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Pasa la vida

Ver el Mundial con la nariz tapada

14 jun 2018 / 23:30 h - Actualizado: 14 jun 2018 / 19:34 h.

España se ha vestido de Mundial admirando la mentalidad ganadora de Rafael Nadal, jaleando la orden de ingreso en prisión contra Iñaki Urdangarín, valorando positivamente que Maxim Huerta no sea ministro ni de Cultura ni de Deporte, y maldiciendo el contubernio de Florentino Pérez & Julen Lopetegui para desestabilizar la dinámica de concordia nacional con la rojigualda. Menos mal que nos queda Iniesta como embajador balompédico de los buenos valores para aterrizar dignamente en un campeonato corrompido desde su génesis por gobernantes, federativos, intermediarios, directivos, mafias de las apuestas a través de internet,... Rusia 2018 tiene el terreno de juego muy embarrado por Putin el Implacable. Un poderoso dictador que fascina a quienes, en cualquier faceta, desean ganar a cualquier precio. Compró, mediante sobornos, las voluntades de numerosos dirigentes de la Federación Internacional (FIFA) y representantes de varios países, para que votaran la candidatura rusa. Mayor aún fue el nivel de corrupción para otorgarle a Catar el Mundial 2022. Son las papeletas de un papelón que sería invalidado si se le aplicara la tecnología del VAR (videoasistente arbitral) a las urnas con las que se gobierna el fútbol.

La selección masculina de fútbol, la bandera común de Sergio Ramos y Gerard Piqué, es la España que alcanza mayores cuotas de audiencia en los hogares de Cataluña y el País Vasco. Quien más quien menos soñaba con el Mundial como un mes de tregua para disfrutar de la universalidad futbolística sin estar sometido al sempiterno y hartible exceso de protagonismo del pim pam pum Real Madrid-Barça en la vida del país. Pero ficha el Madrid al invicto seleccionador y lo anuncia 72 horas antes del debú. Lamentable. Y Bartomeu, el presidente del Barça, sale a la palestra deseando que la Argentina de Messi gane la Copa del Mundo. Un recurso dialéctico para evitar pronunciarse sobre la selección con la que se identifican la mayor parte de los barcelonistas españoles, y en la que son titulares jugadores catalanes de su club como Sergio Busquets (nacido en Sabadell) y Jordi Alba (nacido en Hospitalet). Patético. Persiste irrefrenable la omnipotencia y sobredimensión de los dos grandes clubes.

En la Rusia que ha hecho del deporte de élite un doping de Estado (por eso el Comité Olímpico Internacional vetó su presencia en las pruebas de atletismo de los Juegos de Río 2016, y en casi todas las modalidades de los Juegos de Invierno de PyeongChang 2018), y ha vertebrado con el pretexto del fútbol la red de bandas ultras más salvajes, comienza un gran espectáculo que conviene ver con la nariz tapada. España sale al campo sobresaltada, malquerida y cariacontecida tras el caso Lopetegui. El destino ha querido que enfrente, en el primer partido, esté el rival con más capacidad para motivar el cierre de filas, la unidad de acción y el ansia de victoria: Cristiano Ronaldo. El ídolo más odioso. Ególatra hasta el infinito y más allá. Presunto defraudador a la Hacienda que somos todos. La Agencia Tributaria le reclama unos 30 millones de euros. Y el delantero, qué casualidad, le exige a Florentino una cantidad similar como plus extra para cumplir su contrato y quedarse en el hegemónico club de la Champions.

Los marcajes al hombre en el fútbol moderno son la táctica a seguir para que no nos metan más goles en los paraísos fiscales.


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