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De Tulcán a Ipiales

Apuntes de un viaje entre poetas

02 oct 2022 / 18:25 h - Actualizado: 02 oct 2022 / 18:32 h.
"Viajes"
  • Fotografías cortesía de la autora.
    Fotografías cortesía de la autora.

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Salimos de Quito a las diez de la mañana. Íbamos en tres coches. En total éramos diez poetas dirigiéndonos a Tulcán e Ipiales, en la frontera entre Ecuador y Colombia. En el trayecto, la poeta Nelly Cordova, que había nacido por aquellas tierras, nos iba informando del paisaje que atravesábamos siempre rodeados de montañas. Allí se encontraba la zona de Imbabura, se trataba de alucinantes cumbres nevadas y volcanes que medían más de 5.000 metros. Unos estaban apagados, otros activos. Si uno de ellos erupcionase, todo desaparecería, decía Nelly. La carretera estaba en muy buen estado y bordeábamos pequeñas poblaciones indígenas, así como otras de mayor importancia como Otavalo. «En Otavalo tengan cuidado pues roban a los turistas». Después de casi cinco horas mirando a través de la ventanilla del coche aquellos espectaculares paisajes andinos, llegamos a Tulcán, último pueblo de Ecuador. La organización del Festival Paralelo Cero nos encomendó leer en el cementerio de dicha población, único en el mundo por sus esculturas hechas en ciprés distribuídas en cuatro hectáreas que representan las culturas egipcia, romana, ecuatoriana, incásica, así como animales propios del Ecuador. Allá fuimos con nuestros poemas ante la sorpresa de que la audiencia éramos nosotros mismos y que el cementerio estaba a punto de cerrar. Nos apuramos y, obedientes, comenzamos a leer cada cual su poema mientras atardecía en aquel lugar tan insólito.

De Tulcán a Ipiales

Salimos del cementerio y aquello era un páramo. Sin embargo, Tulcán es una población en crecimiento rica en culturas pre-incaicas y resultado de la reducción de dos pueblos aborígenes por parte de los españoles en el s. XVI. Me separé del grupo y estuve paseando por sus calles, había decenas de negocios tanto en la calle como en los edificios construidos de manera irregular sin que la arquitectura de la ciudad resultase atractiva, más bien había crecido empujada por la necesidad de expandirse. Muchas farmacias, tiendas de dulces, pequeños establecimientos que servían una masa frita así como patatas hervidas con salsa de chancho. Hacía frío y sentía los casi 3.000 metros de altitud al caminar, era empujada por mi propia inercia y el corazón se aceleraba.

Nos fuimos a tomar unas cervezas esperando que pasara el resto de la tarde hasta que, al día siguiente, vinieron a buscarnos para leer poesía en Ipiales, frontera de Colombia.

De Tulcán a Ipiales

Atravesamos la frontera de Ecuador y el puente Rumichaca. Alli nos esperaban otros vehículos con matrícula colombiana. No nos pidieron pasaporte alguno. El conductor, que también era poeta, dijo que aquella ruta estaba llena de venezolanos que caminaban para llegar a otras partes de sudamérica, por ejemplo, a Chile. Vimos varios grupos de ellos, familias enteras a pie, a la suerte de que algún camión les ayudara en algunos trechos. Atravesamos también poblaciones de indígenas que ya no vivían en chozas sino que tenían sus casas y sus propias leyes. Es una población muy significativa a la hora de votar para las elecciones, pero viven aparte. No nos quedamos en Ipiales sino que nos llevaron a otro pueblo muy pequeño, llamado Puerres. En dicho lugar la Plaza era lo más atractivo. Una iglesia que parecía una maqueta, lucía como el edificio más alto. Había motocarros taxis, alguna tienda cuyos escaparates exhibían letreros como: «Se vende cal viva». Di una vuelta por aquella tranquila plaza antes de que nos recibieran con todos los honores. Nos esperaban en la Alcaldía, donde el propio alcalde nos ofreció un vino y pastel haciendo honor a nuestra presencia. Inmediatamente después fuimos a leer al patio de un colegio donde, de tanto en tanto, veía pasar a alguna monja. Eran oblatas, es decir, laicas que entregan su vida a Dios. Antes de nuestra lectura eché un vistazo al patio rodeado de galerías te invitaba a pensar que estabas en el s. XIX. De repente se lleno de niños y niñas, así como de otras personas que ocuparon todas las sillas. Una orquesta local formada por jóvenes alumnos de música, comenzó a tocar el himno de Ecuador. Todo el mundo en pie, con la cara seria. El escenario era muy rústico y a la vez sentían la complicidad de los presentadores. En la parte superior una cenefa verde adornaba el hueco del estrado que se componía de tres banderas, una mesa amplia envuelta en una tela blanca tipo cortina, y un atril con micrófono. A la izquierda un cartel: «Puerres decisiones que generan BIENESTAR», y el nombre del alcalde debajo.

De Tulcán a Ipiales

Después de la lectura nos fuimos hacia la casa del alcalde y su esposa. La casa era grande, había una larga mesa donde nos sirvieron un jugo y un plato con una mazorca de maíz, carne de cerdo y arroz. Había varias salsas. Cuando comenzamos a comer de repente irrumpieron varios policías armados. Nadie nos explicó nada, se sentaron en el otro extremo del comedor sobre unos sillones y sofás también le repartieron comida que en silencio degustaron con más rapidez que nosotros. Una de las armas apuntaba directamente a mi cuerpo, estaba sobre las rodillas de uno de ellos, otras, a los de otros compañeros. Nuestra perplejidad se reflejaba en las miradas que nos ofrecíamos, sin comentar nada en voz alta por temor. Después de la comida tenían una reunión con el alcalde y en Puerres no había restaurantes, de ahí, la insólita visita. No pudimos hablar con libertad y como teníamos prisa ya que el organizador quería llevarnos a otro lugar, nos fuimos para allá, a una ceremonia indígena.

De Tulcán a Ipiales

La Casa de Montalvo en la sede Ipiales la dirige el poeta Julio César Chamorro. Éste condecoraba esa misma tarde con placa de Gobernador del Cabildo de Ipiales al jefe de los indígenas. Fuimos a una gran explanada y en un edificio de hormigón, donde el lavabo de mujeres estaba cerrado. Nos sentamos en unas sillas de plástico blancas, los únicos espectadores de aquella ceremonia éramos los poetas. En el fondo y sobre el estrado unos quince indígenas, unos consultando el teléfono móvil y algún otro con un ordenador en sus rodillas. Todos vestían con poncho, hombres recios de miradas adustas, a los que nuestra poesía era lengua incógnita. Cada uno leyó su poema sin ignorar que aquello más bien parecía un acto político. Me dirigí a ellos cuando fue mi turno: «Señores indígenas, como no tengo ningún poema propio para esta situación, solo les diré de memoria dos versos». La poesía daba lustre a todos aquellas ceremonias. Atardecía cuando comenzó a llover. Íbamos al Santuario de las Lajas, edificado en una depresión entre montañas, en piedra gris y blanca, una verdadera joya que emergía del fondo del valle entre lo bello y lo siniestro.


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