Lisette Oropesa, como un torrente

La rutilante soprano cubano-norteamericana nos honró con un programa todo en español en su primera comparecencia ante el público sevillano

16 dic 2021 / 09:28 h - Actualizado: 16 dic 2021 / 10:12 h.
"Críticas"
  • Lisette Oropesa y Rubén Fernández Aguirre. / Guillermo Mendo
    Lisette Oropesa y Rubén Fernández Aguirre. / Guillermo Mendo

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El Teatro de la Maestranza se apuntó anoche otro de sus numerosos tantos invitando a Lisette Oropesa a cantar el mismo programa que había hecho dos días antes en el Teatro de la Zarzuela de Madrid. Quizás la estupenda sintonía y colaboración que existe entre estos dos teatros propició la cita, que quedará siempre en nuestro recuerdo como un acontecimiento extraordinario de belleza vocal, expresividad y entusiasmo melódico. Su voz antes ligera ahora ya con un toque lírico considerable, se ha curtido en los mejores escenarios del mundo con especial facilidad para la coloratura y afrontando papeles de enorme envergadura y dificultad. Pero aquí vino defendiendo un programa todo en español, a fuerza de canciones y romanzas de zarzuela de uno y otro lado del Atlántico, llevando sus orígenes cubanos y su pasión española al límite en un recital sin precedentes. Eso nos impidió disfrutar del estilo y repertorio que le ha encumbrado como una de las grandes voces del momento, pero a la vez sirvió para potenciar la música hispana y ofrecerla en las mejores condiciones posibles, haciéndole toda la justicia que merece y descubriéndonos a menudo matices insospechados, y eso que son ya muchas las voces nacionales e internacionales que se rinden al encanto de la zarzuela y la canción española.

Rubén Fernández Aguirre, de cuyo preciso y delicado pianismo hemos podido disfrutar tantas veces acompañando algunas de las voces más rutilantes que nos han visitado, exhibió una especial sintonía y complicidad con la soprano que se tradujo en una entrega total y apasionada. Ella por su parte arrancó in forte con un Como nací en la calle de la Paloma de El barberillo de Lavapiés de Francisco Asenjo Barbieri pujante y decibélico en el que pudimos ya apreciar la fuerza de su instrumento, su fluidez y su natural proyección. Todo eso que hace parecer que se canta sin esfuerzo, confiado todo a la naturaleza, al don que ésta le ha proporcionado, maquillando todo el inmenso trabajo que sin duda hay detrás de tanto prodigio. Peor además atisbamos también su delicado fraseo y una sobresaliente dicción que hace que no nos dejemos atrás ningún verso, que se entienda todo a la perfección, algo que no todas las voces ni mucho menos son capaces de lograr. Con eso acaparó nuestra completa atención, sin paliativos ni motivos para la distracción. Y así se deslizó por las Siete canciones populares españolas de Falla, con especial mención del desgarrador pero comedido lamento de la Asturiana, la exquisita morbidez sentimental de la Nana y la prodigiosa gitanería de El Polo, como si estuviera familiarizada con el género de toda la vida.

Derroche de arte y talento

De los Veinte cantos populares de su paisano Joaquín Nin entonó dos, Montañesa y Tonada del Conde Sol, prodigios de delicadeza y armonía que la soprano estadounidense marcó con su proverbial finura y una habilidad para las inflexiones, los cambios de intervalo y el color verdaderamente asombrosa. De la misma manera afrontó la bellísima habanera Flor de Yumurí del también cubano tardorromántico Jorge Ankermann, antes de entregarse a las florituras y las agilidades vocales de En un país de fábula, de La tabernera del puerto de Sorozábal, y una propina inesperada en homenaje a la recientemente fallecida soprano cubana aunque nacida en Barcelona María Remolá, en forma de Escucha al ruiseñor de Ernesto Lecuona.

También con Lecuona inició la segunda parte, luciendo vestido en colores azules del mar y el cielo de su tierra según ella mismo indicó, después de los estampados rojizos que vistió con igual elegancia y belleza en la primera parte. Del maestro cubano cantó la romanza Mulata infeliz de la zarzuela María la O, dejando claro que el género español por excelencia también triunfó en Sudamérica y propició allí muy dignos ejemplos. Quizás fue con los Cuatro Madrigales Amatorios de Joaquín Rodrigo con los que pudo mostrar mejor su facilidad para cambar de registro y mostrar toda su rica y emotiva expresividad. Del dramático Vos me matasteis a la alegre y muy en estilo De los álamos vengo, pasando por un ¿De dónde venís, amore? de generosa emotividad, todo fue un dechado de virtud canora y rutilante expresividad, con esa proyección sobrenatural que posee su voz convenientemente potenciada con la excelente acústica del coliseo sevillano. El desparpajo y la vena cómica se hicieron hueco en su corazón y el nuestro en sus versiones de ¡Bendita cruz! de Don Gil de Alcalá de Penella, y la emblemática ¡Yo soy Cecilia Valdés!, entrada en el escenario incluida, de la célebre zarzuela del también cubano Gonzalo Roig. Después llegaron las generosas propinas, ahondando en ese torrente de voz que le caracteriza y que tanto nos encandiló, con Carceleras de Las hijas de Zebedeo de Chapí, la hermosa habanera de Eduardo Sánchez de Fuentes, y el vals de El húsar de la guardia de Vives y Giménez, elegido quizás porque la protagonista también se llama Lisette, con el que desplegó sus últimos sobreagudos. Curiosamente en enero se enfundará en el papel de Julieta en Capuletos y Montescos en La Scala, ópera con la que otra voz prodigiosa, la de Leonor Bonilla, triunfó hace apenas unos días en este maravilloso Maestranza.

No podemos pasar por alto el extraordinario trabajo desplegado por el muy estimado Rubén Fernández Aguirre, de quien además de la extrema complicidad demostrada con la cantante hemos de destacar su sutileza en el acompañamiento del que es un incontestable maestro, y las dos piezas que interpretó en solitario, dos generosos homenajes a compositores de uno y otro lado del océano, Piazzolla, de quien se cumplen cien años y del que extrajo un Verano porteño rico en ritmo y armonía, y Emlio Arrieta, que cumple el doble y de cuya ópera Marina Aguirre interpretó una suite hábilmente engarzada por el bilbaíno Carlos Imaz.


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