martes, 18 junio 2019
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Una cueva llamada Venezuela

11 feb 2019 / 11:00 h - Actualizado: 11 feb 2019 / 12:03 h.
  • Jordi Évole entrevista a Nicolás Maduro. / La Sexta
    Jordi Évole entrevista a Nicolás Maduro. / La Sexta

Jordi Évole volvió a entrevistar a Nicolás Maduro, y más allá de debates éticos y planteamientos moralistas, hay que decir que lo interesante del programa no fue lo que dijera o no Maduro- muy previsible a estas alturas- sino la actitud que muestra durante la grabación. Hay muchas diferencias entre el Maduro de la primera entrevista y el de la segunda. En la primera, derrochaba la chulería y espontaneidad a la que nos tiene acostumbrados; mientras que en la segunda parece perdido e incluso asustado. La mirada se torna huidiza y falta de esa fortaleza ardiente que demostraba en el pasado al hablar del proyecto revolucionario. Su discurso es el mismo, pero la clave es la forma, porque –en efecto- el continente tiene mucho que ver con el contenido. El presidente se justifica, se lava las manos como un Pilatos moderno, y mantiene el victimismo mientras señala a los urdidores del complot: Estados Unidos en connivencia con Europa. Sea como fuere, si hay algo cierto en toda esta historia es que la superpotencia por excelencia no mueve ficha si no hay grandes intereses de por medio, y que hay cosas que chirrían.

Que Maduro se ha convertido en un “presidente/dictador” es algo en lo que todos estamos de acuerdo, pero el excesivo bombardeo mediático lleva a plantearse que hay algo que se nos escapa a todos.

Durante los últimos años los medios de comunicación han atacado de forma sistemática tanto a los gobiernos de Chávez como de Maduro, hasta hacer calar en el imaginario colectivo occidental la equivalencia entre Venezuela y dictadura. Se nos habla de una inflación insostenible y de una falta de recursos y alimentos catastrófica, y lo que uno se plantea es: ¿cómo es posible que no haya estallado una guerra civil antes? ¿Cómo está sobreviviendo la gente en una situación tan apocalíptica? Y ¿cómo es posible que Maduro siga teniendo un considerable apoyo social?

Dice Maduro que Évole está contaminado por el discurso del sistema, por los intereses del capital, y lo cierto es que ninguno de nosotros- que tan libremente opinamos- conoce bien lo que está ocurriendo en Venezuela. Puede que lo esté, o puede que no. Puede que el discurso bolivariano le suponga un problema a un sistema que tiende a protegerse con ferocidad, y que sus recursos naturales sean un buen aliciente para sofocarlo. O puede que, en efecto, Venezuela se encuentre al borde de una guerra civil por la nefasta gestión de un dictador, y que Estados Unidos quiera aprovechar la coyuntura para apropiarse de las reservas de petróleo venezolanas.

La segunda parece la más probable, o al menos la más verosímil para el discurso del orden natural de las cosas, pero todo apunta a que no se nos está contando la verdad o que se han manipulado medias verdades.

Más allá de lo anterior, resulta alarmante que un grupo de presidentes se haya tomado el atrevimiento de reconocer a un señor que se ha autoproclamado presidente en una plaza (más allá de que sea legítimo o no) como si la soberanía de un país democrático dependiera del reconocimiento externo; y que Europa se crea en posesión de la autoridad moral suficiente para lanzar un ultimátum a un país que no forma parte de su área de influencia gubernamental.

Independientemente de la legitimidad de Guaidó, queda clara una cosa: Maduro se siente acorralado. Ha tratado de afianzar la lealtad de unas milicias que probablemente ya estén en contacto con la inteligencia americana, a golpe de giras por todo el territorio venezolano; y da la impresión de estarse planteando abandonar el país muy seriamente. Lo último sería la única vía lógica para evitar el inminente derramamiento de sangre que viene anunciando la oposición desde hace algunos años, cuando ya empezaban a alertar de la insostenibilidad de la situación en Venezuela. El problema es que en estas cuestiones la lógica no suele imperar, y el presidente parece querer mantener el pulso a Occidente, después de que este haya ratificado su postura.

De lo que no cabe duda es de que la intervención militar que ha puesto sobre la mesa la Casa Blanca tiene más que ver con intereses económicos que con el espíritu humanista-liberador que quieren vendernos. Ahí está la clave para empezar a darnos cuenta de que Venezuela se nos plantea como una gran nebulosa que nos ciega y de la que no sabemos gran cosa. Una pista más para entender que ni la globalización, ni los medios de comunicación de masas ni la tecnología han logrado sacarnos de la famosa cueva de Platón, que nos mantiene ignorantes de la realidad. Sea cual sea.


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