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«Cada rodaje me lo planteo como intentar escribir un poema en una montaña rusa»

Director de cine y series de televisión. Paco Cabezas lleva tres años siendo elegido por personajes de Hollywood como Nicolas Cage para ponerse en sus manos y aprovechar su autodidacta inventiva ‘friki’ desarrollada desde su infancia de Rochelambert

17 jul 2016 / 11:36 h - Actualizado: 17 jul 2016 / 11:51 h.
  • Paco Cabezas, antes de viajar hacia Vancouver (Canadá) para rodar la serie ‘Dirk Gently’. / J.L. Montero
    Paco Cabezas, antes de viajar hacia Vancouver (Canadá) para rodar la serie ‘Dirk Gently’. / J.L. Montero

Minutos antes de saludar a la familia y subirse al AVE en Santa Justa, para, vía Madrid, volar hasta Vancouver (Canadá), donde ya está ultimando el rodaje de dos capítulos de la serie Dirk Gently, Paco Cabezas sacaba de la maleta su pertenencia más valiosa: el exhaustivo storyboard (guión gráfico) que ha ido trabajando a partir del guión escrito, con todo tipo de indicaciones que ha pensado para realizar cada plano, cada secuencia y cada escena. «Después lo paso a un programa de ordenador donde voy haciendo fotogramas, los recorto y pego. Es mi manera de trabajar antes del rodaje. Me sentiría como un fraude si no llegara al primer día del rodaje hiperpreparado, con propuestas y respuestas para cualquier detalle. No puedo estar hablando con actores, guionistas y productores con la sensación de que saben más que yo».

Absolutamente apasionado por lo que hace, Paco Cabezas tiene ya en su curriculum dos largometrajes realizados para productoras de Hollywood: Tokarev (2014), con Nicolas Cage, quien confió en él tras ver Carne de neón (2010), principal película de su etapa debutante en España (protagonizada por Mario Casas y Macarena Gómez); y Mr.Right (2015), con el reparto encabezado por Sam Rockwell, Anna Kendrick y Tim Roth. No podía ni soñar, cuando rodó en 2000 su ‘opera prima’, Invasión travesti, que su desmadrada inventiva iba a convertirse años después en vitola de talentoso sobre todo para las escenas de acción y violencia.

–Comencemos por lo inmediato. ¿Qué es Dirk Gently?

–Un personaje de ficción, excéntrico detective, creado en Reino Unido por el novelista Douglas Adams, ya fallecido. Es una mezcla de Sherlock Holmes y Doctor Who. Su ‘agencia de investigaciones holísticas’ da pie a muchas locuras de ciencia ficción. En Estados Unidos ha tenido éxito, con guiones de Max Landis (hijo del cineasta John Landis), el autor del guión de Mr.Right, mi última película. Como ésta fue una experiencia muy positiva para ambos y nos llevamos muy bien, Landis me ha propuesto para dirigir los dos últimos capítulos de la primera temporada de la serie, producida para BBC America. El actor protagonista es Elijah Wood, el que encarnó a Frodo en El señor de los anillos.

–¿Tiene ya firmados más rodajes televisivos?

–Sí, en noviembre y diciembre de este año voy a dirigir en Dublín capítulos de la serie Badlands, de la cadena de televisión norteamericana AMC. Y tanto este encargo como el actual son consecuencia de haber sido elegido para rodar hace unos meses cuatro capítulos de la tercera temporada de Penny Dreadful, serie de gran éxito, con ambiente de terror gótico, con actores como Eva Green, Timothy Dalton y Josh Harnett. Ha sido una gran experiencia.

–Y ahora sitúe a los lectores en un flashback biográfico.

–Nací en Sevilla hace 40 años. Mi madre es profesora de francés, ya jubilada, y mi padre es obrero de la construcción. Somos tres hermanos, el mayor es profesor de inglés, yo soy el segundo y mi hermana es psicóloga. Mi barrio es Rochelambert. Mi colegio, La Candelaria, al lado de Los Pajaritos. El gran aliciente en mi infancia era comprar videojuegos ilegales de Spectrum, y alquilar películas en el videoclub, ambas cosas en Los Pajaritos. Y que no me robaran el dinero en las calles, o cuando jugaba al futbolín o a las maquinitas en la típica sala de recreativos, enfrente del Instituto Luis Cernuda, donde continué mis estudios. Aprendí mucho en ese ambiente callejero de futbolines, veía una gran cantidad de personas muy curiosas.

–¿Aprendió también en las aulas?

–Me escapaba todo lo que podía pero era buen estudiante, sobre todo en lo que daba opciones a ser creativo. Recuerdo que, en el último curso del cole, la profesora nos dijo que teníamos que escribir un cuento, de 40 o 50 páginas, entre varios compañeros. Y yo le escribí todo a todos. Como me gustaba tanto, fingí la letra de cada compañero de al lado, se lo pasaba escrito y él copiaba el cuento con su letra. Era de ciencia ficción, un cuento futurista con lobos asesinos... Contar historias me encantaba, siempre me cogían para hacer las funciones de teatro escolar.

–¿Cuál fue su primera experiencia juvenil con una cámara?

–Intenté coaccionar a mi madre todo lo posible para que me comprara una cámara, pero no teníamos dinero en la familia para eso. En los años 80, cualquier cámara era muy cara. Pero un amigo, Iván, sí tenía una. Yo iba todos los días a su casa a jugar y le acabé convenciendo de que hiciéramos juntos unos cortometrajes. Uno de los primeros que hicimos juntos, y en su casa, fue una especie de versión corta de El silencio de los corderos. Yo hacía de Hannibal Lecter y él de Clarice Starling. Era muy divertido, la terraza tenía la típica puerta de cristales y eso era la celda de Hannibal Lecter.

–¿Y en la Universidad?

–No me llegó la nota para entrar en la Facultad de Comunicación, donde estaban todos mis amigos, y me metí en Filología Española para ver si me encaminaba a la Literatura. Pero me iba de las clases para leer en el parque obras de Arthur Miller. Me hice un carné falso de estudiante de Ciencias de la Información, y rodé muchos cortos. Y me colaba en la sala de montaje. Ayudaba a muchos a manejar los equipos. Todos me conocían como el chavalito gordito que se lo sabía todo sobre las cámaras y el montaje, y al que recurrir para resolver los problemas. Me convertí en una especie de ‘friki’ que controlaba la parte técnica, era como un polizón en la facultad.

–¿Así hizo carrera?

–También estudié en el Centro Andaluz de Teatro (CAT), que se estaba ya descomponiendo. Fue por insistencia de mi madre para que estudiara algo. Y tuve la suerte de aprender muchísimo con buenos profesionales del teatro, y con jóvenes actores como Paco León y Vicente Romero. Fue una época en la que me ganaba la vida cantando en bodas en un coro con mi guitarra, vestido de chaqueta y corbata. Salía raudo para llegar al CAT y hacer espectáculos tipo ‘happening’ sobre barro, todos pegando gritos. Y volvía a transformarme y ponerme el traje para cantar en otra boda. Eran cambios esquizofrénicos.

–¿Es sobre todo autodidacta?

–Realmente no he estudiado nada en el mundo académico. Cuando ahora me invitan a dar una sesión a los alumnos, en una facultad, o en una escuela de cine, les enseño lo que sé: les muestro cómo trabajo con los guiones en Hollywood, cómo preparo los rodajes, etc. Y les digo: «¿Qué cojones hacéis aquí?. Salid. No gastéis el dinero en pagar una matrícula. Las escuelas enseñan chorradas. Gastar vuestro dinero en rodar un cortometraje o una película independiente». La clave del cine es hacer, no estudiar. Para mí fue más escuela de cine trabajar en un videoclub en Madrid, cuando me enamoré de una chica y me fui detrás de ella, a Madrid. Y también me ganaba la vida cantando con mi guitarra en el Metro. En la estación Antón Martín, que tenía buena acústica. Año y medio para subsistir, porque no tenía ni un duro.

–¿Es cierto que en EEUU valoran mejor a cualquier persona por lo que sabe hacer que por sus diplomas?

–Son más inteligentes para elegir desde un criterio básico: que tu trabajo hable por ti. Por eso dan oportunidades a Bayona, Amenábar, Vigalondo y otros cineastas que eran chavales en los años 80 y que se han criado con el cine, En España tenemos la tendencia a crear equipos de trabajo desde el amiguismo, del tipo: «Conozco a Pepito, y aunque no sea el mejor me fío de él». El cine es un negocio que se cimenta sobre lo inmaterial, y es muy importante tener un talante positivo. En la sociedad española nos lastra el exceso de negatividad y pesimismo. Los norteamericanos también tienen su lado oscuro, pero confían más en sacar adelante lo que proponen.

–A bote pronto, mírese en el espejo de sus inicios, rodando Carne de neón.

–He aprendido a descansar por las noches, para que mi cerebro esté al máximo en las jornadas de rodaje. En mis comienzos, lo pasaba fatal. Recuerdo, en Carne de neón, me despertaba todas las madrugadas, y me ponía a dirigir de pie, sonámbulo, ante el espejo gigante del apartamento de Buenos Aires en el que me alojaba. Y hasta que no me veía reflejado, desnudo, no me daba cuenta de que estaba sonámbulo.

–¿Qué plazo tiene para rodar cada capítulo de una serie televisiva?

–Solo ocho o diez días por capítulo. Hay que trabajar muy rápido. Tengo que dar muchísima acción y me gusta rodarlo yo. Otros directores delegan eso a un director especializado en escenas de acción, pero a mí me gusta hacerlo todo y dotarlo de estilo, que no sea la típica cámara al hombro moviéndose de un lado para otro. Para mí, rodar una película o una serie es como intentar pintar un cuadro en un incendio, como intentar escribir un poema en una montaña rusa. Siempre es crear en un estado de tensión. Me gusta. Y me gusta tener a cien personas en tensión rodeándote y haciéndote un millón de preguntas. Mi cerebro funciona bien bajo presión.

–¿Y le influye la presión de los productores exigiendo que sea un éxito comercial?

–El mejor consejo que he recibido cn el cine me lo dio el productor Isidro Terraza cuando hice la película Sexykiller, locura escrita por mí. Me dijo: «En el cine nadie sabe nada». Muchas películas buenas salen adelante porque nadie sabe nada, sus artífices defienden con pasión que es algo bueno, que va a funcionar en taquilla, y se lo creen tanto que acabas convenciendo a un productor. Son muchos los ejemplos. Por citar uno: Breaking Bad es una serie de televisión de enorme éxito cuyo punto de partida era hacer algo que rompiera los cánones y procurara una experiencia diferente.

–¿Qué cineastas son sus referentes?

–Desde pequeño me influenció mucho Scorsese, y después Tarantino. Me gusta cualquier cine que rompa un poco las reglas e intente hacer algo diferente. Como ocurre hoy mucho desde el cine coreano, en Corea se están haciendo películas estéticamente impecables que, tanto narrativamente como formalmente, son rompedoras. En el cine independiente norteamericano también hay películas muy buenas. Por ejemplo, me gusta el director Jeremy Saulnier y sus dos películas, Blue Ruin y Green Room. En general, el cine de Hollywood me aburre bastante. Mi idea al hacer películas como Mr. Right es ésta: aunque sea una comedia romántica envuelta en caramelo, en el fondo es bastante incorrecta políticamente, porque es una película sobre asesinos, es como intentar infiltrarme y corromper desde dentro el sistema de Hollywood. Yo he estado fuera del sistema haciendo cine, con películas como Invasión travesti, y es muy duro estar fuera del sistema. Prefiero intentar hacer cine desde dentro con cosas que parezcan comerciales pero que en realidad no lo son.

–En su cine está muy presente la violencia. Si le definen como director de cine violento, ¿cómo se siente?

–Me siento bien, no tengo ningún problema. Para mí, la violencia en el cine es estética. Siempre he entendido que el mundo es un caos. Lo que nos rodea no tiene sentido. Véase la de gente que ahora quiere jugar como sea al Pokémon Go, es absurdo. El caos es imposible de ordenar, y utilizamos el arte y la ficción para ordenar el caos, como una especie de arma absurda que nos ha dado nuestro intelecto. Cuando represento la violencia no estoy representando la violencia real, es una violencia estética. Me importa más cómo cae la sangre sobre una pared, que es casi como una pintura, o cómo puedo rodar un tiroteo en cámara lenta. Para mí, eso no es violencia. Y suena un poco pedante lo que digo, pero ese cine me parece divertido, y no es banalizar la violencia verdadera. Quien perpetra asesinatos porque está loco no necesita para el crimen la más mínima excusa aportada por la ficción. Como el asesino de cinco policías en Dallas con la excusa de que han asesinado a otro afroamericano. No creo que el cine violento sea perjudicial para el espectador, es algo disfrutable.

–Cuando en EEUU hay tremendos sucesos como la matanza en la discoteca de Orlando y adquiere más relevancia el debate político y social sobre la violencia, ¿la industria del cine no se contiene para ser políticamente correcta?

–No, la influencia de lo políticamente correcto sí ha llegado en otros dos temas: el sexo y los cigarrillos. Los personajes no pueden fumar porque entonces la película no se vende en China, India, Pakistán,... Estuve una vez en Turquía y ponían en la tele Pearl Harbor, la película de Ben Affleck, y digitalmente habían colocado mariposas para que no se viera ni el cigarrillo ni el humo. Para la sociedad, es una terapia el cine con violencia, igual que se ve en la pasión por los videojuegos o con el fútbol. El ser humano necesita de esos bálsamos. A mí no me gusta nada el fútbol, pero me parece bien que sirva de opio para el pueblo. Y la inmensa mayoría de los aficionados al fútbol no son violentos.

–Para usted, ¿el amor es parte del mismo caos?

–El amor es otra forma de ordenar el caos. Tanto el arte como el amor. Las mejores cosas que me han pasado en la vida son gracias al amor y al humor. Los mejores placeres que he tenido son el sexo y el cine. Si no existieran el amor y el humor, sería para tirarnos por un precipicio.

–¿El Hollywood con el que se relaciona es de alfombra roja o de currantes?

–En general, los actores están locos, y eso lo digo como un piropo, que quede claro. Para crear, se necesita una dosis de locura. Si no la tienes, al final eres como un contable, con todos mis respetos hacia los contables. La fase más loca de la creación de una película es cuando trabajo con actores. Les trato como niños, como borrachos o como locos, como iluminados que tienen intuiciones correctas. Y tú tienes que cuidarles. Ojalá yo tuviera esa locura que a veces tienen los actores. La mía es más racional. Intento reírme mucho con ellos y no tomarme demasiado en serio ni a mí mismo ni a las vicisitudes que pasan. En los rodajes, muchas veces estás en situaciones realmente jodidas con actores. Intento tomármelo con sentido del humor y pensar: «Joder, qué divertido, estoy aquí en medio de Alabama lloviendo a mares, con Nicolas Cage, con problemas surrealistas que están surgiendo, y no estoy en una oficina trabajando de 8 a 8. Asumir el caos me divierte».

–¿Cuánto cobra por dirigir una película?

–Por una película de producción independiente como Mr. Right, estaba estipulado 100.000 dólares. Al final tuve que aceptar 75.000, porque di un 25% de mi sueldo para que la película se terminara porque no había presupuesto suficiente. Un ejemplo de cómo te sacrificas más por llevar a cabo algo en lo que crees. Con la conversión a euros, y tras el pago de impuestos, lo que de verdad he ingresado son unos 40.000 euros por un año de trabajo. Esta es la dinámica generalizada en el cine y en la televisión, los contratos supermillonarios cada vez son para menos personas.

–Con esos ingresos, ¿cómo se maneja en una ciudad cara como Los Ángeles?

–Mi medio habitual de transporte es el patinete. Después de gastar mucho en taxis, me di cuenta de que era lo mejor para recorrerme Hollywood de arriba abajo. Sí, es verdad que a veces he llegado sudado a alguna reunión en la Fox o en la Universal. No me gusta el modelo de vida que tiene al coche como símbolo. Me impresionó la absurda muerte del actor Anton Yelchin (conocido por Star Trek), aplastado contra la fachada de su casa por su supercaro y silencioso coche con la marcha atrás activada. Yo gasto poco: en comida y en los servicios de Netflix y iTunes para ver películas y series, que me encanta.

–¿Qué le aconseja a quien se aventure a trabajar en la ‘meca del cine’?

–Quitarse de la cabeza que, nada mas bajar del avión, te van a dar una claqueta ni te está esperando Spielberg para hacerse una foto contigo. Hollywood se parece más al castillo de la bruja que a los bulevares con palmeras. Es dura la vida en la sociedad norteamericana, perdura la idea del sueño americano porque continuamente la están potenciando. Mi consejo: Es como ir a pescar. Si no llevas ni cebo ni anzuelo, no vas a pillar nada. Mi cebo era Carne de neón. Mostrar una película (corto o largo) que te represente, que sea diferente a lo habitual, que no sea precisamente comercial. Todo eso es clave. Cuando entiendes que en la industria del cine nadie sabe nada, y que Hollywood es un vampiro que se está muriendo y necesita almas jóvenes para seguir existiendo, compruebas que hay oportunidades para que te cojan. Ahora, sobre todo, para series de televisión. El poder de la televisión es el que está marcando la pauta.

–¿Cuál será su próxima película?

–Una con guión mío, sobre un robo, al estilo Ocean’s Eleven’ Con Bryan Singer de productor y Sam Rockwell de protagonista. Estamos intentando lograr financiación. Conseguir hacer una película que tú quieres es mucho más complicado. Es como un bebé al que tienes que dedicarte un año entero en cuerpo y alma para resolver todo tipo de incidencias. Como dice un veterano director, en cualquier largometraje los actores son como los titos de los niños: llegan, divierten dos tardes, se llevan la gloria por simpáticos y tú, el director, eres como el padre que sufres a los niños cuando lloran a las tres de la madrugada. En cambio, cuando te llaman para dirigir capítulos de series de televisión, es al contrario, tú eres el tito: llegas, está todo armado, hay también un gran equipo de producción, aportas todo tu trabajo en poco tiempo, te diviertes en ese periodo intenso, y te vas sin tener que soportar a la criatura.

–Con el bagaje que tiene ahora, ¿rodará alguna película en Sevilla?

–Quiero hacer cine en Sevilla, con toda la experiencia que he acumulado en Hollywood. Algún proyecto hay rondando. A veces, me da un poco de pena estar tan metido en la sociedad norteamericana, tan yanqui, y crear en función de los parámetros culturales de su música, su televisión, etc, mientras, que al otro lado de la balanza, pienso en la cantidad de referencias culturales en Andalucía que no tienen representación cinematográfica. Pero aún no he encontrado ni el guión apropiado ni el momento apropiado.

–Si de universitario leía a Arthur Miller, ¿a qué escritor lee ahora?

–Guiones, guiones, guiones. No tengo tiempo de otra cosa. De promedio, entre diversos productores norteamericanos, me envían un guión o dos a la semana, pidiendo mi opinión. Por ejemplo, si son para capítulos de series de televisión y ya está el proyecto armado, y no se van a cambiar ni la trama ni los diálogos, te piden asesoramiento para aportar acción, para mejorar la visualización de la historia. Si son guiones para cine, y están en una fase más embrionaria, quieren tu opinión para que les digas qué funciona, qué no funciona, cómo reorientarlo. Otras veces te envían el guión para ofrecerte directamente que seas tú quien lo dirijas. Si es muy malo, en ti está rechazarlo. Y la otra situación es ir tú de caza para conseguir que un guión que te han enviado a ti y a otros veinte cineastas más, al comprobar que es muy bueno, eres tú quien tienes que moverte y pelear para que te elijan, mediante conversaciones con los productores por teléfono, o por Skype o en persona, haciendo ver cómo le aportarás una energía especial.

–¿Le pagan por esas labores de análisis y consulta?

–Solo cobras cuando ruedas, aunque todo lo demás también supone muchas horas de dedicación. Es un proceso continuo, estás desarrollando el storyboard para un rodaje, leyendo un guión para un proyecto futuro, te llegan más,,... Es un no parar. Como estar en una mesa de casino y colocar fichas continuamente. Solo le recomiendo vivir así a quien le divierta.


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