viernes, 23 febrero 2018
23:09
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El último golpe

12 ene 2018 / 16:16 h - Actualizado: 12 ene 2018 / 16:17 h.
  • El último golpe

María Reyes del Junco, ganadora de la VIII edición

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Escribió su nombre a mano. Qué extraño, no sé por qué hago esto, parece que necesite el dolor de su presencia en cualquier forma. Terminando la floritura de la última letra, derramó con el dorso de la mano la taza de café. Es que eres tonta, torpe, no sirves para nada. La tinta formó ríos extraños sobre el papel, que venían a morir al borde de la mesa. Goteaba en la alfombra, haciendo una mancha oscura como un vacío. Como un vacío... Ella se sentó en el suelo con las piernas cruzadas a observar ese agujero de café y lloró.

La dinámica del llanto la había dejado tirada en el suelo, presa de una especie de extenuación agridulce que la llenaba de una melancolía sin dolor. Por la pequeña ventana de su bajo podía ver la sombra del cimbreo de los árboles, el vuelo de las hojas cayendo sobre la acera de la calle. Ya es otoño, cuánto tiempo ha pasado, me pregunto si él verá lo mismo desde sus ventanas. Se incorporó y se quedó mirando las botas que había dejado junto al sofá al llegar a casa. Vio la hora en el reloj de la pared. Si me doy prisa puedo coger el bus de las cinco.

Como prometía la ventana, la tarde era una de esas que invitan a pasear con lentitud, sin ningún rumbo en particular. Ella no la pudo disfrutar. Lo vio a lo lejos; se acercaba a la parada y pasaría en menos de un minuto. Esquivando felices niños, parejas enamoradas, ancianos de sonrisa serena, bajo ese sol indolente de luz dorada, corrió calle abajo, ajena a toda belleza. Alcanzó las puertas a medio cerrar, pero pudo subir en el bus de las cinco. Se sentó al fondo, donde procuraba sentarse siempre desde hacía muchos años. Tantos años. En realidad ya no tengo por qué hacerlo, ni sentarme escondida, ni ir con la cara lavada, ni pedir permiso para salir, ni nada de eso... aunque cuánto le echo de menos. Se enfureció consigo misma por esto último y, para compensar la mala costumbre, se cambió a un asiento más adelante, bien a la vista. No pudo desprenderse de la sensación de estar cometiendo un agravio durante todo el trayecto.

La cárcel era un edificio desolado en las afueras, como un tropiezo en la llanura seca, salpicada de arbolitos desmigados aquí y allá bajo los cables de los postes eléctricos. Preguntó al portero por el régimen de visitas. Aunque era tarde, estaba de suerte, aún podría hablar con él un cuarto de hora. La hicieron pasar por el arco de seguridad. Aquellos hombres se movían con la rutina y el cansancio de la última hora de la tarde. No saltó ninguna alarma. Ni siquiera le pidieron el bolso. La llevaron a una estancia no muy grande, llena de mesas y sillas como un bar desierto. Un par de vigilantes paseaban con cierto fastidio frente a las dos puertas de la sala. Ella se sintió incómoda ahí sola, y fue a refugiarse al baño. Allí se miró en el espejo. Qué ojeras tengo, y estos pelos... qué vergüenza que me vea así después de todo este tiempo, aunque me ha visto peor, Dios lo sabe, mucho peor. El bolso entreabierto le dejaba ver con un leve brillo lo que había venido a hacer. Al final voy a tener que hacerlo; nadie me va a impedir terminar con esto. Con los rescoldos que quedaban de su coquetería dormida, se pellizcó las mejillas y se levantó un poco las pestañas con agua. Luego suspiró, como si se estuviera despidiendo de su reflejo.

Volvió a la sala y se sentó a esperarle. Por sus ventanas no se ve el otoño, sólo está este cielo plano, esos cables tan feos. Se recostó en la silla para relajar la espera, y entró un hombre de pelo cano mirando al suelo. No lo reconoció hasta que levantó la mirada y, por primera vez en ocho meses, tres semanas y cinco días, le miró a los ojos. Se sintió caer en ellos, más bajo de lo que había caído nunca. Él se sentó con lentitud, y ella agarró con fuerza el bolso ante el pecho, como si tratara de protegerse de lo que iba a hacer. Fueron unos largos minutos de silencio. Las paredes, las mesas, las sillas y las ventanas, todo parecía desplomarse sobre ellos. El peso los dejó inmóviles, el uno frente al otro. Ella observó las manos del hombre, y se entristeció porque todavía las amaba, a pesar de las heridas que le hicieron esos puños. Intentó sonreír, pero sólo consiguió esa expresión contradictoria entre el llanto y la sonrisa. Sacó algo del bolso y, antes de que él pudiera hacer nada, apuntó y apretó. Casi había terminado de atardecer por las feas ventanas de la cárcel. A través de los cristales, parecía que unos diminutos pájaros rojos se hubieran posado sobre los postes eléctricos.


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