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Pedro Sánchez, el eje de la coherencia y el bien común

Lo coherente para el partido socialista sería gobernar en solitario

19 may 2019 / 17:05 h - Actualizado: 19 may 2019 / 17:08 h.
  • Pedro Sánchez, el eje de la coherencia y el bien común

En el artículo de la semana pasada concluí escribiendo que la coherencia debería de ser el segundo eje que vertebre el trabajo del nuevo Gobierno en España.

Atendiendo a la reflexión que realicé, teniendo como marco el diálogo, hoy quiero aportar, con humildad, algunas ideas sobre lo que supone ser coherente para un nuevo gobierno.

Pero ¿de dónde parte la coherencia? La respuesta es clara, de la Constitución. Nuestra Carta Magna tiene como base el Estado Social de Derecho y recoge los derechos y deberes de todos los que formamos parte del territorio que configura nuestro país. Todos somos iguales. Esto posibilita que tengamos un gran potencial, pudiendo demostrar que somos una realidad social y cultural que tiene una gran proyección, no solo en Europa sino en el mundo.

La coherencia conlleva no abandonar el objetivo de construir una sociedad en donde nos podamos sentir protagonistas de una historia que busca el encuentro.

Pedro Sánchez tendrá que articular un camino que cuente con el suelo firme de la Constitución, al mismo tiempo que deberá esforzarse por ser el Presidente de todas las personas que configuramos España, buscando la común unión. Hay que gobernar desde la generosidad y nunca desde el rencor.

La coherencia de un gobierno conlleva la obligación de escuchar y de respetar; al mismo tiempo que posibilita, a quien gobierna, el fomentar un marco legislativo que haga de la creatividad, de la innovación y de la convivencia los tres objetivos de todos los proyectos que desarrolle en la legislatura.

La coherencia implica que cada miembro del nuevo gobierno fomente, además de los puntos anteriores, la búsqueda de soluciones a los problemas reales de la población. Hay que saber conjugar los principios ideológicos con los valores de quienes tenemos la capacidad de cambiar gobiernos cada cuatro años.

El protagonismo que asumen los partidos políticos, después de unas elecciones, en los medios de comunicación, a veces es desmedido, porque pareciera que el mundo gira alrededor de los candidatos de cada formación política. Formar gobierno, elegir candidatos para presidir las cámaras, nombrar responsables ministeriales, configurar las estructuras operativas de gobiernos con personas de confianza, no deja de ser un proceso normal en el juego democrático; pero está muy alejado de los verdaderos problemas que configuran el día a día de la ciudadanía. Por esta razón, aparecer permanentemente en los medios puede llevar al político a creer que es centro del mundo.

El día a día de cada persona es construir un proyecto de vida que pueda dar sentido al presente y al futuro.

Por esta razón, la coherencia del Presidente de Gobierno será el estar muy atento al presente y al futuro de quienes configuramos el país al que él tiene que servir. Esto exige una gran dosis de humildad , en donde la soberbia no tiene cabida y, sí la voluntad de construir un proyecto en el que nos podamos sentir orgullosos de formar parte de España como punto de encuentro.

Coherencia es dejar de enfrentarnos. Coherencia es dejar de pensar que separándonos nos irá mejor. Coherencia es creer que la fraternidad hará posible que superemos lo que nos distancia. Coherencia es avanzar conjuntamente en la sostenibilidad del Estado Social de Derecho.

La realidad es que los ciudadanos tenemos, en la mayoría de las ocasiones, la sensación de que estamos muy lejos de los políticos y de lo que éstos nos proponen. Existe disociación y esto da lugar a que cada cuatro años votamos sin mucha ilusión y, cada vez más, con el riesgo de apoyar a partidos populistas o a visiones populistas de los partidos con historia y tradición democrática.

Si hiciéramos un análisis de los discursos realizados por los diferentes líderes de los partidos existentes en nuestra trayectoria democrática, me estoy refiriendo, a aquellos que están presentes desde que se inaugurara el cambio político en 1978, nos percataríamos que se ha perdido mucha coherencia porque lo que hoy defienden nunca hubiera tenido cabida en los principios ideológicos de los mismos. Esto puede ser interpretado por unos como adecuación a los tiempos; pero la verdad es que supone pérdida de identidad ¡Ojo! cuando ésta se diluye existe un gran riesgo: gobernar sin coherencia. La falta de esta dimensión, aunque ahora pudiera dar la sensación de fuerza porque se obtienen más representantes para el Congreso y para el Senado, con el tiempo puede conducir al hundimiento electoral.

Soy consciente que cuando se está viviendo un triunfo electoral, al haber sido el Partido más votado, leer esto por el que será Presidente del Gobierno y, por sus asesores, y por quienes están alrededor suyo les podrá resultar irrelevante; pero algún ejemplo reciente existe cuando un partido político no quiso ser coherente y no se planteó romper con un estilo de gobernar, que se estaba alejado de la realidad.

Lo coherente para el Partido Socialista sería gobernar en solitario porque esto haría posible que tuviera que hablar, durante toda la legislatura, con todas las fuerzas políticas con representación parlamentaría. Esto supondría, de verdad, inaugurar lo que tantas veces se ha señalado ¡Que gobierne el partido más votado!

Para que esto fuera posible es preciso que el resto de las fuerzas políticas también asumieran este hecho; claro, supone tener coherencia y reconocer el rol que les ha tocado tener al no haber alcanzado los votos suficientes para poder gobernar. Se requiere, por su parte, humildad y no pretender un protagonismo que no les corresponde. Este debe ejercerse en una oposición leal y coherente que busca, ante todo, servir.

El Bien Común puede ayudar a que la coherencia sea el segundo eje, el primero es el diálogo, de un Gobierno que no debería obviar lo que el Concilio Vaticano II nos decía, nada más que hace cincuenta años, en un párrafo de la Constitución Gaudium et Spes: "La igualdad fundamental entre todos los hombres exige un reconocimiento cada vez mayor. Es evidente que no todos los hombres son iguales en lo que toca a la capacidad física y a las cualidades intelectuales y morales. Sin embargo, toda forma de discriminación en los derechos fundamentales de la persona, ya sea social o cultural, por motivos de sexo, raza, color, condición social, lengua o religión, debe ser vencida y eliminada por ser contraria al plan divino. En verdad, es lamentable que los derechos fundamentales de la persona no estén todavía protegidos en la forma debida por todas partes. Es lo que sucede cuando se niega a la mujer el derecho de escoger libremente esposo y de abrazar el estado de vida que prefiera o se le impide tener acceso a una educación y a una cultura iguales a las que se conceden al hombres.

Más aún, aunque existen desigualdades justas entre los hombres, sin embargo, la igual dignidad de la persona exige que se llegue a una situación social más humana y más justa. Resulta escandaloso el hecho de las excesivas desigualdades económicas y sociales que se dan entre los miembros y los pueblos de una misma familia humana. Son contrarias a la justicia social, a la equidad, a la dignidad de la persona humana y a la paz social e internacional.

Las instituciones humanas, privadas o públicas, esfuércense por ponerse al servicio de la dignidad y del fin del hombre. Luchen con energía contra cualquier esclavitud social o política y respeten, bajo cualquier régimen político, los derechos fundamentales del hombre.

Más aún, estas instituciones deben ir respondiendo cada vez más a las realidades espirituales, que son las más profundas de todas, aunque es necesario todavía largo plazo de tiempo para llegar al final deseado".

La próxima semana reflexionaré sobre el tercer eje que debería de formar parte de un gobierno de servicio: el respeto hacia los demás.

David López Royo

Sociólogo


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