Cinco microrrelatos de malas fortunas

24 ene 2023 / 10:26 h - Actualizado: 24 ene 2023 / 10:30 h.
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  • Los famosos candados del Pont des Arts de París. EFE/Yago Grela
    Los famosos candados del Pont des Arts de París. EFE/Yago Grela

Dos seres y un destino

He hecho trampas con las pastillas. Es sencillo: quiero toda la recompensa para mí. Fue fácil cambiar las dosis para soportar largos viajes, por simples chucherías. Ahora el resto de la tripulación está desintegrada.

En Marte atrapé al asesino de colonos y ahora vuelvo solo a la Tierra con mi prisionero. Con tantas horas de viaje hemos congeniado mucho. Total, somos dos humanoides charlando continuamente, que no se dan cuenta de que los persigue otra nave. Quizás otros cazarrecompensas o una empresa de software reprogramadora de cerebros de máquinas, que ha asimilado los peores instintos humanos. En todo caso, buscando fortuna, escapamos del gueto una temporada.

La risa que siempre nos unirá

Darse una vuelta con él, era lo que más quería porque deseaba aprovechar todos los segundos antes de que él volviera al frente. El sexo de la noche anterior había estado bien pero un paseo por la avenida, a pesar de los socavones del último bombardeo, era como volver a la normalidad extraviada.

Así que en aquella mañana de un día normal de guerra los dos, como otros, buscaban el lado divertido de las cosas y reían mientras paseaban: “¿Es usted el enemigo?”. “¿Podría parar usted la guerra un momento?”.

Mientras, desde el campanario cercano un francotirador sonreía antes de disparar a dos nuevos objetivos.

El poder de llamarse José Luis

Su padre es un tal José Luis -es lo que pensaba la anciana sobre un muchacho que veía en la calle desde su balcón-. Era pues una afirmación que admitía después una interrogación inquietante sobre el chico: ¿Era un chaval que ignoraba que su padre, José Luis, era un torero que le había abandonado a él y a su madre?

Y así convivía demente con esta historia y con las visitas del panadero, un tal José Luis, y del cobrador de los muertos, un tal José Luis (y otros tantos José Luis); el único nombre inolvidable del pasado de ella que, desde su niebla, seguía haciéndole daño.

Estamos en paz (I): Un géminis en el lugar equivocado

Estamos en paz, me decía una voz de mujer en el salón. Yo yacía malherido sobre cristales rotos y recuerdo que al poco me desmayaba. Luego despertaba y escuchaba una conversación entre el muchacho que me había golpeado y la mujer: “Mamá, se lo merecía, era tu maltratador”.

Entonces me avergonzaba de todo el mal que mi hermano había causado a aquella mujer, su antigua novia, hacía mucho tiempo. Al rato reconocía el rostro familiar de mi sobrino, mi agresor. Mi hermano gemelo, sin duda, debería haberles pedido perdón a ambos hace años, pero aquella tarde yo solo cumplía con la familia.

Estamos en paz (II): Mi tierra es mi tierra y punto

Estamos en paz -me dijo la muchacha, con una sonrisa burlona-. Yo no paraba de darle vueltas de cómo me había encontrado después de quince años viviendo escondido en este pueblecito de Escocia. Después de mis servicios de espía los de arriba habían decidido desterrarme aquí para protegerme de mis supuestos enemigos. No sirvió que tuviera barba, que estuviera calvo, que pesara diez kilos más o que vistiera como una mujer... Ella me había descubierto y ahora se vengaba. Maniatado sentí un dolor punzante y lo recordé todo claro: un pub, una pinta, la misma mujer y un “qué guapa eres mi arma”.


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