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Paralelo Cero. Quito

Quito visto desde la extrañaza

07 oct 2022 / 13:21 h - Actualizado: 07 oct 2022 / 13:26 h.
"Viajes"
  • Paralelo Cero. Quito

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La extrañeza sobrecoge porque es, a los ojos de quien la percibe, algo insólito, que nunca habías visto ni imaginado. Entonces, te arrobas guiada por la mirada y la mente se vacía de conceptos y preocupaciones. Todo lo que ves es «eso», y eso es una ciudad que va apareciendo entre laderas de altas montañas. Fea, porque los rascacielos que surgen entre el verde intenso de las montañas, son un pegote de cemento. Bella, porque a medida que la vas descubriendo, la fascinación ejerce una poderosa fuerza. Quito es la capital más antigua de Sudamérica, ubicada a los pies del volcán Pichincha de nada menos que cuatro mil metros de altitud.

Llego al barrio de moda La Mariscal y me acomodo en el hotel Ambassador, donde en unos días llegarán los poetas invitados también al Festival Paralelo Cero dirigido por el poeta Javier Oquendo. No deseo dormir demasiado, ni puedo. Entre el cambio horario y el clima, inestable y extremo, mi cuerpo se acelera. Para tratar de calmarme, decido ir hacia el centro histórico de Quito abriendo el cortinaje de mi curiosidad, tomo un taxi que me cuesta dos dólares. El sol cae perpendicular y debo protegerme con un sombrero. Los sombreros en Quito son muy elegantes, aquí nacieron los famosos ‘Panamá’. Son las diez de la mañana y estoy en la Plaza Grande. Es cuadrangular, por un lado hay arcadas que albergan una serie de tiendas y cafés, bajo las mismas, se colocan los limpiabotas. La Municipalidad está prácticamente rodeada de manifestantes que corean al actual presidente, no demasiado querido por sus políticas económicas, siempre contra el pueblo llano.

Paralelo Cero. Quito

La Catedral Metropolitana impone. Su estilo mudéjar, barroco, rococó, neogótico y neoclásico te remueve los sentidos y me hace sentir el poder que ha mantenido la Iglesia Católica desde hace siglos. Es tan bello el interior, que hiere. Alrededor, la gente vende de todo. Una mujer sentada en el reborde de la calle desgrana maíz de su mazorca y lo va introduciendo en una bolsa para la venta, está concentrada y nada le perturba. Se venden cepillos de dientes, jugos, sandía troceada, lotería, hermosos foulards, gaseosas, té de coca, ungüentos varios para las articulaciones. Una anciana vende paquetes de cigarrillos a un dólar. La gente no sonríe, tampoco son muy habladores, pero sí amables. Me gusta estar entre la gente sentada en uno de los bancos, observando.

La calle de las Siete Cruces alberga varias iglesias, me pierdo observando las fachadas, es un exceso de barroco y neogótico, entreverado de sincretismo. Las construcciones coloniales se remontan al año 1534. Los conquistadores españoles levantaron iglesias y conventos para convencer a los indígenas de las creencias católicas. ¿Cómo lo consiguieron?

Paralelo Cero. Quito

La antropóloga y poeta María Aveiga del Pino, en su libro «La pasión de Jesús», escribe: «El proceso evangelizador español es un tema complejo y heterogéneo. Violencia, opresión y hasta aniquilación de la población indígena junto con una suerte de tolerancia religiosa, seducción corporal, proyectos utópicos, y la voluntad de los sobrevivientes para construir un horizonte cultural». Se mimetizaron y representaron, jugaron a ser europeos, no indios. Y sigue: «Al hacerlo incorporaron elementos del mundo antiguo. Fueron actores condenados al escenario, sin posibilidad de retorno o salida a su mundo que fue aniquilado».

Paralelo Cero. Quito

Es una suerte que se haya conservado todo, a pesar de temporadas de abandono y terremotos. La zona histórica es tan seductora por sus calles, iglesias y monasterios como la gente, que lo llena todo, la mayoría muy pobres. La Iglesia de la Compañía de Jesús tardó 160 años en construirse. Fue levantada por los naturales y ornamentada por artistas de la Escuela Quiteña. Los jesuitas dejaron un legado no solo arquitectónico, sino cultural. Hombres de negocios que no admiten a mujeres en sus órdenes. Impresiona. La fachada es una obra de arte tallada en piedra volcánica, el interior es una mezcla de retablos decorados, tribunas y púlpito, todo ello cubierto en pan de oro. La joven que me la muestra solo repite fechas y se sabe de memoria todos los detalles, pero no le puedo preguntar nada fuera del guion. Los jesuitas siguen en el poder y aunque fueron expulsados en dos ocasiones, ahí están. Cultos, selectivos, una orden que tiene menos de espiritual que de pragmática. Me sorprendió la historia que me contó la muchacha, se trataba de un secreter del s. XVI, una caja fuerte cuya combinación solo conocía el artesano que la construyó. Al terminar el trabajo, sabía que iba a ser asesinado para que nadie conociese la combinación del mueble que guardaba el dinero. Impresionan los confesionarios y las paredes de estilo mudéjar. Se escucha el griterío de quienes venden afuera. Es una mezcla de vida y de muerte simbolizada por el extraordinario barroco. Las cabezas de los ángeles están incrustadas en todas partes del interior del templo. De nuevo en la calle, me siento en la plaza, junto a una pareja de ancianos sentada en un reborde de piedra, a la sombra porque el sol hace daño en la piel- Una joven se sienta junto a ellos, lleva una caja grande envuelta en un plástico negro, negocia con la pareja los 50 centavos que cuesta un helado que saca de la caja, tiene un color marrón, desagradable. Comparten la golosina con hambre, no con placer. De repente planean en mi memoria unos versos que escribí hace tiempo: “Parece que van a reventar de luz, pero es in-dibujable”. Estaban escritos para que la palabra poética se transformara en real, mirando los interiores de todas aquellas maravillosas iglesias.


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