a la vida de la mano de dos personas iletradas en un momento en el que lo francés ya no representaba el progreso sino la reacción pues había sido un ejército galo –los 100. 000 hijos de San Luís– el que habían acabado con el constitucionalismo

Los efectos de la entrada de los 100.000 hijos de San Luis en España duraron poco pero la asunción de los cantos –ya cantes– por los liberales permanecería porque coincide también con la llegada a España de muchos viajeros escritores y con la apertura a las ideas del extranjero de muchos andaluces: el arabista Pascual de Gayangos vive en Londres, Juan Valera es diplomático en diversas embajadas... A la vez, en países como Alemania hay una fuerte corriente que lleva a estudiar el teatro español del Siglo de Oro, las óperas –como ya había sucedido con Mozart– tienen frecuentemente a Granada o Sevilla como escenario de sus personajes, el romancero -sobre todo el que se refiere al Cid- también se estudia y muchas bailarinas españolas y, sobre todo, andaluzas, comienzan a presentarse en escenarios de capitales europeas.

Al principio de estos años es cuando Estébanez Calderón hace pasar a la literatura de ficción en sus Escenas andaluzas lo que Gallardo había escuchado en realidad y presenta al Planeta y otros gitanos como los conservadores de las tradiciones que otros olvidaron, como los que se saben todavía romances antiguos como el del Conde Olinos o el del Conde Sol.

El término flamenco, que hasta entonces había sido aplicado sobre todo a actitudes y bailes y que llevaban aparejado un canto «despreciable», se comienza a volcar sobre este último y a aparecer como algo antiguo.

Es este movimiento romántico «historicista» y, en principio, político, el hecho real que da pie a la ensoñación no menos romántica de una «etapa hermética» que habría terminado sin que se supiera muy bien por qué y que, en realidad, lo hace porque se ponen en marcha las Exposiciones internacionales a las cuales España lleva, ineludiblemente, grupos en los que coinciden profesionales andaluces y cubanos o portorriqueños que aun son españoles.

Así adquiere Andalucía la percepción de rasgos que la distinguen en el conjunto español y ante cualquiera que la visita: el cante, los blancos caseríos de los pueblos, los ceremoniales de la religiosidad popular, las corridas de toros... España –ya en un proceso fatal de decadencia– no tiene otra cosa mejor para llevar a todos esos eventos que las producciones culturales y de espectáculo andaluzas y levantar sus pabellones con remedos o copias de los principales monumentos andaluces: la Alhambra, la mezquita de Córdoba, el alcázar de Sevilla...

Todo eso lleva a que, de forma acelerada, lo andaluz y lo español se vayan confundiendo, un proceso se agudica aun más en la Restauración, la irremediable pérdida de los territorios coloniales de Cuba, Filipinas y Puerto Rico y el nacimiento de los movimientos nacionalistas en el País Vasco y en Cataluña.

En estas circunstancias, cuando todos los que –por una u otra causa– están enfrentados a la administración del Estado alzan su voz contra la decadencia, aquello con lo que se meten como símbolo de esa carrera cuesta abajo, es –precisamente– todo lo andaluz que, a su juicio, había sido «el opio o la música celestial» con la que el Estado había adormecido al pueblo.

Pero es con ese ataque con lo que el flamenco, que primero había sido histórico o historicista –los romances del Planeta– y después social –carceleras, fandangos, malagueñas, tarantas...– comienza a convertirse en lírica pura. Como sucedía en la arquitectura, la pintura o la literatura, también él se estaba haciendo modernista y, por tanto, conceptual. En musa de las vanguardias de los años veinte.


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