sábado, 20 julio 2019
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Pasión bajo control

31 mar 2018 / 21:28 h - Actualizado: 31 mar 2018 / 21:28 h.

A ver en qué quedamos. Antes, que si la Madrugá de Sevilla se estaba poniendo imposible con la masificación, con tanta chusma y tanta botellona. Y ahora, cuando por primera vez comprobamos los efectos de un dispositivo de seguridad riguroso y absolutamente necesario para prevenir incidentes en las aglomeraciones, también se oyen voces descontentas porque algunas cofradías iban «muy solas» en sus recorridos. Pues mejor solas. Más recogimiento y más penitencia. Que solas no iban, por supuesto. En las zonas más restringidas tenían el público justo para que el espectáculo pudiera ser considerado religioso en lugar de parecerse a una celebración tumultuaria.

Es un hecho que este año ha dado la impresión de que lo prioritario en Semana Santa es la seguridad. Refuerzo policial, cámaras de vigilancia, bares cerrados, reducción de sillas en algunos puntos de la carrera oficial, sistemas de control de la afluencia de público, sofisticadas medidas antipánico. Que esa prioridad no se corresponde en absoluto con el sentir de los ciudadanos salta a la vista, el sevillano quiere vivir su gran fiesta de la fe con una intensidad y una espontaneidad que no admiten demasiadas cortapisas, aunque tras los episodios de estampidas y desórdenes de las últimas Madrugás hubo que reconocer que el factor miedo se había instalado entre la población sevillana. Pues ya iba siendo hora.

Y no hablo del miedo a la turba de gamberros que, al amparo de la noche festiva, toman las calles del centro de Sevilla sin ningún interés por contemplar las procesiones de la Madrugá ni por respetar a los que quieren hacerlo. Me refiero al miedo a las multitudes en sí mismas. Entre los sevillanos siempre ha existido una especie de convencimiento de que las bullas fluyen espontáneamente, se mueven siguiendo leyes naturales y se regulan como si tuvieran conciencia de sí mismas. Por eso con frecuencia no han recibido las medidas restrictivas impuestas por las autoridades con la complacencia que cabría esperar. Sentían que se les estaban imponiendo barreras y desvirtuando la esencia popular de la Semana Santa sevillana.

Pero no nos engañemos: Tras el funcionamiento natural y espontáneo de estas fiestas hace ya mucho tiempo que se encuentra un complicado dispositivo de orden y control que sin la contribución de las fuerzas de seguridad y del gobierno local sería imposible de poner en marcha. Porque no es lo mismo una bulla de 50.000 que una de 500.000. Ni unos desfiles procesionales con 70.000 penitentes en vez de 7.000. Y una multitud (por mucho que me digan que las bullas saben lo que se hacen) representa por sí misma un riesgo descomunal en determinadas circunstancias imprevisibles. Sin necesidad de que cuatro cafres quieran armar gresca, un incendio, un accidente o una simple caída pueden desencadenar una tragedia.

Así que cuando ya casi todos nos habíamos convencido de que hablar de seguridad en unas aglomeraciones de estas características era algo absolutamente necesario y se han impuesto restricciones y acotado espacios para impedir el exceso de público, ahora me toca escuchar que «hay que ver lo sola que iba la cofradía por tal o cual calle». Pues mejor. Mucho mejor que en desbandada. ¿O no?


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