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Ni canta ni afina, pero a C. Tangana no se lo pierde nadie

06 mar 2022 / 08:09 h - Actualizado: 06 mar 2022 / 08:11 h.
"Flamenco","Música","Arte","Circo"
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Con C. Tangana llegó «El concierto», cita muy esperada de este 2022 incluso en un Madrid acostumbrado a las ínfulas vacuas pero que hoy cumplió con creces las expectativas, con un artista en racha en cuanto a marcar la pauta, grabar canciones y versos a fuego en la memoria y convertir debilidades en fortalezas.

Solo alguien capaz de reírse de sí mismo, y de paso de sus críticos, titularía su actual gira «Sin cantar ni afinar» y salir victorioso de un Wizink Center a reventar, con 16.000 almas de la más diversa índole que han comprado una manera diferente de entender la música, con un espectáculo conceptual, transgeneracional, transfronterizo y transformador.

No han sido los únicos que lo han hecho, pues no han faltado tampoco a esta cita en su ciudad natal algunos de los flamantes colaboradores que participaron en su más reciente y exitoso álbum, «El madrileño», véase: Nathy Peluso, Kiko Veneno, Antonio Carmona, Carín León, Adriel Favela, La Húngara, Niño de Elche y Omar Montes.

Antón Álvarez (Madrid, 1992), el artista que «ni canta ni afina» (una broma que se apropia el ataque recurrente de sus detractores y el falso titular del New York Times a cuenta de Lola Flores -»Ni canta ni baila, pero no se la pierdan»-), ha forjado un repertorio que, con la misma falta de pudor, no entiende de géneros e igual aborda un pasodoble, rumba de extrarradio, la estética del trap, la electrónica o el flamenco.

La cita se convierte así en una extensión del homenaje a la idea de «lo español» a uno y otro lado del Atlántico que vertebró su último disco de estudio, el más vendido en este país en 2021 (un doble platino que esta misma semana se mantiene en el número 2 en listas) y merecedor de tres Latin Grammys.

De él, y de su reciente ampliación bajo el sobrenombre de «La sobremesa» hasta sumar 23 cortes, apenas se ha dejado algún bocado como «Yate», algo raro como que tampoco le metiera mano al primer gran éxito de su era «mainstream», «Mala mujer» (u otro de los siguientes, «No te debí besar»).

«EL CONCIERTO MÁS IMPORTANTE DE MI VIDA».

Con «Still rapping», extraído de «Avida Dollars» (2018), ha arrancado 20 minutos más tarde de las 21 horas el espectáculo de dos horas diseñado cuidadosamente por las productoras La Oficina y Little Spain, tan medido hasta en la cinematográfica realización que en la espera previa se ha insistido al público que por favor no usara el flash de sus móviles para no alterar la atmósfera.

Profeta en su tierra, el fervor se ha adueñado del Wizink Center entre redobles de tambor y toque de corneta en un arranque apabullante impulsado por más de una veintena de músicos, con amplio segmento de cuerda y viento metal, una pasarela con iluminación epiléptica y, como original propuesta escenográfica, un club nocturno y señorial entre cuyas mesas aguardaba el propio Pucho.

Enfundado en gafas de sol y un traje cruzado oscuro, el madrileño ejerce muchas veces no tanto de protagonista como de anfitrión de voces que sí han andado finas en esta velada, como la de Rita Payés (en sustitución de Omara Portuondo en «Te venero»).

A Omar Montes lo ha recibido como una gran estrella un público que ha cantado «La culpa» como si llevara meses y no semanas en el mercado, una efervescencia que se ha quedado en algo anecdótico al sonar después la bachata de «Ateo» e irrumpir sobre las tablas la propia Nathy Peluso para entonar el ya emblemático «Yo era ateo, pero ahora creo» y acabar la actuación con tirón de pelo incluido.

«Probablemente estemos ante el concierto más importante de toda mi puta vida. ¿Por qué no he hecho 8.000 fechas, como me decían? Porque los momentos importantes pasan una vez», ha afirmado el artista ante su ciudad, poco antes de que una corona de flores en memoria del compositor gaditano Sergio Larrinaga, fallecido el 24 de febrero, presidiera la marcha que creó y que incluye «Demasiadas mujeres».

Con «Me maten» el club ha dado paso a la sobremesa flamenca que Tangana se llevó a los Latin Grammy y allí ha dado asiento entre otros a Antonio Carmona para iniciar un bloque de versiones en el que han sonado «No estamos lokos» de Ketama, «Mala, malita, mala» de La Húngara, quien también ha cantado con Niño de Elche «Noches de bohemia» de Navajita Plateá y «Corazón partío» de Alejandro Sanz.

La noche ya era presa del buen rollo y la complicidad, sin distinción de estilos ni discos de oro. Todo cabía en esta mesa, hasta «Aunque tú no lo sepas» de Los Secretos o un «Bizarre Love Triangle» de New Order en fusión con «Alegría de vivir» de Ray Heredia y «Los tontos», con Kiko Veneno, quien se ha arrancado asimismo con el «Volando voy» que le hizo a Camarón de la Isla.

Ante el tercer tramo, cuando ya habían sonado «Ingobernable» o «Tranquilísimo», aparentemente la energía no podía ir a más. De vuelva al club, el músico ha conseguido sin embargo avanzar sin caer en lo previsible, marcando más momentos musicales y performativos, como cuando uno de los camareros ha lamentado que no volviera a «lo de antes» de que se diera a las raíces (»Que esto parece el Circo del Sol», le ha recriminado) y así ha sonado «Llorando en la limo».

Para rematar quedaban en la recámara algunos de los grandes éxitos: «Nunca estás», un «Hong Kong» aún más estruendoso y roquero que en la original con Andrés Calamaro o «Antes de morirme», el que lo reunió ante los micrófonos con Rosalía (aquí sustituida por Marina Carmona).

«¿Hay alguna canción que nos falte por tocar?», ha preguntado antes de soltar la esperada «Tú me dejaste de querer», seguido del noventero «Suavemente» de Elvis Crespo, «Cuándo olvidaré» y, por último, «Un veneno» para, «sin cantar ni afinar, que le escuche toda España».