El mito de Tartessos en Doñana reaparece tras hallarse un silbato turdetano

Entre las teorías de su uso aparece que fuese para llamar a las aves y cazarlas.

19 feb 2024 / 10:10 h - Actualizado: 19 feb 2024 / 11:39 h.
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  • Silbato de origen turdetano de barro con cabeza de mujer hallado por el investigador de la Estación Biológica de Doñana Miguel de Felipe mientras realizaba un trabajo sobre lagunas. Doñana sigue siendo tierra de misterios concentrados en dos palabras: Tartessos y la Atlántida. EFE/Jorge Molina
    Silbato de origen turdetano de barro con cabeza de mujer hallado por el investigador de la Estación Biológica de Doñana Miguel de Felipe mientras realizaba un trabajo sobre lagunas. Doñana sigue siendo tierra de misterios concentrados en dos palabras: Tartessos y la Atlántida. EFE/Jorge Molina

Doñana sigue siendo tierra de misterios concentrados en dos palabras: Tartessos y la Atlántida, y aunque la presencia bajo sus montes y marismas de ambos enclaves tiene más de mitológica que de real, durante un siglo se han sucedido episodios que lo reavivan. El más reciente, el hallazgo casual de un silbato de origen turdetano, la civilización que continuó a Tartesso.

El investigador de la Estación Biológica de Doñana Miguel de Felipe halló un silbato de barro con cabeza de mujer mientras realizaba un trabajo sobre lagunas. La completa sequedad de la laguna Dulce permitió ver en un seguimiento rutinario “una piedra que tenía rostro”.

Tras consultar a los arqueólogos constató su gran valor por el periodo al que pertenece, por ser un instrumento musical y al enriquecer el patrimonio arqueológico de la región.

Fernando Fernández, exdirector del museo Arqueológico de Sevilla y coautor del artículo que analiza el objeto, ha dicho a EFE que “se le ha dado una importancia desorbitada porque está fuera de contexto, quizás interese para la historia de la música”, afirma.

Entre las teorías de su uso aparece que fuese para llamar a las aves y cazarlas.

Este hallazgo se produce un siglo después de la excavación que, entre 1923 y 1926, realizó el alemán Adolf Schulten en el Cerro del Trigo de Doñana para buscar Tartessos. Antes lo intentó el francés Jorge Bonsor, luego afincado en Mairena del Alcor (Sevilla), que se sumó después a Schulten con apoyo económico del propietario de Doñana, el duque de Tarifa.

El arqueólogo alemán no encontró Tartessos a pesar de que fue su obsesión. Solamente unos modestos restos de una aldea de pescadores romana y un anillo de cobre –luego desaparecido- que llevaba inscrita en griego la frase ‘poseedor, seas feliz’. Curiosamente, fallecería convencido de su teoría el mismo año que se encontró junto a Sevilla el tesoro tartésico de El Carambolo.

El episodio más sonado en la relación de Doñana con la mítica arqueológica introduce una sonora palabra: la Atlántida. Los investigadores del CSIC Sebastián Celestino –descubridor en 2015 de la ciudad tartésica de El Turuñuelo, en Badajoz- y Juan Villarías Robles llevaron a cabo desde el verano de 2005 hasta el de 2008 una campaña en la marisma de Hinojos (Doñana) con el señuelo de encontrar la legendaria ciudad.

La iniciativa se basó en el estudio realizado en 2004 por un equipo de científicos de la Universidad de Wuppertal (Alemania) liderado por Rainer Kühne . Tras realizar unas fotografías de satélite afirmaron que se apreciaban dos estructuras rectangulares inmersas en anillos concéntricos, con una tipología constructiva que Platón describía para la Atlántida.

El tema llevó a la propia National Geographic a rodar el documental ‘En busca de la Atlántida’, que incluía dentro de un tono de espectáculo el hallazgo «in situ» de dos estatuillas con forma de mujer en la marisma seca. El prestigioso Sebastián Celestino afirmó del filme que tenía «una intención fundamentalmente económica» porque «debajo de las marismas, a 12 metros de profundidad, no hay absolutamente nada».

Ni de la Atlántida ni de Tartessos hay pruebas científicas a día de hoy en Doñana. Lo más cercano quizás sea un ser que recorre sus arenas: una nueva especie de hormiga descubierta hace ocho años, y que los científicos Fernando Amor y Patrocinio Ortega bautizaron como Cataglyphis tartessica. El mito sigue vivo.